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Reencuentro mágico con Antònia Font en València

Pau Debon, el cantante de Antònia Font en el concierto del sábado en València María Carbonell

Antònia Font los reunió un sueño después de ocho años de separación. El guitarrista y compositor de los temas del grupo, Joan Miquel Oliver, soñó que volvían a tocar juntos, descolgó el teléfono y convirtió, con ese acto decisivo, la fantasía en realidad. La consecuencia más inmediata vino en forma de disco, Un minut estroboscópica, y de una gira con pocas fechas, pero en lugares muy escogidos, como los jardines de Viveros la noche del sábado. A más largo plazo consiguieron hacer felices, que se dice pronto, a miles de fans que ahora pueden disfrutar de las canciones nuevas de los mallorquines y del placer de volver a verlos, quién sabe si por última vez.

No todos tenemos el valor de coger el teléfono y juntar a la banda. En su lugar, los cobardicas nos aferramos a la facultad de soñar despiertos y a la música pop, que nos proporciona el ambiente perfecto para nuestras conversaciones imaginarias con aquellos de los que nos hemos apartado. El sueño tuvo efecto dominó y propició, a su vez, otros reencuentros en el ámbito privado y sentimental de los asistentes al concierto. Planeados, fortuitos, extraños por inesperados, placenteros, dolorosos, satisfactorios. En unas ocasiones, volverse a encontrar no es sino el enésimo acto de prolongación de una agonía infinitamente postergada. En otras, el cariño disipa los vapores tóxicos de los malentendidos enquistados durante años o de las opciones vitales equivocadas. Es entonces cuando aparece esa magia con la que se trata a los viejos amigos, las lágrimas, las sonrisas radiantes, los “estás igual” o los “es como si no nos hubiéramos visto desde enero y en realidad han pasado 20 años”.

Fans de Antònia Font en el concierto de Antònia Font en València. María Carbonell

En una velada repleta de emociones, a vuelco cardíaco por canción, y en medio de un buen rollo maravilloso, Antònia Font desplegaron su música, sinuosa como la carreteruja que baja a sa Calobra, brillante como el Mediterráno al amanecer, oscura como una croqueta de pulpo, sencillamente bella pero a la vez sobrenatural como una puesta de sol en sa Foradada, intensa como el sabor de l’arròs brut, agridulce como el último beso en Caló des Moro y potente como un trago de manto negre. Mallorca pura.

Antònia Font en el concierto de València. María Carbonell

Durante casi dos horas y media, el quinteto desplegó su conmovedor arte desde un escenario repleto de luces espaciales y antenas parabólicas, apoyados por unas alucinantes proyecciones, en una extraordinaria comunión con los cuarentones que, por obra y gracia de canciones como Vitamina sol y Armando Rampas volvieron a tener 25 años. Se sucedían las melodías incontestables e imperecederas en un clima de felicidad absoluta, tan sincera y visceral como un plato de frit mallorquí. En Cartes de Ramiro y Daixona de pols se esmeraron en demostrar su inapelable calidad musical. El recital iba llegando a su fin, pero la magia no desaparecía. La reacción a Alegria, Bamboo o a Una daixona de pols dejó claro que estos tipos no saben la responsabilidad que han adquirido volviendo a la carretera. La nostalgia planeaba dulce por la explanada al son de Batiscafo katiuskas mientras los asistentes la intentaban atrapar alzando las manos en un subidón emotivamente generacional. El reencuentro se completó con el festivo bombo a negras de la soberbia Wa yeah!, con esa joya inmortal titulada Calgary 88 y con Viure sense tu, la canción que los metió en nuestras vidas, que en noches como esta son un teatro llamado Felicidad.

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