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Diario de Mallorca

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Premio Nacional de Arquitectura 2021
Entrevista

Carme Pinós: «Mi casita en la Serra es un lugar que añoro. Cuando no estoy, sueño con volver»

«Si me llaman para ver qué se puede hacer con Magaluf, yo feliz. Me gustan los retos, me motiva lo problemático»

Carme Pinós tras recibir la noticia de que había obtenido el Premio Nacional de Arquitectura 2021. | ÁNGEL GARCÍA

La arquitecta catalana recibirá mañana el máximo galardón que se otorga en su profesión durante una ceremonia que se celebrará en la Llotja de Palma. El jurado se lo concedió en diciembre del año pasado y destacó sobre todo «la solidez de su trayectoria, siendo a la vez prolífica y de excelencia, impregnada siempre por una gran potencia creadora».

¿Ha sido elección suya que le entreguen el premio en la Llotja?

Me sugirieron hacerlo en la isla y, como tengo tantos amigos y la quiero tanto, les respondí que sí. Y qué mejor lugar que el edificio gótico civil de la Llotja. Cuadraba todo perfectamente.

¿Es una reconciliación con la ciudad que derribó su Parc de les Estacions?

Hace mucho tiempo que me reconcilié con Palma. Estoy muy feliz en Mallorca y me escapo aquí siempre que puedo.

La fotografía de la invitación es la ampliación de Son Brull, exponente de la arquitectura integrada en el paisaje. ¿Volvió con este proyecto a sus orígenes en la finca agrícola familiar?

Mi relación con el territorio y el paisaje tiene mucho que ver con mi infancia allí, donde están mis recuerdos más gratos. Y mi arquitectura siempre se ha hecho eco de esa relación tan sentida. En Son Brull se nota y también que estoy muy familiarizada con los muros de la pedra en sec de la Serra de Tramuntana. Todo mi concepto del paisaje de esa zona lo pude plasmar en el proyecto.

El último en la isla fue uno en Calvià. «Me ha tocado conocer Magaluf. Todo eso es muy duro», dijo en 2018. ¿Cómo se arregla arquitectónicamente?

Aquel proyecto al final no salió y no era exactamente en Magaluf, sino en Palmanova, pero cuando actúo en un lugar, quiero conocer el entorno y su contexto, no solo geográficamente, sino en todos sus aspectos. Visité Magaluf, y además en invierno, que estaba desierto. Era duro, duro.

¿No tiene arreglo?

Siempre es posible. Las cosas pueden ir a mejor con cuidado. No he estudiado el caso, aunque está claro que el espacio público es esencial y hay que fomentar el pequeño comercio, controlando que realmente se dedique a crear actividad durante todo el año y no solo para el turismo. Este es un proceso político, que requiere una gran estrategia acompañada con buenas ideas arquitectónicas y urbanísticas. Es un trabajo en equipo, no solo arquitectónico. 

«Siempre reivindico el sentido común y la covid lo ha puesto de manifiesto, pero en arquitectura no siempre se cumple». | ÁNGEL GARCÍA

¿Qué le aporta su «casita en Mallorca», como así la llama?

Porque es muy pequeñita. Es maravillosa. Estoy en un área muy protegida, tengo la puesta de sol justo delante y unos vecinos fantásticos, me relaciono con el pueblo y me siento muy acogida. Es un lugar que siempre añoro. Cuando no estoy, ya sueño con volver. Después de la ceremonia, iré corriendo hacia allá.

¿Dónde le gustaría intervenir en la isla como arquitecta?

Cualquier proyecto para mí es un reto. Me gustan los retos y, cuanto más difíciles, mejor. No diré «me gustaría trabajar en un paisaje muy bonito», porque es preferible que se quede tal cual. Me motivo más con lo contrario, lo problemático, debido a que da sentido a mi profesión. A mí si me llaman para pensar y ver qué se puede hacer con Magaluf, allá que me voy, yo feliz. Es cuando me siento útil como arquitecta.

Tal vez toman nota.

Ojalá, porque creo que esta es la función del arquitecto. Nuestro trabajo es dar dignidad a la gente en el ámbito donde se socializa, por eso es tan importante para mí el espacio público.

También intervino en el hotel Formentor, del que ahora solo queda la fachada. ¿Cuándo hay que demoler y cuándo no?

Lo revisé con ingenieros hace mucho tiempo y gran parte de la estructura se tenía que derribar, porque no aguantaba, ya que se fueron haciendo ampliaciones y estaban mal hechas. Cosas así eran habituales en Mallorca, una arquitectura levantada durante el boom constructivo que apenas tenía cimientos. Se creció sin control y por eso en ocasiones es necesario demoler para mejorar. Cuando la arquitectura es buena, por supuesto que no. Hay que ir con mucho cuidado y respetarla al máximo en una reforma. Pero si es mala, hay que confiar en los arquitectos actuales, porque no solo los antiguos lo hacían bien. Nosotros, aunque no lo hagamos, tenemos capacidad de hacerlo.

Ser arquitecta le «fascina». ¿Qué es lo mejor?

La responsabilidad. Puede que suene contradictorio, aunque a mí me da mucho coraje. Es una gran motivación asumir que tu trabajo es para intentar mejorar la sociedad, lo que supone una gran responsabilidad, porque de alguna manera es formar parte del mundo. Muchas veces digo que este trabajo puede ser un acto de generosidad debido a que construimos el ámbito donde se socializa, es decir, ayudamos a que la sociedad se desarrolle y eso es muy emocionante para mí. Lo mejor de la arquitectura.

«Lo peor de la arquitectura es que hay demasiados intereses que nos pinchan por todo»

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«Escuchar y cuidar son cualidades que las mujeres hemos desarrollado y son básicas en este oficio»

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¿Y lo peor?

Resumiéndolo, que tenemos que manejar mucho dinero y por eso soportamos mucha presión. Hay demasiados intereses que pinchan por todas partes y debes lidiar con ello. Los constructores quieren ganar dinero, el mercado presiona y es especulativo, pero el arquitecto no tiene que olvidar su responsabilidad respecto a la sociedad.

¿Las nuevas generaciones de arquitectos van por ese camino?

Hace ya cuatro años que no doy clases, aunque en los últimos tiempos las universidades están enfocándose hacia la creación de empleados, más que arquitectos que asumen su responsabilidad. Los preparan para manejar los programas que después usarán en los despachos de empresas, por la presión del mercado hacia la arquitectura. Sin embargo, un creativo no puede ser eso. En este tipo de empresas, la arquitectura es estándar, aunque la vendan como espectáculo. Pese a que hay grandes talentos, no se pueden desarrollar creativamente y no les dan la oportunidad de asumir responsabilidades. 

Rafael Moneo fue su profesor y les enseñó a ser arquitecto con mayúsculas. ¿Qué es?

Eso precisamente, asumir la responsabilidad, el deber de los arquitectos con la sociedad, ser conscientes de las repercusiones que tienen nuestros actos. Nos enseñó sobre todo a respetar el contexto, algo que parece que no se enseña mucho hoy en día.

Como profesora, ¿en qué les incidió para que no yerren?

La última vez que di clases fue en Berkeley y puse un ejercicio a los alumnos que duró un curso y sirve para ejemplificar qué es ser arquitecto. Tenían que crear un campo de refugiados en Puerto Rico tras el desastre climático que dejó sin casa a buena parte de la población [ocurrió en 2017]. Era para casi 2.000 personas o algo menos y con el proyecto tenían que entender la cultura del país donde iban a intervenir, conocer cómo eran las comunidades de las que formaban parte y que se habían quedado destrozadas; además de atender las cuestiones climáticas, la topografía y, como era una solución provisional, no se podían llevar a cabo grandes movimientos de tierra para no dejar heridas. Por último, había que decidir cómo construir el nuevo pueblo para ayudar a crear una nueva comunidad y poder devolverles la dignidad. Con este campo de refugiados tuvieron un resumen de todo lo que se debe plantear un arquitecto, es decir, la responsabilidad social.

«Mi arquitectura siempre se hace eco de la relación que tengo desde niña con el territorio y el paisaje»

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«Nuestro trabajo es dar dignidad a la gente en el ámbito donde se socializa, el espacio público»

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La paridad en la profesión es un hecho. ¿Qué aporta la visión de la mujer a la arquitectura?

No quiere decir que tengamos cualidades femeninas, pero son cualidades que nuestro género ha desarrollado más, no sé si por la genética, la historia o lo que sea. Una es escuchar. Un arquitecto tiene que aprender a escuchar. Proyectamos y construimos una demanda que nos viene de fuera, son deseos de gente que quiere que nosotros los cumplamos, por lo que tenemos que escucharles. Otra cualidad es cuidar. Y es lo que debe hacer la arquitectura, cuidar a la gente, arropar, porque nació como refugio y nunca ha dejado de serlo. Se originó con templos en honor a los dioses, que tienen una connotación de trascendencia, de poética, pero también de protección, cuidado. Cuando se mezcla esa conciencia de trascendencia, de arte, con el factor de cuidado, es cuando la arquitectura te llama, es humana, es poética, es todo. Y digamos que los hombres suelen tender más a crear iconos, olvidándose de la idea esencial del cuidado.

Decían que el confinamiento por la covid traería una nueva arquitectura y no ha sido así.

Siempre reivindico el sentido común y la covid lo ha puesto de manifiesto: que hay que abrir las ventanas y ventilar, que las casas deben ser generosas... Pero no siempre se cumple debido a que los intereses del mercado del que hablaba son demasiado fuertes y lo único que les importa es que salgan los números positivos para ellos, a costa de saltarse la escala humana y lo que haga falta. Los números que suman para unos restan para otros.

¿Es viable una arquitectura con materiales de kilómetro cero, como se propugna?

Otra vez lo decide el mercado. Muchas veces sale más barata una piedra que viene de China que la comprada aquí al lado. La globalización tiene estas cosas. Se le ha dado demasiado poder al mercado. Antes la arquitectura estaba en simbiosis con la tierra porque se construía con la misma piedra que extraían para levantar el edificio y la integración en el paisaje era total. Con el material que viene de fuera a veces hay unos contrastes no deseados. La mayor integración se consigue con materiales del lugar, eso está claro y es lo que se intenta.

En verano, entre las charlas del Club Pollença, la fiesta de Huguet y las vacaciones, aquí se reúne la crème de la crème de la arquitectura nacional. ¿Son los invitados a su casa?

Nos reunimos sobre todo en la fiesta de Huguet. También tengo invitados, pero no soy de mucha vida social, sino que en verano me relaciono principalmente con la gente del pueblo.

¿Se retirará a los bancales de la Serra de Tramuntana?

Sí, por descontado. Es lo que estoy planeando. No sabemos nunca qué nos espera en la vida, pero esa es mi ilusión.

«Para Huguet hice un dibujo que crea dibujos y aluciné con las combinaciones»

Reivindica la construcción de maquetas en los tiempos de la tecnología. ¿Por qué? Cuando trabajas en 3D con un ordenador, en realidad es 2D, porque la imagen es plana y lo que ves es una suma de planos que te dan una idea sucesiva del volumen. En cambio, con una maqueta tienes el volumen real y una percepción mucho mayor de cómo es el edificio. Además, te ayuda a entender conceptualmente lo que estás haciendo. Trabajar con las manos es más directo, observas el volumen de una forma más elemental y el proyecto es más potente, ya que ves realmente que un plano se dobla, que los volúmenes entran en tensión, y puedes expresar todo mucho mejor. Desde luego que después lo pasamos al 3D.También diseña mobiliario. ¿Es similar a la arquitectura?Hago diseños muy sencillos y los producimos nosotros, todos basados en la idea estructural, con planos que se doblan y que resuelven programas. Sí que son parecidos. De la misma manera que pienso en arquitectura pienso en diseño.¿Y las baldosas de la firma mallorquina Huguet?Cuando Biel Huguet me pidió hacer un dibujo, le dije que lo que quería idear era un dibujo que crease otros dibujos, lograr que el usuario de la baldosa la pudiera combinar de la manera que él quisiera para formar otras creaciones. Las combinaciones que puedes llegar a conseguir son increíbles. Cuando lo metí en el ordenador, nos quedamos alucinados de lo que se puede llegar a hacer. Y ya no te digo cuando juntas varios colores. Puedes convertirlo hasta en una alfombra persa.¿Cómo es que de joven hacía patronaje?Me entusiasmaba y empecé antes de estudiar arquitectura, aunque no lo pude compaginar. Están muy relacionados. Todo es al fin y al cabo planos que se convierten en volúmenes, tanto para hacer un vestido como un edificio o cualquier otro diseño. Me acaba de llegar la prueba de un botijo que he diseñado para el Museo del Botijo y estoy muy contenta. Es muy lindo, ¡nunca había hecho un botijo!

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