Nit de l’Art
Jaume Plensa: «Necesitamos saber que hay algo que está por encima de nosotros»
Con ‘Mirall’, el escultor catalán ha traído a la Llotja de Palma dos de las tres esculturas que creó para el Museo Reina Sofía y que se han visto en otros países. Asegura que le cuesta mucho escoger entre sus miles de obras para una exposición, pero en este caso lo tuvo claro de inmediato

El escultor Jaume Plensa, en la Llotja de Palma, donde ha instalado ‘Invisible Laura’ e ‘Invisible Rui Rui’. | / MANU MIELNIEZUK

Las dos esculturas de Jaume Plensa (Barcelona, 1955) instaladas en la Llotja de Palma y que componen Mirall son uno de los grandes atractivos de la Nit de l’Art de hoy. El escultor, Premio Nacional de Artes Plásticas y Premio Velázquez, da un fuerte apretón de manos al saludar y contesta a las preguntas sobre su trabajo con mucha amabilidad y con calma, razonando cada respuesta.
¿Cómo preparó la exposición en la Llotja?
Vino el alcalde de Palma a Barcelona a visitarme, con el regidor de Cultura y con Joan Punyet, somos amigos y él me los trajo. Y ya estábamos trabajando con Walter Smerling [comisario de Mirall y presidente de Stiftung für Kunst und Kultur] en este proyecto. Vine a ver el lugar, que ya lo conocía, pero parece mentira cómo cambia la forma en que lo miras cuando sabes que tienes que exponer en él o cuando simplemente eres un visitante.
Dice que supo de inmediato lo que quería hacer.
Sí, porque es un espacio que, a pesar de que se creó para el comercio, a través de siglos, ha cogido una espiritualidad y una fuerza única. Este vacío es extraordinario. Estas cabezas que he instalado son como nubes que flotan en contraste con el peso de la piedra. Yo trabajo mucho con piedra, pero aquí no podía ser. Aquí teníamos que hacer todo lo opuesto, como si soplaras un aire entremedio de estas piedras maravillosas de tantos siglos. Es una pieza que ha recorrido bastantes sitios y es muy complicado instalarla. Nos liamos la manta a la cabeza y la instalamos, porque valía la pena. Yo estoy muy feliz, la verdad.

Manu Mielniezuk
¿Qué le gustaría que sintiera la gente al ver las esculturas?
De entrada, hay algo que te obliga a mirar hacia arriba. Esto para mí es muy importante: elevarte. El mundo gótico era un mundo que buscaba la espiritualidad, la elevación, la verticalidad, la relación entre el cielo y el infierno. Y en mi obra, desde siempre, también hay esta elongación, esta elevación. Y me gustaría que también entendieran esta idea del silencio. Tienen esta postura, con un dedo en los labios, pidiendo silencio. No es un silencio arrogante o impositivo, sino casi como un susurro. Estamos viviendo un momento de tanto ruido vital que el silencio lo hemos de fabricar porque ya no existe. Gracias al silencio puedes escuchar de nuevo el sonido de tus ideas, de tus vibraciones. Yo tengo miedo de que a veces hablamos y repetimos ideas que nos han llegado como un eco desde otros puntos, pero que no son nuestras y no nos damos cuenta.
Y a lo mejor no sabemos exactamente qué estamos diciendo...
No, pero bueno, forman parte de un momento y se hacen. Yo creo que es muy importante volver a hablar de ti. Y esta intimidad, yo creo que cuando haces un silencio, se busca una intimidad. Y aquí me gustaría que la gente notara esto. De día las piezas son muy tranquilas, son casi invisibles y de noche se van volviendo más presentes. Son muy mágicas, muy poderosas. Y esto a mí me gusta mucho, porque nuestras vidas muchas veces son así, de día somos una cosa y de noche otra. Es decir, el ser humano es como un diamante que según cómo le toca la luz, refleja de un color o de otro. Y estas piezas son muy cambiantes. Hemos hecho esta iluminación extraordinaria con el iluminador. Casi parecen un holograma.
¿Podría elegir solo una pieza de todas las que tiene?
Es muy difícil. A veces, cuando doy una conferencia o cuando hago una exposición, tengo que escoger. Es un sufrimiento renunciar a una imagen de las que has hecho, porque si tal vez no era la más excepcional, fue necesaria para llegar a la otra. El arte, en el fondo, es un camino de conocimiento, de ti hacia ti, que después es un milagro precioso. De pronto, un día, hay otros que quieren compartir contigo esto. Aquí hay dos esculturas, pero yo tengo, no sé, 3.000 piezas, 2.000 piezas. ¿Dónde están las otras? Porque era mi vida también.
Sus esculturas piden silencio, piden parar ¿Usted lo consigue?
Sí, sí que lo consigo. Bueno, no sé cómo lo hago, porque es verdad que, sin darme cuenta, he tenido el inmenso privilegio de poder instalar obras prácticamente en todos los continentes, conocer culturas, gente...Yo me siento en casa en cualquier lugar del mundo y tengo una capacidad enorme de concentración conmigo mismo. También tengo que decir que tengo un equipo extraordinario. Yo dibujo mucho y no necesito a nadie, pero con la escultura necesitas toda una estructura industrial que te arrope. Acabas aprendiendo a estar contigo entre los demás. Y la escultura exige esto, desde que el ser humano existe, la escultura se ha utilizado para la relación con los dioses. Y, claro, hay una intensidad enorme en el trabajo de escultura. Pero es imprescindible, porque esta obra habla con la divinidad y no hay otro camino. Y necesitamos aún, el ser humano, saber que hay algo que está por encima nuestro.
Una de sus esculturas es una niña que se tapa los ojos. ¿Ante qué se los taparía usted?
Behind the Walls hablaba de que nos quejamos de que muchos países en el mundo hacen fronteras con muros. Yo decía, sí, sí, de acuerdo, pero los muros más altos y más difíciles son nuestras propias manos cuando nos tapamos los ojos para no ver.
¿Hay algún sitio donde no estaría dispuesto a instalar una de sus esculturas?
No, porque no hay lugares malos. Es cómo transformas un lugar. Incluso te diría que muchas veces, cuando me han propuesto un lugar no malo, peor, me ha dado como... porque es también el lugar que necesita más belleza y más esfuerzo.
Este verano se convirtió en guía en su propio taller de la princesa de Asturias y de la Infanta Sofía. ¿Cómo se sintió en ese papel?
Pues fue muy simpático, porque están muy preparadas y tuvimos una conversación muy interesante. Yo creo que representan esta juventud de 18 años, claro. Yo ya no tengo 18 años, y supongo que me veían como un viejo carcamal y nos reímos mucho. Me hizo ilusión porque yo creo que es bueno que no solo las instituciones, sino las personas que nos representan en las instituciones se acerquen a la cultura de una forma tan directa. Yo conozco al Rey de cuando era príncipe y siempre fue muy simpático. A la reina Letizia, también. Es decir, con los padres hemos tenido mucha relación, pero me hizo mucha ilusión conocer a las niñas.
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