Arte
Guillem Nadal y la insularidad como un proceso interior
El artista ‘llorencí’ expone en el Hotel Sant Francesc y Galería Pelaires su serie ‘Illes perdudes’, donde el paisaje balear se transforma en metáfora del tiempo, la erosión y la memoria

El artista, en el patio del Sant Francesc Hotel, donde muestra una selección de obras. / RUTH HUNDESHAGEN
Nacido en Sant Llorenç des Cardassar en 1957, Guillem Nadal pertenece a una generación de artistas mallorquines que, en los años setenta, entraron en contacto con las corrientes de la abstracción y los lenguajes matéricos que se extendían por Europa. Con el tiempo, su obra ha evolucionado desde un lenguaje figurativo hacia una abstracción radicalmente sensorial, caracterizada por el uso de materiales como la ceniza, la sal, la madera, las ramas o el yeso, con los que desafía la frontera entre cuadro y objeto. En su trayectoria, el paisaje balear -y, por extensión, la naturaleza- no aparece como mero motivo de inspiración, sino como un agente transformador que impregna toda su práctica artística.
Con motivo de la Nit de l’Art 2025, el Hotel Sant Francesc y Galería Pelaires presentan la instalación Illes perdudes, una selección de obras de la serie Projecte per a una illa. La muestra coincide con el décimo aniversario del hotel y marca el séptimo año consecutivo de su participación en este evento cultural organizado por Art Palma Contemporani, que convierte a Palma en epicentro del arte contemporáneo en septiembre. La instalación podrá visitarse a partir del día 20 y permanecerá abierta hasta finales de octubre.
«La pintura fue inicialmente mi manera expresiva, pero con el tiempo me di cuenta de que no era suficiente», explica Nadal. Ese descubrimiento lo condujo hacia la escultura y la instalación, que define como «pintura tridimensional» y que, según afirma, multiplican sus posibilidades expresivas.
Su proceso creativo parte de lo más sencillo: «El proceso surge de algo tan sublime y simple como el dibujo, el boceto. Un lápiz y un papel son las herramientas más directas y creativas». De ahí nacen piezas de gran formato que permiten al espectador sumergirse físicamente en ellas, aunque Nadal insiste en que lo importante es que la imagen lo supere: «Lo principal es la idea, el boceto y, a partir de aquí, dejarme llevar, dejarme seducir por cualquier casualidad o equivocación».
Esa apertura a lo inesperado lo lleva a explorar la materia como un territorio en sí mismo. «Intento que las piezas sean un reflejo del paso del tiempo, una búsqueda de la idea perdida. Una palabra común: viaje». Aunque reconoce que no puede relacionar conscientemente materialidad y paisaje, lo cierto es que su obra se ha descrito a menudo como una reflexión sobre él. «Si por paisaje entendemos cualquier mirada interior, entonces sí, puedes considerarme un paisajista».
En la serie Projecte per a una illa, iniciada hace años, esa relación se concreta en el concepto de insularidad. «La insularidad, en mi caso, es un proceso interior. La pérdida, la tristeza, la añoranza… Es un intento de poder agarrarme al recuerdo de aquel al·lot que miraba la vida con los ojos muy abiertos».
La luz del Mediterráneo también tiene un peso simbólico en su trabajo: «En el concepto del tiempo, la vida, la muerte, tal vez un poco en la poética de Ulises». Nadal se resiste a encasillarse en la abstracción: «Nunca me he planteado un trabajo dentro de la abstracción. Lo que sucede es que algunas piezas son más herméticas y, para el espectador, más abstractas. De hecho, siempre trabajo a partir de una idea muy concreta».
En ese universo, la erosión y sedimentación ocupan un lugar fundamental. «Sí, me interesan muchos procesos, erosiones y, sobre todo, el proceso de sedimentación que, a la vez, conlleva erosión y está relacionado con el tiempo. La sensación, al observar mi trabajo desde la distancia, es que sigo mirando a un gran círculo y teniendo las mismas incógnitas que al principio».
Cuando se le pregunta por el mayor desafío en su práctica artística, Nadal responde con sencillez: «No lo sé. Puede que seguir sintiendo».
De cara al futuro, menciona proyectos en Nueva York y Madrid, además de una nueva serie de esculturas, aunque evita concretar: «La verdad es que no me gusta demasiado hablar de proyectos».
Para esta edición de la Nit de l’Art, Nadal ha preparado piezas recientes de la serie Projecte per a una illa. «Las pinturas que hay en Sant Francesc Hotel son piezas actuales, la última hornada. También hay una pieza que tenía ganas de reivindicar: un bronce de cinco ramas. Es una obra muy simple que no había mostrado nunca pese a tener 15 años, y siempre me ha parecido muy sutil».
En el patio del hotel se alza una escultura surgida de un accidente natural: «Forma parte de un acebuche grande que se cayó. Son piezas difíciles de hacer por el coste de revestirla en bronce, pero aquí funciona a la perfección». Esta obra, integrada en la serie Illes, juega con el concepto de naturaleza y figura humana: «Son ramas que parecen raíces, girando el concepto de ‘árbol’. Lo que, a su vez, gira el concepto de ‘persona’». La pieza evoca sensación de encierro y aislamiento, un recordatorio de lo insular.
La colaboración con Sant Francesc Hotel se enmarca en una relación previa: «En el hotel ya hay una pieza mía, así que este encargo es una continuación muy bonita. Aquí siempre me han tratado muy bien. Sale también del diálogo con Galería Pelaires, lo que la hace una colaboración perfecta».
Con Illes perdudes, Guillem Nadal ofrece un viaje hacia lo esencial: naturaleza, memoria, tiempo y erosión. O, como él mismo afirma, un proceso interior que lo acompaña desde aquel niño que miraba el mundo con los ojos abiertos.
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