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Jorge Prieto, el enfermero viral del Wanda: «Escribo por protección emocional»

El también criminólogo publica ‘Llegar a tiempo’, una selección de las historias que más le han ‘tocado’ emocionalmente durante sus guardias, muchas de ellas en Mallorca

Jorge Prieto, el enfermero viral del Wanda, presenta su nuevo libro

Jorge Prieto, el enfermero viral del Wanda, presenta su nuevo libro M. Mielniezuk

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Jorge Prieto, el enfermero viral del Wanda, presenta su nuevo libro Montse Terrasa

La agenda del enfermero y criminólogo Jorge Prieto (Madrid, 1995) es un tetris en el que encaja las guardias de ambulancia que realiza en el sector privado en Mallorca, los viajes a Ávila para impartir clases en la Escuela de Policía, sus aficiones, entre ellas la escritura, y la promoción de su segundo libro, Llegar a tiempo, editado por Península. Y parece que todo lo hace con el mismo buen humor con el que daba las explicaciones en el punto de vacunación del Wanda. Dice que escribe como protección emocional, al igual que bailar bachata.

¿Ha cambiado su vida después de que ese vídeo se hiciera viral?

La verdad es que no me ha cambiado la vida, sigo trabajando en enfermería, no me dedico a nada fuera de este mundo, ni me he hecho rico ni he cobrado nada por ninguna entrevista. Lo único que cambia es que los compañeros a veces me reconocen o voy a un domicilio y me dicen «tú ya has estado aquí» y les digo que no, pero que igual me han visto en la tele algún día. Les explicas la situación y te dicen «ah, pues tú eres el chico de las vacunas».

Es su segundo libro, el primero también era de relatos de vivencias suyas.

El otro diría que es casi infantil, muy mío, porque lo edité yo. Es similar a este, son 50 relatos y es el germen de este segundo. De la mano de Península-Planeta se hacen cosas bastante más de mayores. El primer libro lo publiqué estando en Mallorca.

"El libro está totalmente escrito en el bloc de notas del móvil

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¿Cómo escribe? ¿Lleva una especie de diario?

Sí, el libro está totalmente escrito en el bloc de notas del móvil. Termino un aviso que emocionalmente me ha tocado y, si tengo tiempo entre aviso y aviso, saco el bloc de notas. Si es un aviso de noche, pues pierdo 10 minutos en escribir. Y lo que suelo hacer, a las dos semanas, cuando tengo tiempo, es reescribir el aviso. Al mes o a los dos meses, releo lo que he escrito y hay un montón de datos que mi cerebro bloquea, porque en el segundo relato no cuento cosas que en el primero sí he contado. El relato casi definitivo muchas veces es un mix entre los dos.

Son historias muy humanas en medio de esas emergencias.

Sí, de hecho siempre utilizo la frase de Alberto Luque, el enfermero que hace el prólogo, que me parece muy real: somos personas que cuidamos de personas. Hay veces que podemos caer en el error de creernos héroes y realmente no, nos afectan las cosas exactamente igual que a otra persona. Si vemos llorar a alguien, nos entran ganas de llorar, eso es lo más humano que hay y realmente no podemos luchar contra ello. Las historias del libro son eso, historias que si no las hubiese vivido como enfermero, también me hubiesen tocado. Yo vivo miles de avisos, no están aquí todos, porque muchas veces son rutinarios y no me suponen nada. Aquí están los que me tocan la fibra.

También hay toques de atención para que la gente se tome en serio las urgencias y no vayan por nada…

Claro, tengo la parte de que me toca la fibra un paciente y es muy emotivo y bonito, y tengo la parte de me enfada una situación o un paciente. Es un relato a veces reivindicativo, porque en ese momento estoy enfadado… Doy gracias a que lo vuelvo a escribir al tiempo y rebajo ese enfado, porque, si no, quedaría un relato bastante más agresivo y no es la idea. Si con esos cuatro o cinco relatos reivindicativos la gente entiende el trabajo que nosotros hacemos y se le empieza a hacer mejor uso, fantástico.

"Yo siempre quise ser policía nacional, quise estar en la calle

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Descubrió su vocación por casualidad, por un problema de salud.

Así es, se llama neumotórax, es como que el pulmón se rompe y empieza a perder aire y la solución para eso es que te operen. Yo siempre quise ser Policía Nacional, quise estar en la calle, en el epicentro de las historias, pero desde otro lado y cuando me dicen que no puedo ser policía por haber tenido cuatro neumotórax, se me cae el mundo encima, con 19 años, estudiando Derecho y Criminología… Pues descubro el voluntariado en emergencias y me gusta y digo "esto es lo mío y voy a estudiar". Me matriculo en Enfermería y después hice el máster.

Ha estudiado más cosas

Lo que cuento en los relatos es que yo doy muchos tumbos por Bachillerato, porque me llaman como ejemplo perfecto para que nadie se agobie, que no pasa nada si en el colegio no sabes a lo que te quieres dedicar. Yo empecé en Dibujo técnico, que no me convence, pero empiezo por ahí porque mi padre es ingeniero y pensé que me tenía que gustar. Después me fui a Ciencias Sociales, se me daba muy bien Historia del Arte, pero se me daba tan bien que en un examen me preguntan por el románico y le contesto el romano… Mi madre es historiadora del arte, aparte de pianista, y me quiere matar… Y el súmum ya es que empiezo una carrera de sociales y me cambio a una de ciencias biológicas. Mis padres ya no sabían qué hacer conmigo y ahora te dicen “nunca hubiésemos dicho que acabarías enfermería porque no te pegaba nada". Y aquí estoy.

"Si no tuviese ese componente feliz con mis pacientes, no me dedicaría a esto, porque no aguantaría ni el salario ni las condiciones

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¿La precariedad laboral acaba con la vocación?

Claro, pero también es verdad que no todo es vocación. Este trabajo ¿me permite pagar las facturas y tiempo libre para hacer lo que a mí me gusta? Sí. Y soy feliz cada vez que me subo a una ambulancia o estoy en un hospital y veo a mis pacientes. Me encantaría que me pagaran más, me encantaría que el contrato fuese mejor y es lo que hay que luchar. Pero sí que es verdad que estoy feliz. Si no tuviese ese componente feliz con mis pacientes, no me dedicaría a esto, porque no aguantaría ni el salario ni las condiciones.

¿Qué le parece que mientras usted se jugaba la salud en la pandemia otros se dedicaran a cobrar comisiones con la venta de mascarillas en Madrid?

En un momento de alta demanda, de alta necesidad, siempre los ricos se hacen más ricos y los pobres, más pobres, lamentablemente es así. Donde hay tanta falta y alguien se aprovecha de eso, quien esté de acuerdo es que tampoco tiene mucho oxígeno en el cerebro. Me hubiese gustado que los políticos que tenemos se comportasen como lo hicimos el resto de la sociedad, que fuimos todos muy solidarios. Hay un momento en que la sociedad entera se une y luego tenemos a la clase política que desune.

Este segundo libro, ¿surgió a raíz de que se hiciera viral?

Sí, surge la posibilidad cuando me hago viral, me llama Planeta y me dicen que se han leído el primero y que quieren hacer algo conmigo. Yo, como escribo por protección emocional, pues tengo relatos para dar y tomar... Se los pasé e hicieron una selección de los que más les gustaron. Y a partir de ahí empezamos a trabajar, ya con la editora y la corrección de todo. Me puse en sus manos.

¿Le han llegado propuestas para hacer monólogos o alejadas de lo sanitario?

Fui una vez a La Sexta Noche, de colaborador, era la mesa de expertos y yo siempre dije que era experto en nada, porque de vacunas sé lo justo y necesario, porque yo antes me dedicaba a la enfermería de emergencias y, por gajes de esto, me pusieron a vacunar. Me llevaban más por ser un sanitario joven y seguía siendo algo dentro del ámbito sanitario. Una vez me propusieron hacer un monólogo y yo, la verdad, como me dice mi madre «tú no eres gracioso, tienes ocurrencias, pero no eres gracioso». Yo me planto delante de un público a ser gracioso y no sería capaz…

¿Dónde le pilla cuándo se hizo viral su vídeo?

Yo hice la última guardia, sale el vídeo viral, y me fui una semana de vacaciones a mi casa. Cuando volví, los compañeros me dijeron que estaba siendo una locura, que venía gente preguntando por el chico alto moreno. Entonces, cuando retomo las charlas, incluso los coordinadores deciden que no las dé porque la gente no se iba de allí esperando un nuevo show. Y no, el show era el mismo, la charla era la misma, porque no cambiaba nada. Me hacía ilusión porque venía gente que me decía «yo no me iba a vacunar, pero he visto el video y me has trasmitido calma y aquí estoy».

Es lo que defiende en su libro, un toque humano, acompañar a la gente, quitarles miedo.

Sí, estamos en un momento muy convulso, que se da el minuto y resultado de cada persona que le daba un trombo después de vacunarse. Por parte de los coordinadores se decide que hay que dar una charla, unas instrucciones, yo tengo un buen chorro de voz y no tengo vergüenza ninguna. Estudié dos años Derecho en la Complutense y participé en la escuela de debate y dije que no me importaba estar 12 horas del día ahí, dando la charla. Las primeras charlas son serias, profesionales, al más puro estilo clase magistral, con palabras muy técnicas y me doy cuenta que la gente hace cola para preguntarme exactamente lo mismo que ya he contado. Algo no cuadra, yo no sé cómo abordarlo, pero un día, producto del cansancio, de estar hasta arriba de todo, se estaba haciendo una cola innecesaria y les dije: «Vayan pasando que están haciendo un trombo como la vacuna». Y les hizo gracia, levantaron la cabeza del móvil y a partir de ahí empecé a meter pequeños toques de humor y la cola, en vez de para preguntar era para darnos las gracias. La gente se iba mucho más contenta y yo, con eso, feliz.

¿Tiene más historias en la recámara?

Sí, no sé si darían para un tercer libro o para un cambio de tercio en la escritura. Dejé de escribir cosas del trabajo y empecé con cosas personales, cuando discutía con mis padres, o cuando tenía un problema con un compañero o con un amigo, como reflexiones y eso creo que nunca lo publicaré, pero las primeras historias las escribí en Mallorca. Y ahora que he vuelto, me va a dar para escribir más, porque la isla tiene un caldo de cultivo para un montón de historias.

Le gustaría continuar con esta carrera literaria

Va a depender más de si a la gente le gusta, porque empecé a escribir para mí, pero ahora tiene un trasfondo de escribir para el resto. Yo voy a seguir escribiendo por protección emocional.

¿Cómo se repone de esos casos que le tocan más?

Lo mejor de una guardia mala es que se termina. Cuando llega la hora de salir, llego a casa, cuelgo las botas, me quito el uniforme, me pego una ducha. Si he tenido tiempo para escribir, no lo hago más. Si no, escribo lo que siento en ese momento. Estando aquí en la isla, dos compañeros del 061, un día que tuvimos una guardia muy mala, me dijeron que me cambiara y me llevaron a bailar bachata. Yo, que no tengo ritmo de nada, que parece que piso uva marcando los pasos, vi un ambiente que me gustó muchísimo, me apunté a clases en Palma y cuando tengo un día muy malo, bien me voy a bailar a un local o me pongo música en mi casa. Y eso me relaja de una manera brutal y por lo menos consigo conciliar el sueño.

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