Oblicuidad

Josep Lluís Sureda me debe una copa de cava

«A esta hora tomo cada día una copa de cava».

«A esta hora tomo cada día una copa de cava». / Enrique Calvo

Matías Vallés

Matías Vallés

Josep Lluís Sureda Carrión, fundador del PSC con Joan Raventós y votante socialista, tiene cien años. A mediodía en su casa de Son Armadams el pasado febrero, me enuncia una rutina insoslayable:

-A esta hora tomo cada día una copa de cava, ¿quiere acompañarme en el brindis?

La comunión es simbólica, porque «soy catalanista y mallorquinista». Jugó un papel clave en la España de la transición, más artífice que testigo. No solo pero también porque «fui yo el que diríamos que propuso a Tarradellas que viniera a España». El rescate extralegal de la Generalitat fue clave para legitimar a Adolfo Suárez y «hombre, mucho del trabajo lo hice yo».

Ni siquiera es el segmento más importante de su biografía. La eminencia de Sureda fue detectada por el mejor cazatalentos español, Juan March Ordinas, «un mallorquín de pura cepa, con un sentimiento de la tierra muy profundo». Aquel joven profesor se embarcó en el caso legendario de la Barcelona Traction, pero a su muerte esta semana resulta más importante destacar que el abogado y economista es una persona que te implanta su vida, un conductor de hombres en el sentido más noble del término pedagógico.

Sureda ganó la cátedra de Economía de la Universidad de Barcelona con el número uno de España a los treinta años, pero sería más exacto decir que fue catedrático de nacimiento. No fabricaba economistas, creó a los líderes del futuro, véase su amigo Narcís Serra. Mallorca se permite los lujos más inesperados, como prescindir de este palmesano de Artà que de tacón aceleró la creación de la Universitat balear.

Felipe González deposito su confianza económica ciega en dos mallorquines a la edad de jubilación. El primero fue Feliciano Fuster, que exige un abordaje biográfico a su altura. Si el mapa energético quedaba en manos del presidente de Gesa, la ordenación financiera reposaba en Sureda. La Santísima Trinidad del Banco de España contaba con la presidencia decorativa de Mariano Rubio, que firmaba los billetes. A su derecha se sentaba el imponente y diabético Enrique Fuentes Quintana. A su izquierda, el catedrático mallorquín ahora fallecido, que remataba así su papel clave en el irrepetible milagro español.

Quienes hemos conocido a Fuster, Fuentes y Sureda, entendemos el concepto de los personajes que arraigan en la memoria. Estaban dotados de la capacidad de análisis irónico suficiente para concluir como el catedrático de Economía que «la ley de amnistía es una forma de superar aquellas batallas de Rajoy». Dos semanas después de conocer a Sureda, pude entrevistar a su colega Antoni Serra Ramoneda, que le sucedió en la presidencia de la Caixa Catalunya:

-¿Cómo definiría usted a Sureda Carrión, un gran desconocido incluso en Mallorca?

-Es un hombre muy inteligente, muy reflexivo y demasiado buena persona.

Me despedí de Sureda con la necesidad del reencuentro. «Profesor, el año próximo volveré a entrevistarle con motivo de su 101 cumpleaños, capicúa». Sonrió, y esa sonrisa me pertenece, pero me debe una copa de cava.

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