Oblicuidad
El Premio Formentor es la antesala del Nobel
Desde Beckett/Borges en 1961, el galardón literario mallorquín abastece a Estocolmo, por última vez con Ernaux y Krasznahorkai

El escritor húngaro László Krasznahorkai, Premio Nobel de Literatura 2025. / Gyula Czimbal
Ninguna etiqueta puede competir en sabor mallorquín con el Premio Formentor, en honor de la península desaparecida. A cambio, se necesita una cita demasiado larga de las Notas autobiográficas de Jorge Luis Borges para calibrar la dimensión mundial del galardón rescatado en geografías ajenas:
«La fama, como la ceguera, me fue llegando gradualmente. Nunca la esperé, nunca la busqué. Néstor Ibarra y Roger Caillois, que en los primeros años cincuenta se atrevieron a traducirme al francés, fueron mis primeros benefactores. Sospecho que su trabajo pionero pavimentó el camino para que compartiera el Premio Formentor en 1961 con Samuel Beckett, porque hasta que aparecí en francés fui prácticamente invisible, no solo en el extranjero sino también en Buenos Aires. Como consecuencia de ese premio, mis libros brotaron de la noche a la mañana por todo el mundo occidental».
Desde los años sesenta, el premio Formentor difunde «por todo el mundo occidental» a autores ilustres, pero no siempre reconocidos. En su renacimiento del siglo XXI, el galardón se ha esmerado con la regla de no avergonzar con provincianismos al tándem Borges/Beckett, y ahora llega la conexión creciente con el Nobel inoxidable. El autor irlandés de Godot solo tuvo que esperar ocho años para saltar de Mallorca a Estocolmo en 1969.
La relación de Borges con el Nobel sería digna de su prosa laberíntica. Lo tenía garantizado, y no solo por el antecedente mallorquín que lo lanzó al mundo según propia confesión. Se dice que el autor de El Aleph no ganó el premio sueco, pero es falso, porque lo perdió. Sus declaraciones neutras sobre dictadores como Pinochet provocaron el veto del poeta Artur Lundkvist, académico decisivo para frenar a otros autores sospechosos de conservadurismo, tales que Marguerite Yourcenar o Camilo José Cela.
Fue necesario que el conservador Knut Anhlund tomara las riendas de la Academia, para que el gallego residente en Mallorca se alzara con el galardón, con Borges no llegó a tiempo. En la cosecha más reciente del Nobel, presumo del dudoso honor de haber emprendido la lectura de los dos últimos galardonados, la coreana Han Kang y el húngaro László Krasznahorkai, antes de que llegaran a Suecia. Sin embargo, en los dos casos interrumpí la lectura a la mitad. Está claro que mi deserción no les ha afectado demasiado, en mi caso siempre duele desaprovechar las oportunidades de volverse más inteligente.
Mi abandonismo de perdedor contrasta con la vista de lince del Premio Formentor, que este año ha vuelto a convertirse en la antesala del Nobel. Con todos los respetos, Krasznahorkai disfrutaba de un prestigio anterior a sus premios de relumbrón, aunque es impresionante que Estocolmo recogiera el testigo de la denominación mallorquina solo un año más tarde.
La consagración de Annie Ernaux en Formentor es tan prodigiosa que obliga a establecer que el premio mallorquín la catapultó al Nobel. Antes de heredar a Borges/Beckett, la difusión de la maestra de la autoficción reseca era comedida en su propia Francia, casi inexistente en el exterior. La ebullición del premio inicial coincide con la descripción efectuada por Borges al comienzo de este artículo. Y está claro que Mircea Cartarescu viajará a Estocolmo, así que transcurra el plazo prudencial entre dos autores centroeuropeos. También llevará el pasaporte del Formentor bajo el brazo.
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