Literatura

Toni Montserrat ambienta ‘Mala mar’ en el Carnaval de la Mallorca postcólera de 1865

A falta de unos días para la publicación de ‘Mala mar’, el segundo caso del protagonista de ‘Isla negra’, su autor, Toni Monserrat, explica las entrañas del proceso de creación de este libro

Una documentación exhaustiva, un excel con todos los detalles, muchas visitas a Palma y menos revisiones de las que le gustaría son las claves de su escritura

Toni Montserrat, en la biblioteca de su casa, donde escribe de madrugada, pocos días antes de la publicación de ‘Mala mar’.

Toni Montserrat, en la biblioteca de su casa, donde escribe de madrugada, pocos días antes de la publicación de ‘Mala mar’. / Toni Escobar

Marta Torres Molina

«Dicen que hay dos maneras de escribir un libro. Una es con un mapa. Tienes el recorrido y vas avanzando. Otra es con una brújula. Podríamos decir que Isla negra es un libro que construí con un mapa y Mala mar, en cambio, con una brújula», comenta Toni Montserrat sentado en su biblioteca. Faltan apenas unos días para que el segundo caso del inspector Marc Guasch salga a la venta. En la mesa, un ejemplar que conserva aún el calor de la imprenta convive con las montañas de folios de cuatro de las revisiones del texto que este jueves empezará a llegar a las manos de los lectores.

Están llenas de anotaciones y subrayados. En diversos colores. Con caligrafías diferentes. En esa mesa, la misma en la que escribe hasta bien entrada la madrugada, hay, desplegados, post-its, mapas, carpetas, libros... Es el material con el que el ibicenco ha levantado sus dos novelas de lo que ha bautizado como «la serie balear», libros ambientados a finales del siglo XIX y que llevan a su protagonista, un inspector nacido en Ibiza, pero criado fuera, de isla en isla resolviendo espeluznantes crímenes. «Con Isla negra, cuando escribía una escena sabía perfectamente todo lo que pasaría. En esa y en las siete u ocho siguiente. Quizás cambiaba alguna cosa, pero lo tenía claro: estoy aquí, luego voy allí, tiraré por este lado... Estaba todo clarísimo», señala. Con Mala mar, editado también por Plaza & Janés y que se presenta el próximo sábado (19 horas Palacio de Congresos) en Ibiza y el 26 en Palma (Can Vivot, 19 horas), comenzó con unos post-its fosforitos, uno por capítulo, «para estructurar un poco». Algunos, sobre las inscripciones manuscritas, tienen un marcador de celo rojo. «Esto quería decir que ya estaba escrito», comenta mientras coge uno de ellos -«escena uno», se lee- y lee en susurros. «Por lo que veo hice algunos cambios», indica devolviendo el vistoso trozo de papel al montón. Una estructura mínima para saber por dónde tenía que ir en un proceso de escritura en el que se ha enfrentado a la página en blanco: «Lo habitual aquí ha sido acabar una escena y comenzar la siguiente pensando ¿y ahora qué pasa?». Nada que ver con el exitosísimo Isla negra en el que para escribir una escena que le ocupaba tres folios tenía «dos páginas y media de apuntes».

El tiempo ha sido la gran diferencia entre las dos novelas. Su ópera prima, en la que recreaba el asesinato de un cura y de su criado en la iglesia de Sant Jordi, le llevó seis años. Para escribir la segunda aventura de su protagonista, ambientada en Palma, ha tenido, apenas, siete meses. Una locura. Cosas del contrato con la editorial: «Me hicieron uno para las dos novelas, algo que, según me han dicho, no es lo habitual». Con los restos arqueológicos de Mala mar aún sobre la mesa del delito el ibicenco anda ya buceando en la Menorca de finales del siglo XIX, donde se ambientará su tercera novela y el tercer caso de Marc Guasch.

«Espera, que te enseño una cosa», comenta Montserrat, que sale de la biblioteca escaleras arriba, descalzo. El espacio, por el que se cuela la luz del mediodía se queda en silencio unos instantes, hasta que el escritor, mac en mano, irrumpe de nuevo en el espacio. En la pantalla, un excel. «Sí, sí, un excel. Vengo de la consultoría y esto, al final, es todo datos», justifica al ver la cara de sorpresa de esta redactora. En la tabla, todos los detalles de la novela. Capítulo a capítulo. Abre el número dos, Muriendo. Y junto a ellos, en las celdillas, todo: el día del año que es en la trama (8 de febrero), el día de la semana (jueves), si está escrito o no, -«si lo ves en rojo es que hay que revisarlo»-, la ubicación (Son Armadams, Círculo Mallorquín, Can Puig), lo que ocurre -«Guasch acompaña, a petición del alcalde, al lugar del crimen, donde encuentran, en el interior de una bañera de mármol, el cadáver de una mujer desfigurada»-, quién es el narrador, el momento del día, el ritmo... «Esto es una cosa que aprendí con Isla negra, el ritmo. Esto es como una partitura, andante, allegro... y está bien entender, al comenzar una escena, si es rápida o no. Si lo es las frases son cortas, las acotaciones no existen, las descripciones son las imprescindibles para ubicar al lector. Hay que ir al grano», indica antes de apuntar otra de las casillas del excel: KSF, Key Success Factors. «Cosas que tengo que explicar sí o sí en esa escena, que me interesa explicar», indica el escritor. En una de ellas se lee: «Describir el lujazo del sitio del Círculo Mallorquín y de la gente».

De Can Sala a Can Vivot

Escribir con la brújula y no con el mapa supone, a veces, descubrir detalles que obligan a hacer cambios. Es lo que le ocurrió con uno de los escenarios principales de Mala mar, el palacio de Can Vivot. «En principio iba a ser Can Nadal», comenta el escritor girándose para buscar, a sus espaldas, un libro con fotografías de patios de Palma. Ya tenía el libro casi hecho cuando se topó con él. Y supo que tenía que ser allí. Pidió permiso a sus propietarios, Pedro y Magda: «Me lo enseñaron todo, lo que se puede mostrar y lo que no. Es un protagonista más del libro. Sale en trece escenas». El cambio le obligó a revisar el libro y cambiar los párrafos ambientados en Can Nadal. En aquellas visitas le explicaron que arriba dormían las mujeres y que abajo estaba «el cuartito de los curas, había dos internos en la casa». Y entonces se dio de bruces con un detalle que le hizo convencerse de que tenía que ser Can Vivot y no Can Sala: «Me dijeron que habían matado a un cura, pero en otro siglo. Pensé que los astros se alineaban», comenta pensando en el asesinato de su primera novela. Todo lo que le explicaron sobre el día a día -«el servicio y los señores convivían, el hereu vivía en la planta noble con el marqués, pero los demás hijos estaban arriba, con los cuartos de las mujeres»- le ayudó «mucho» a incorporar matices y detalles.

Pero la utilidad del excel va más allá de componer y estructurar la novela: «De repente, por ejemplo, busco a Pere Pau, uno de los protagonistas y veo que del capítulo 10 al 17 no aparece. ¿Por qué? Eso me ayuda mucho a reflexionar, a pensar, a ver si hay que equilibrar algo en la historia». «Es algo numérico, sí, pero es una matriz, sirve para ordenar información. Y a mí tener la información ordenada me ayuda. En todo momento tengo claro dónde estamos y qué hay», indica.

Para escribir Mala mar, que está ambientado en la Palma postcólera, Montserrat ha viajado unas cuantas veces a Mallorca. «Un parell pagès», apunta. Paseó mucho por la ciudad, revisó un estudio sobre la pandemia de 1865 y le dio muchas vueltas a cómo debía haberse vivido para «entender» mejor a los personajes y lograr que las conversaciones estuvieran «puestas en contexto». La prensa de la época era «vital» para él, pero la mayoría no estaba digitalizada. En la biblioteca de Can Sales, sin embargo, encontró un CD, imprimió lo que había y le sirvió para incluir detalles «totalmente reales». Le sirvió, por ejemplo, para saber que la puerta del Jardín Botánico, junto a la que pasea un niño, se había derribado.

La documentación es básica.

«No sé cuántos libros de Mallorca tengo», indica girándose a observar las estanterías, de las que saca un ejemplar, todo subrayado, de Los chuetas y la Inquisición, de Angela Selke. «Me gustaría hacer otra historia de Guasch en la que aparecieran. Creo que hace falta una buena novela que hable de ellos, en la que sufras con los personajes», confiesa el escritor, que cuenta entre sus obras de consulta básicas todo lo que publicó «de forma detallada» sobre las islas el Arxiduc Lluís Salvador. De él ha sacado la información sobre el lugar del crimen, «un segundo balneario» que había en la zona del puerto y del que sólo ha encontrado información en los testimonios del archiduque: «En ningún lado más, pero él te describe cuántos baños había, qué se pagaba, los propietarios. Esto les chocará a muchos mallorquines, que creerán que son los baños de Can Barberà, pero no».

Toda la documentación que ha ido recogiendo en estos años la concentra en otra de sus principales herramientas de trabajo: un «calendario total». Un documento en el que tiene entradas «de todo» de forma cronológica. Lo abre: «¿Ves? El tema, la fecha, lo que pasa y la fuente, por si quiero volver a consultarlo». Busca una de las indicaciones que ha usado para Mala mar: «Pere d’Alcàntara Penya realiza el plano de la ciudad y una memoria descriptiva de 300 páginas». Y Montserrat saca el mapa d’Alcàntara Penya. Sobre un fondo lila aparecen, también, anotaciones de hechos ficticios, es decir, los de sus novelas: «Ocho de febrero de 1865, Dijous Llarder, muere asesinada Teresa Coll Marqués», lee. «Lo tengo puesto en contexto. Sé que ese mismo día se hicieron unas pruebas de artillería en la batería del baluarte: se congregó un gentío inmenso y no habiendo lugar se enzarzaron los muchachos y algunos mayores en una feroz y continuada pedrea de la que resultó un herido». Esa anotación le sirve para que uno de los personajes, la noche en la que encuentran a la víctima en el balneario, pueda decir «esta tarde ha sido movida».

Con toda esta documentación no paran de surgirle ideas para novelas. Dentro de esa serie balear imagina ya la de Formentera: «Podría ser algo divertido tipo habitación cerrada. De repente encuentran un muerto en el faro de la Mola y ha sido uno de nosotros, tipo Agatha Christie». «Tengo muchas ideas y el día sólo 24 horas. No doy para más, pero me estoy divirtiendo mucho», lamenta el autor, que se muere de ganas de ponerse con una novela histórica ambientada en la construcción de las murallas de Ibiza. Lo tiene más que en mente, como demuestra la carpeta azul, a reventar de documentación, que saca de algún rincón de la biblioteca. Le tiene tantas ganas que está deseando acabar con la novela de Menorca para ponerse con ese libro.

Rumbo a Menorca

Montserrat encontrará su auténtico y definitivo proceso de escritura con la tercera novela, la de Menorca, para la que cuenta con once meses: «Esto es como en todas las profesiones. Un técnico, el primer aire acondicionado que instala le sale un bunyol, el segundo mejor y cuando llega al 21 ya controla». Montserrat ríe cuando se le pregunta si Isla negra le parece un bunyol. «¡De Es Pins!», ironiza antes de contestar en serio: «No, ni mucho menos. Estuve seis años, pero eso de que lo mejor es enemigo de lo bueno es verdad. Fui muy obsesivo». Si llega la quinta edición aún hay «cositas» que tiene que cambiar. Y eso que su primera novela la revisó muchísimas veces. La útima antes de su publicación, con calma, algo que ha echado de menos poder hacer con Mala mar. «Hay cositas, como cuando cambias algo de femenino a masculino y se te queda el ‘la’», indica Montserrat, que confía en una segunda edición para corregirlas.

Las cuatro copias en folio revisadas que hay sobre la mesa, una de ellas aún sin título -Trilogía balear. Volumen 2. Mallorca-, están llenas de tachaduras y anotaciones. Siempre trabaja en el ordenador «salvo a la hora de la verdad». Ahí necesita el papel. Para no perderse. Coge una de las copias, aparece el capítulo 29, ‘Lloseta’, cuyo primer párrafo está cuajado de notas en rotuladores de colores. Fue después de leer el libro Queridos mallorquines, un capítulo «desternillante» que hacía alusión a cómo evitan saludarse y que le inspiró para, en esa escena, cuando Guasch y su compañero Riera intentan hablar con un hombre, éste les da esquinazo: «Cambié esa escena para dar a entender esa forma más desconfiada y reservada de ser de los mallorquines». Junto a las copias revisadas, el informe de su editor, Alberto Marcos, al que califica como «brillante». «Capítulo demasiado corto», se lee en algunas de las indicaciones, que el escritor agradece. Y obedece. Para esos capítulos demasiado cortos recurrió a explicar detalles de la vida de los protagonistas, lo que les ha pasado en el tiempo que transcurre entre las dos novelas, que los lectores de Isla negra querrán saber. Media página para recordar la boda de Marc y Lucía, una escena en la que hablan de su infancia para mostrar la complicidad entre ellos, un momento de intimidad... «No me cuesta reconocer mis errores, que alguien es mejor que yo ni aceptar sugerencias. Mi editor me suma, me dice cosas que hacen que el libro sea mejor», indica.

Mala mar lo ha tejido de madrugada. Se quedaba hasta las tres de la mañana en esa biblioteca con vistas al mar: «Como con Isla negra, pero aquello no fue tan intenso ni tan tarde ni todas las noches». También ha escrito mucho en algún bar. La mesa 31 de Can Costa de Santa Gertrudis fue el bar de Isla negra. Es Cantonet ha sido el de Mala mar. Le gusta el barrullo a su alrededor. La tele encendida en casa le molesta, pero el ronroneo de las conversaciones de un bar no. Estos siete meses ha hecho algunos sacrificios: «He dejado de ver series, de leer libros, de estar con amigos y con la familia, de dormir... He sacrificado todo eso para centrarme en esto. No hay secreto. Todo es una cuestión de horas», reflexiona Montserrat, que tiene muy claro que el Toni Montserrat que ha escrito Mala mar «tiene poco que ver», en lo que a proceso creativo se refiere, con el Toni Montserrat que escribió Isla negra. «Hubiera sido incapaz de escribirlo con una brújula, ahora, en cambio, lo he hecho, más o menos me apaño», indica.

Si algo ha descubierto con sus investigaciones para las novelas es que cada una de las islas que forman Balears «son mundo completamente diferente». «En Ibiza éramos los pobres, miseria pura. Menorca, justo en ese momento estaba mucho más avanzada. No sólo que Ibiza, también que Palma», apunta. Montserrat destaca lo poco que sabía de la isla cuando se puso a escribir Isla negra: «No sabemos de dónde venimos y lo que éramos. Yo el primero. Cualquier cosa que encontraba era una sorpresa». En unos días, los post-its, las copias revisadas, los mapas, los informes del editor... Pasarán a mejor vida. Se reunirán, en un piso de la Marina, con las montañas de documentación que acumuló para Isla negra. «No lo tiro, me sabe mal», reconoce Montserrat, que destaca que una novela se acaba en dos momentos: al acabar de escribir la última escena y al acabar con las revisiones. El primero, en Mala mar lo zanjó haciéndole un guiño a Isla negra. El segundo no ha llegado. Ni para la novela que saldrá a la venta en apenas cuatro días ni para la que publicó el verano pasado: «Si me das un ejemplar de Isla negra y un boli rojo no lo destrozaría, pero lo dejaría herido».

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