Novedad editorial
El difícil salto a la madurez de Pedro Mairal
"Tenía 19 años y parecía de 15. Me sentía invisible para las mujeres", explica

El escritor argentino Pedro Mairal, que acaba de presentar su novela 'Los nuevos' / David Castro
Elena Hevia
Todas las mañanas, Pedro Mairal (Buenos Aires, 1970) le hace una trenza a su hija antes de ir al colegio. Es un acto banal que le da mucho que pensar. De ahí que se pregunte si su habilidad para trenzar tramas venga de ahí. Una trama como la de Los nuevos (Destino), la última novela del argentino, que entrelaza las vivencias de tres amigos adolescentes, Thiago, Bruno y Pilar, marcadas por la incuria familiar, el miedo a hacerse mayores y la dificultad por identificar sus verdaderos deseos.
Los nuevos es una coming of age, que dirían los ingleses. Muestra el paso cargado de brumas e incertezas de la infancia a la edad adulta en un Buenos Aires que podría ser la ciudad actual con algunos toques de la que le tocó vivir al autor en su adolescencia.
Mairal tocó el cielo con su celebradísima novela La uruguaya publicada hace casi una década, que en el 2017 ganó el Premio Tigre Juan en España y un gran número de lectores. Contaba aquella novela la historia de un tipo más bien detestable que escapa unos días de su matrimonio para visitar a una potencial amante en Montevideo y de paso hacer cambio ilegal de moneda en el país vecino. Una película, que puso el foco en la esposa abandonada del protagonista y evidenció más el lado oscuro de éste, acabó de poner la guinda al exitoso pastel.
Desde entonces, Mairal no había vuelto a la escritura de novela y achaca esa ausencia al peso de aquel triunfo: "Ese libro estuvo mucho tiempo provocando cosas, hasta que por fin se hizo la película que por suerte se llevó todo como una ola y pude desprenderme de él. Además, pagué un precio por ella porque mi personaje, que no era nada agradable, era escritor, por lo que mucha gente quiso vincularlo conmigo y me dolió porque tenía una perspectiva masculina inaceptable para los tiempos en los que la escribí y todavía más en los actuales".
Extraño en todas partes
Los nuevos, la otra cara de los viejos, que es como en Argentina se conoce a los padres, es una mirada atrás al propio pasado de Mairal, vivido con desconcierto. "La adolescencia fue una etapa muy difícil para mí. Tenía 19 años y parecía de 15. Me sentía invisible para las mujeres. Había una normativa en la que yo no calzaba y, además, tuve que inventarme de cero buscando un modelo posible, porque en mi familia nadie se había dedicado a ninguna actividad artística, más allá de algún hobby para el fin de semana".
Así que aquí, a diferencia de La uruguaya, lo que prima aquí es una mirada tierna y compasiva hacia unos chicos que, aunque tienen móvil y redes sociales, han sido creados por el cerebro analógico del autor. Sin olvidar que Mairal tiene un hijo de veintitantos y una niña -la de la trenza- más pequeña. "Hay algo que me resulta muy atractivo en los adolescentes y es esa mirada corrosiva que tienen hacia el mundo adulto, un mundo que muchas veces no sabe bien cómo tratarlos porque están como a 300 kilómetros de distancia". También confiesa que como creador se ha encariñado mucho con ellos, y eso es un problema a la hora de que avance la trama. Con Bruno, por ejemplo, hizo que se enamorara hasta las trancas y se vio obligado a romperle el corazón y a Thiago le hizo enfrentarse a problemas de salud mental. Sufrió por ellos.
Meterlos en vereda
"Quería hablar de los problemas de Thiago porque a menudo intentamos normalizar a los jóvenes cuando se descontrolan, y es perfectamente normal que lo hagan. A veces, intentamos encauzarlos a través de la justicia y otras a través de la psiquiatría", dice, al tiempo que evoca su relación directa con todo ello: "Fui testigo de la desintegración psíquica de mi madre, una persona que hacía de todo, que se ocupaba de la gente porque era asistente social y por sus manos pasaba un enorme cantidad de cuidados y de pronto, como dice, Thiago, ese núcleo solar se rompió y se empezó a disolver lentamente. La literatura me permite explorar ese límite y tiene un efecto sanador para mis propios miedos".
Y aunque no están los tiempos como para hacerlo, lo único que quiere trasmitir Mairal, un hombre de 55 años, a los jóvenes que todavía no han cumplido los 20, es que se animen "porque uno no puede confundir el fin del mundo con el fin de su mundo, no es justo". Y claro que le da miedo pensar en el futuro, pero a la vez se obliga a tener en cuenta una frase que una vez le oyó a la extraordinaria realizadora Lucrecia Martel: "Tenemos la obligación de pensar en un futuro que nos guste". Y eso en la Argentina de Milei puntúa doble.
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