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MÚSICA CRÍTICA

Orquestra Simfònica de Balears: Faltó la propina

Orquestra Simfònica de Balears ★★★★

  • Castillo de Bellver
  • Obras de Brahms y Mozart. Director: Pablo Mielgo. Músicos: Pinchas Zukerman (violín), Amanda Forsyth (violonchelo).

Si de una velada musical el único “pero” que podemos poner es que no se ofreció ninguna obra fuera de repertorio, a modo de propina, es que toda ella se movió por cauces de calidad extrema. Y así fue en la sesión que, el pasado jueves, inauguró en el castillo de Bellver las propuestas de verano de la Simfònica, dos años después del último concierto en ese histórico recinto.

Por la puerta grande nuestra formación musical de referencia se encontró con su público estival, que, globalmente, no es el mismo que le sigue y aplaude durante la temporada de abono. Claro que algunos repetimos, faltaría más, pero hay que decir que el público que va a Bellver, no es el mismo que semana tras semana, de octubre a mayo, va al Auditòrium. De forma general, repito.

Para abrir ese nuevo paréntesis de normalidad controlada (o cerrar el de la anormalidad pandémica) Mielgo y sus maestros optaron por invitar a uno de los grandes del violín contemporáneo, nada menos que a Pinchas Zukerman, que, a sus casi setenta y cuatro años, conserva ese frescor característico que hace que su sonido sea reconocible por elegante y lleno de matices. Zukerman es de esos solistas que crean escuela y afición, pues a su alrededor se congregan jóvenes seguidores y masas entusiastas que quieren escuchar como pasa de la dulzura de esa enorme e inspirada melodía casi cantábile del segundo movimiento del Doble de Brahms al éxtasis sonoro del último tiempo del mismo concierto. Todo delicioso, sin rupturas, sin estridencias, como si fuera lo más natural del mundo. Y siempre en diálogo con otro instrumento, el violonchelo.

Zukerman y su esposa, Amanda Forsyth, ofrecieron una muy buena versión de esa partitura brahmasiana, utilizando para ello dos instrumentos históricos, un Guarnerius de 1742 (él) y un Testore de 1699 (ella). Como pareja musical que forman desde hace años, los dos solistas se complementaron a la perfección, llevando al extremo un entendimiento musical digno de mención. Al unísono o en diálogo, en su versión del Doble de Brahms, los dos instrumentos buscaron y encontraron muchos puntos de conexión. Deliciosos todos. Sorprendió el uso de partitura en una obra que seguramente han tocado repetidamente, al menos él, pues, al tener una trayectoria más extensa y consolidada, sin duda está más versado en esos quehaceres solísticos. Y es que Zukerman es mucho Zukerman, en solitario o en compañía.

Una primera parte muy interesante, eso sí, sin propina, a pesar de los numerosos aplausos del público que llenaba el patio de armas.

Y en la segundo, otra joya de la historia del sinfonismo, la Júpiter. Y aquí, la Simfònica, siguió los mismos caminos de calidad que se habían iniciado en la primera parte, pues su lectura de Mozart, aunque un poco titubeante en el primer movimiento, fue del todo interesante, con un segundo tiempo elegante, comedido y con un final digno de las grandes versiones.

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