Oblicuidad
Bob Dylan se encuentra con su admirado Robert Graves
La leyenda sitúa el encuentro del escritor y el cantante en Deià, la realidad apunta a un encuentro en Londres en los años sesenta

‘La Diosa Blanca’ de Graves ha inspirado la obra de Dylan. / EFE
La leyenda debe preceder a la historia. Un cantante folk norteamericano se encamina a principios de los años sesenta a Deià, el destino habitual de los creadores porque allí reside Robert Graves, referente poético universal. El artista en cuestión porta bajo el brazo un ejemplar de su tercer álbum, The Times They Are A-Changin’. En efecto, los tiempos cambiarán radicalmente tras ser cabalgados por Bob Dylan.
El cantante es recibido al final de la ruta escarpada por Beryl Graves. La esposa consulta al bardo oracular, que le replica que no puede perder el tiempo asesorando a aprendices de su disciplina. Dylan emprende el camino de regreso cuesta abajo, en todos los sentidos. Despierten, se impone el brutal retorno a la realidad.
William Graves, primogénito y albacea de Robert, desmiente la peregrinación. «Bob Dylan no estuvo en Deià», pero sintió una «devoción unilateral por mi padre». El encuentro tuvo lugar en la fecha precitada, pero en la geografía londinense de Paddington. El cantante se dirigió al poeta, que le dijo «ven aquí y pasearon juntos».
Con el tono socarrón heredado, William Graves recuerda que «Dylan llevaba poco tiempo y le pidió audiencia a mi padre por La Diosa Blanca, todo el mundo se apuntaba al concepto». El contacto con la divinidad femenina inspiró la obra dylaniana, «le dio la base para sus canciones, pero mi padre no le concedió una excesiva importancia». En justa correspondencia por la aportación inmaterial, el administrador de la obra de Robert Graves señala que «tenemos ganas de invitar a Dylan a actuar en Deià». Y generaliza evocando «la cantidad de guiones que mi padre hizo para otros».
La única persona que nunca desmentirá las leyendas sobre la presencia espectral del cantante en Formentera o Deià es Bob Dylan. Sin embargo, en el primer volumen del autobiográfico Crónicas que carece de un segundo tomo, el estadounidense describe el encuentro invirtiendo las tornas, desde la tentación de presentarse a posteriori como un ser superior. «No sabía todavía en qué consistía invocar a la musa poética. En unos pocos años me encontraría con el mismo Robert Graves en Londres. Paseamos a buen ritmo alrededor de Paddington Square. Quería preguntarle por algunos aspectos de su libro, pero prácticamente no lo recordaba». Siempre borrando pistas. Cuanto mayor es la influencia, más esfuerzo invierte en difuminarla.
La monumental biografía de Clinton Heylin, esta sí en dos volúmenes bajo el explícito título de La doble vida de Bob Dylan, no nos dejará mentir. Rastrea la huella de Graves en las canciones, y le reprocha al artista que trasplantara a su vida privada las enseñanzas de su mentor. La última aportación al vínculo dylaniano está firmada por Pedro de Montaner en el espléndido Robert Graves en el Huerto de los Naranjos.
Montaner establece que Dylan aprende de Graves que «su destino dependía de las mujeres que amaba: es decir, sus musas». El escritor no mostró el mínimo interés en traducir al castellano las canciones que acabarían ganándole el Nobel a su autor. En cambio, Graves fue derrotado en esa lid por John Steinbeck.
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