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Diario de Mallorca

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Ramon Farran: «Mi sangre es negra»

«Miles Davis me veía así, negro, y así me lo hizo saber. Siempre lo hablábamos con Tete Montoliu, sentíamos esa fuerza africana» u «Sinatra me pareció un poco distante pero muy amable»

Ramon Farran, en las escaleras de la casa en la que se ha instalado en Sóller. GUILLEM BOSCH

De una sierra, la madrileña, a otra, la Tramuntana; de Valdemanco a Sóller. ¿Por qué ha decidido volver a Mallorca?

Porque para mí es importante estar cerca de mi familia, de mis raíces. En Mallorca hice el servicio militar, me casé, viví muchos años… Sentía que tenía que volver a mi casa… y aquí estoy, desde el pasado mes de octubre.

¿Cuándo descubrió esta isla?

Con 16 años, un día que fui a tocar al hotel Formentor. El nuevo director, de la familia Buades, vino a Barcelona a buscar un grupo de música porque ese año estrenaban El club de los poetas, un espacio que estaba a cinco minutos andando del hotel. Acababa de llegar de Estados Unidos y monté el mejor grupo que podía hacer: Ricardo Roda al saxo, Tete Montoliu al piano, su mujer Pilar Morales como cantante, un contrabajista y yo a la batería. El día en que estrenamos ese local en Formentor me enamoré de Mallorca, una isla que ya conocía, porque antes ya había venido a tocar con mi padre, que tenía una gran orquesta. Ese día decidí quedarme a vivir aquí.

El edificio en el que se ha instalado, Can Farran, en el centro de Sóller, será escenario de futuros conciertos, íntimos, de pequeño formato.

La vida es complicada y cuando trabajas con administraciones, todavía más. Con la edad que tengo me merezco hacer lo que quiera, así que haré esos conciertos en mi casa, para mis amigos, unos conciertos de petit comité. La música, en las distancias cortas, se saborea mejor, y aun más con una buena copa de vino o un buen champán.

Veo que la partitura colocada sobre su piano es la de una pieza titulada ‘Dreams’. ¿Con qué sueña Ramon Farran?

Con tener cerca a mis nietos, a mis hijas. De momento soy muy feliz aquí. He encontrado la casa que quería, grande, con las puertas abiertas para mis amigos.

Desde sus ventanas se ve la Serra d’Alfàbia. ¿La naturaleza le potencia el ingenio?

Sí. Nosotros somos naturaleza, vulnerables como una flor, como un naranjo o un olivo. A la naturaleza hay que respetarla y amarla, y yo la quiero mucho.

¿Los mallorquines respetamos la naturaleza?

Cuando compré esta casa, que pertenecía a una familia importante, de esas que en su día se fueron a Francia en busca de fortuna, y que la hicieron, una señora me dijo: «No sabe lo contenta que estoy de que no sea alemán». Creo que Mallorca está demasiado poblada, y hay que ir con cuidado con esto, porque llegará un momento en el que no habrá mallorquines, porque ya no podrán vivir aquí.

La pandemia nos descubrió muchas cosas, en su caso, nuevos territorios sonoros.

Viviendo en el centro de Madrid me preocupé mucho, al ver que la gente no respetaba nada, que no se creían que esto de la pandemia era importante. Era un horror. La gente moría porque no iban protegidos. Así que yo me escondí en mi casa. Cuando me dejaron, porque uno no se podía mover de Madrid, me escapé a la montaña, en busca de más espacio, paz y seguridad. Allí continué con un trabajo que había empezado en Madrid, y cuando me di cuenta esas composiciones habían cambiado, respecto al principio. Se veía en ellas la naturaleza, su belleza, el agradecimiento que le tengo.

El resultado de este trabajo se podrá escuchar este sábado, a partir de las 21.00 horas, en el Auditori d’Alcúdia. ¿Qué es ‘Electrolive’?

Es un experimento, como todos los que he hecho en mi vida. Siempre he sido muy precursor con la tecnología. Cuando a finales de los 60 llegaron a España nuevos instrumentos electrónicos me llamaban para que los probara. Siempre me han interesado las cosas nuevas. Cuando salieron los sintetizadores hubo músicos que dijeron que esos instrumentos iban contra ellos, que les quitarían el trabajo. Yo siempre lo negaba, porque si tu dominas el instrumento siempre te impondrás. Y así ha sucedido, han surgido nuevos sonidos, nuevas fórmulas, como el programa de grabación musical Ableton, con el que no dejo de experimentar. El de Alcúdia será un concierto de música sensorial, íntima, expresiva. Es una música que induce a la relajación, algo importante en los tiempos que vivimos, marcados por el estrés, por las ganas de llegar antes. Creo que puede ser un concierto muy positivo para el cuerpo humano.

Ramon Farran prepara estos días el concierto que ofrece este sábado en Alcúdia. | GUILLEM BOSCH

¿Experimentar es sinónimo de jugar?

Sí, porque sino existe el placer de jugar no disfrutas del experimento. Yo juego, con mucho respeto y honestidad, con las posibilidades que me puede ofrecer la máquina, y con las posibilidades que puedo aportar.

¿Qué músicos le acompañarán?

En este primer concierto me acompañarán Ableton y un piano. También un muy buen músico, de Sóller, Tomeu ‘Piu’ Marroig, quien me ayudará a organizar el programa musical.

El jazz fue su primer amor. ¿Cómo fue ese flechazo?

No fue un flechazo, es algo que nació en mí, ya desde mi primer día, y que empecé a propagar en cuanto conocí a Tete Montoliu. Nos conocimos en el Conservatorio de Barcelona, en los váteres. Por cierto, decían que era muy mal pianista y que no estudiaba, ya sabes, esos comentarios que por regla general son fruto de la envidia. Cuando le conocí me acerqué a él y le dije: «¿Tú eres el estudiante tan malo de aquí?» «Sí, sí, yo soy el malo de aquí», me contestó. «Me iré pronto», añadió. A partir de aquel momento, cuando nos juntamos en su casa, fuimos como hermanos. Escuchando una emisora de radio americana de Tánger, un programa diario, se nos ocurrió que necesitábamos repertorio para tocar jazz. Era la época en la que empezó el bebop y yo escribía lo que escuchábamos. Así armamos un gran repertorio que después pasamos a los músicos que estaban interesados en el jazz. Así empezó el bebop en Barcelona, para luego expandirse por el resto de España. A Tete siempre le decía: «No sabes la suerte que tienes de ser ciego, porque vas a ser el pianista español más internacional que ha tenido este país». Él se reía pero así fue. Fue y sigue siendo un maestro.

¿Qué buscaba y qué busca en el jazz?

Siempre me he interesado por las cosas nuevas, por aprender, por tocar con músicos importantes, por buscar profesores, por tener una Orquesta Nacional de Jazz, algo que pedí durante años en el Ministerio de Cultura y que creo que se constituyó por ser pesado y no dejar de insistir. Para mí el jazz es una religión, un lenguaje muy directo y muy creativo, porque creas in situ. La creación, crear, andar hacia adelante, es lo más importante para el ser humano.

¿Qué echa en falta en la actual escena?

Por desgracia la música está cambiando mucho en el mundo, está entrando una música mucho más light, con muy poca consistencia, exceptuando el jazz. El jazz es una música que llega a las personas porque es mucho más auténtica y tiene más profundidad, con una idea más de dar que de quitar. La música de hoy en día es muy efímera, un negocio de las multinacionales. España, además, carece de cultura para apoyar la música, el lenguaje universal per se, un lenguaje que te entra por el cuerpo, por los poros, no solo por los oídos.

En su extensa y brillante lista de colaboraciones figuran grandes nombres, como el de Sinatra.

Le conocí con motivo de una actuación privada en España, en la década de los 60. Me pareció un poco distante pero muy amable y respetuoso, y también muy simpático a la hora de trabajar. Era muy inteligente y sabía lo que quería. Me habían pedido una orquesta, con sus arreglos, pero yo sabía que no teníamos lo que él quería, lo necesario para su swing. En los ensayos él no dijo nada pero antes del concierto me dijo: «Ramon, vamos a tocar piano [él llevaba el suyo], contrabajo y tú, nada más. Haremos un buen espectáculo, a trío». Lo entendí perfectamente.

Otro grande con el que tocó fue Miles Davis.

Miles era un poco inseguro aunque le sobraban recursos mentales. En la época en la que le conocí yo tocaba en Londres, en el Ronnie Scott’s Jazz Club, con Ronnie, otro músico muy inteligente. Miles vino por un festival a Londres, bastantes días de su actuación, y estando en el Ronnie’s se unió a nuestro grupo. Yo tenía un estilo muy personal de tocar, por mi sangre latina, y eso a los americanos les resultaba un poco extraño. «O blanco o negro», que se dice. Y yo tenía la progresión de colores. Un día, tomando café, durante un descanso, observé que no dejaba de dibujar en una servilleta mientras hablábamos de música. Al final me lo mostró: me había dibujado de color negro, él me veía así. Eso siempre lo había hablado con Tete Montoliu, de pequeño: «Tenemos la sangre negra», le decía yo, porque sentíamos este olor, esta fuerza africana. La teníamos y la sigo teniendo, mi sangre es negra, sin duda.

Como director de orquesta trabajó con la Caballé, Serrat, Julio Iglesias, la Pantoja… ¿Lo haría para Rosalía?

Su música no me seduce en absoluto. Aparte de esto creo que ella no necesita ningún trabajo porque todo se lo dan hecho: una copia de aquí, otra de allá, un poco de cadera, otro de muslo, tal y cual. Eso es marketing, un producto, no es música, se envuelve con música. Yo quiero hablar de música en esta entrevista.

Pues viajemos al pasado, hasta su propio club de jazz, que lo abrió en Palma, el desaparecido Índigo. ¿Qué le llevó a meterse en esa aventura?

La pasión por dar a conocer este lenguaje. La libertad de trabajar con las ideas, de exponerlas sin miedo a equivocarte, siempre me ha interesado. Siempre he querido difundir este lenguaje, y así creé el Índigo Jazz Club, que fue todo un éxito. Gracias a eso pude invitar a músicos muy importantes, algunos amigos, otros no, y los mallorquines tuvieron así el privilegio de escucharlos. Fue una época maravillosa.

Recuerde a los jóvenes la atmósfera que se respiraba en aquel club.

Era un ambiente muy relajado e intenso al mismo tiempo. Cada actuación era diferente, y todo era muy atrevido, porque no sabías cómo respondería la gente.

No puedo hablar con Ramon Farran sin preguntarle por Robert Graves. Siendo usted una persona siempre interesada en aprender debió encontrar en él un auténtico filón.

Aprendí muchísimas cosas, tantas que daría para otra entrevista, muy larga. Me lo presentó, bajando a la cala de Deià, un amigo mío: Pedro Pizá. Dimos con él en la carretera, Robert venía mojado, de nadar, de hacer su baño diario. «Este es el famoso poeta», dijo Pedro al encontrarnos con él. «Y él es músico», añadió. «Un músico de verdad, ven a tomar té conmigo hoy a las cuatro. Adiós», pronunció Robert. Así lo hice. Congeniamos muy bien, nos vimos varias veces y un día conocí a su hija, sin saber yo que lo era. Toda mi vida ha sido una causalidad. Así estaba previsto.

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