Premis Diario de Mallorca
William y Tomàs Graves, Hijos de Robert Graves: «Robert Graves nunca escribió el mismo libro dos veces»
Los dos descendientes del escritor británico recogerán el 2 de octubre el Premi Diario de Mallorca en la categoría de Cultura por sus trayectorias y por mantener vivo su legado, un galardón que hacen extensible a sus hermanos Lucia y el fallecido Juan

William Graves, albacea de Robert Graves, y Tomàs Graves, escritor y músico. / Bernardo Arzayus
¿Qué significa para la familia Graves un galardón como este?
William Graves: Estamos muy agradecidos, no nos lo esperábamos.
¿Qué relación mantuvo Robert Graves con los premios?
W. G.: Rechazó todos los galardones políticos, no quería saber nada de la política. Sí apreciaba sus medallas de la guerra, los premios literarios, que recibió algunos [Russell Loines Award for Poetry, James Tait Black, Hawthornden], y la Medalla de Oro de Poesía que le otorgó la Reina de Inglaterra en 1968. En España, Fraga le dio la Medalla del Turismo.
Con Fraga acabó entablando amistad.
W. G.: Cuando a Fraga le hicieron ministro de Información y Turismo vino con todo su séquito a Deià. Quería conocerle. En ese momento mi padre estaba trabajando en la elaboración de compost, e iba con unos pantalones cortos y en espardenyes. El alguacil del pueblo le avisó de su llegada y le preguntó si no se iba a cambiar de ropa. «Yo cuando voy a ver a un ministro, me cambio, pero si viene él, pues me verá como estoy». Fraga y mi padre se llevaron de maravilla, y le ayudó mucho, entre otras cosas a llevar la luz al pueblo de Deià. Por eso le nombraron Hijo adoptivo de Deià, otro título que sí aceptó, y con mucho gusto (risas).
Fue nombrado varias veces para el Nobel y quedó finalista en 1962. ¿Le dolió no ganarlo?
—W. G.: No. Mejor que no se lo dieran, porque un Nobel supone mucho desgaste. Te lo dan y duras unos pocos años más, mira Cela.
—Tomàs Graves: Nadie ha escrito algo interesante después de que le dieran el Nobel.
¿Cómo han llevado ustedes ser hijos de un genio?
—T. G.: En la escuela apostaba con la hija de Cecil Day-Lewis [padre del actor Daniel Day-Lewis] sobre quién sería el Poet laureate británico, «será tu padre o el mío», nombramiento de la Corona que finalmente recayó en Day-Lewis. En Deià, antes de que mi padre se hiciera famoso por la serie de televisión Yo, Claudio [adaptación de la novela homónima de Robert Graves], nos llamaban los Gra-ves. El anonimato le permitía desconectar, descansar. Con la emisión de Yo, Claudio, en 1976, pasaron a llamarnos ‘los Greifs’ (risas).
—W. G.: Yo escogí una carrera que no tenía nada que ver con la literatura, soy geólogo, y estuve completamente apartado de la vida literaria de mi padre hasta su muerte, cuando en su testamento me nombró su albacea.
William, hace unos días le invitaron a la reunión del alto mando del ya desaparecido Regimiento de su padre.
W. G.: Lo que más apreciaba mi padre era su regimiento, el 3.er Batallón de los Fusileros Reales Galeses, del que llegó a ser capitán, antes de los 21 años [en la Primera Guerra Mundial, contienda que le provocó neurosis de guerra]. Recientemente a mi hijo y a mí nos han hecho miembros de la Asociación de Oficiales de los Fusileros Reales Galeses. ¡Tenemos derecho a llevar la corbata de su regimiento! Todo un honor y una muestra de que no se le olvida. Mi padre fue poeta de la guerra, junto a Siegfried Sassoon, a quien salvó de un juicio militar, y Wilfred Owen.
¿Queda mucho Graves por descubrir?
—W. G.: Sí, sobre todo de su correspondencia. Ahora estoy transcribiendo todas sus cartas, alrededor de 10.000 en total. Todas están escritas a mano, y no guardaba copia. Ya he transcrito con mi hijo 3.500 de ellas.
—T. G.: Son cartas muy difíciles de leer, porque usaba un papel «piel de cebolla» muy fino -las cartas se pagaban al peso- y las redactaba a plumilla, con lo cual transparentaba. Además su letra era como de médico y encima empezaba con un margen muy ancho a la izquierda que luego rellenaba si le faltaba papel, por detrás o por delante. Y luego marcaba A, B, C, D... las páginas, para determinar el orden. ¡Una locura!
¿Qué convierte a Graves en uno de esos autores que nunca te lo acabas, al que siempre puedes recurrir?
W. G.: Quizá el hecho de que nunca escribiera el mismo libro dos veces.
Graves cultivó muchos campos, ejerció de novelista, traductor, ensayista...
W. G.: En su pasaporte ponía «escritor» pero realmente Robert Graves era poeta, él se sentía poeta. Cuando se entregaba a un poema lo dejaba todo y a lo mejor hacía 30 versiones, y nunca llegaba al definitivo, porque lo revisaba una y otra vez.
Al margen de la poesía, ¿también era una persona muy exigente y rigurosa?
—W. G.: Si la gente venía a tomar el té a nuestra casa de Deià y él se aburría, se metía en su habitación y nos dejaba con los invitados.
—T. G.: Si estábamos de fiesta en casa, a las doce de la noche nos sacaba a todos. «Mañana a las 7 tengo que empezar a trabajar», decía.
Graves llegó a Mallorca en 1929 y vivió en Deià 50 años, hasta su muerte, con la única excepción del paréntesis de la Guerra Civil. ¿Su huida de la isla en 1936 le resultó traumática?
W. G.: A Graves le dieron dos horas para hacer las maletas y dejar su casa, el 2 de agosto de 1936. Se pensaba que solo estaría fuera dos semanas, y al final fueron 10 años. ‘En Gelat’, su factótum, se encargó de mantener su casa de Deià hasta su regreso en 1946. La blanqueaba cada año, porque no sabía exactamente cuando volvería. Cuando regresó se la encontró tal y como la había dejado. Su relación con Mallorca siempre fue de amor.
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