Ian Bostridge, tenor inglés: «El hecho de cantar es una aventura intelectual»

Ian Bostridge, cantante de ópera británico
«Pensar y cantar» ¿Qué tiene de intelectual el canto?
Para empezar deberíamos definir qué significa la palabra intelectual, pues no existe una definición clara sobre lo que es la inteligencia. Cualquier actividad es una manera de utilizar la inteligencia, sin saber muy bien lo que es. En mi entorno he conocido a muchas personas que sin poder decir que tienen una formación académica actúan de manera que bien podríamos decir intelectual. En mi caso, el hecho de cantar es una aventura intelectual. La música me ha enriquecido y ha aparecido en mi vida como una emoción y no como un acto reflexivo.
Usted se ha especializado en un repertorio amplio pero muy concreto. ¿Por la voz o por los gustos musicales?
Cuando era adolescente no me gustaban ni Puccini ni Verdi ni la pintura manierista italiana, prefería el arte austero en todas sus formas. Con la edad he ampliado mis puntos de interés. Todo cantante tiene que trabajar con el instrumento que posee y el mío es apropiado para cantar lied romántico, así como obras de los siglos XVII y XVIII. Mi sensibilidad como cantante es romántica y a medida que cumplo años se vuelve más potente y profunda, con lo que con el tiempo puedo añadir repertorio.
En el libro dedica especial atención al ciclo Chansons madécasses de Ravel. ¿Qué tienen esas obras que le impactan tanto?
En concreto empecé interesándome por la segunda de las tres, Aoua!, pues es chocante y radical a la vez. Un texto que habla en contra de la esclavitud escrito por un autor, Èvariste de Parny, que a su vez tenía esclavos. I, musicalmente, Ravel consigue hacernos ver esa contradicción. Por su parte, al estar situadas en Madagascar, la música está llena de exotismo, es lánguida y suave, pero al mismo tiempo brutal. Me impulsó a cantarla nada más conocerla.
Doctor en historia ¿qué le han aportados esos estudios a la hora de llevar a cabo su profesión como cantante?
Directamente nada. Pero recuerdo que cuando asistí a clases del tenor Hugues Cuénod que cantó hasta los 90 años y murió con 108, me dijo que tenía que alimentar mi imaginación, ver en imágenes lo que cantaba, así que, en ese aspecto, el tener conocimientos de historia me ha servido, pues puedo contextualizar la época del compositor.
En sus escritos afirma que la música occidental nos invita a hacer preguntas. ¿Cuáles?
Preguntas sobre cómo llevar nuestras vidas y nuestras relaciones. Lo bueno que tiene la música es que es abierta, incluso cuando se trata de canciones, la música va más allá de lo que dicen las palabras, se eleva sobre ellas.
Relaciona la Interpretación teatral con la de una obra musical. ¿Puede explicar esas dos visiones de un mismo concepto?
Para mí, el actor y el cantante están muy cerca, un recital es una actuación. Y cuando digo actuar no me refiero a que sea artificial sino a que el artista se identifica con el material que tienen en sus manos. La música se representa, y los que la interpretan transmiten sentimiento. No basta leer la partitura.
Alterna recitales y participaciones en óperas ¿Se sitúa y prepara diferente ante cada una de esas formas musicales?
Claramente sí. Participar en una ópera implica que debes relacionarte con más gente, ensayar con ellos. Por tanto, es un acto colectivo. En un recital tú puedes decidir qué hacer y cómo hacerlo. Si te mueves o no. Es un trabajo individual.
Para Stravinsky la música no sirve para expresar sentimientos. Usted, en el libro, defiende lo contrario.
Pienso que Stravinsky era un provocador. Cuando decía o escribía estos textos lo hacía para crear polémica. Hacía declaraciones extremas, pero a la vez guiñaba el ojo. Era un descarado.
Dedica un capítulo a la música que trata sobre la muerte. ¿Qué compositores han expresado mejor el hecho de morir, en la música?
Difícil contestar, aunque me inclino por las últimas composiciones de Schubert, quien al final de su vida, escribió piezas como el Quinteto o las tres últimas Sonatas o incluso el “Viaje de invierno”, son obras que hablan de la muerte sin nombrarla.
Para un cantante especializado en el lied ¿cómo es la relación con el pianista acompañante?
Debe ser estrecha. Es muy importante conocerse, trabajar juntos. He tenido la suerte de poder trabajar con pianistas de la talla de Julius Drake, Lars Vogt, Thomas Adés o Saskia Giorgini. Con ellos me he sentido muy a gusto y me han aportado mucho a la hora de trabajar una pieza o un recital.
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