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Diario de Mallorca

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Literatura

Miren Agur Meabe, Premio Nacional de Poesía 2021: «Soy jueza, apóstol, euskal geisha y siempre poeta»

La escritora vizcaína, la primera autora en lograr este galardón con una obra en euskera, presenta en Palma dos de sus libros capitales: ‘El código de la piel’, ayer viernes en la Llibreria Lluna, y ‘Cómo guardar ceniza en el pecho’, este sábado, a partir de las 19 horas, en Can Alcover

Miren Agur Meabe, Premio Nacional de Poesía 2021, ayer en Palma MANU MIELNIEZUK

Regresó a Palma, donde su voz ya resonó en 2016, cuando participó en el Festival de Poesia de la Mediterrània. 

Fue una experiencia inolvidable, en primer lugar por la calidad poética y también humana de las personas con las que pude compartir esa estancia. A nivel de programación también me pareció que había una variedad de actividades muy interesante, interseccional, que llegaba a distintos sectores de la población. Fue una de las experiencias más entrañables y enriquecedoras que he tenido a lo largo de mi trayectoria, y eso que he estado en muchísimos sitios. En aquel festival contacté con personas que me hicieron sentir un hermanamiento y una afinidad especial. 

Su colega Biel Mesquida quiere que repita en la presente edición del festival.

Me encantaría. Me llamó el año pasado para invitarme pero yo ya tenía las fechas comprometidas. Al ganar el Premio Nacional de Poesía se multiplicaron las invitaciones, así que con mucha pena tuve que decirle que no podía pero quedamos que este año si las fechas cuadraban yo volvería encantada. Tenemos que hablarlo. Aunque aun estamos en abril ya tengo peticiones para recitales dentro y fuera de Euskal Herria y se me complica la agenda. Me gustaría cumplir mi palabra y poder volver este año a Mallorca. Biel y todo su equipo son unos anfitriones que le hacen sentirse a una como en casa, familiar y poética.

«La poesía no cambia el mundo, pero a veces construye casas», dice en Quema de huesos. ¿La poesía puede salvarnos?

¡Buf!, esa es la eterna cuestión. Yo pienso que la poesía no puede salvar al mundo, el poeta no tiene esa capacidad, pero sí tiene la capacidad de hablar al oído, o de mirar a los ojos del lector con el que se encuentra. En ese sentido sí tenemos un pequeño papel en la partida de la utopía.

¿Qué entiende usted por utopía?

Esa actitud individual que tiende a que vivamos, a que construyamos un mundo en el que los valores humanos estén más integrados. Poco podemos hacer contra la macrorrealidad de la violencia, contra la macrorrealidad aplastante del liberalismo económico. No podemos transformar el mundo pero sí podemos hablar a las conciencias y tener un pequeño margen de irradiación ideológica. 

Mirando a los ojos del lector le pondrá rostro. ¿Conoce a su público?

Al escribir en una lengua minoritaria tengo la suerte de conocer a muchos lectores y lectoras que me han ido siguiendo desde mis inicios. Esta gente que me ha acompañado es mayoritariamente gente de mi generación pero también este grupo se ha acrecentado con la lectura de personas más jóvenes que han ido buscando, y lo digo con total humildad, una voz referencial. Al estar a punto de cumplir 60 años una ya se convierte en veterana de las letras, así que a mis lectores euskaldunes ya los tengo bastante fichados pero es verdad que en los últimos meses ha aumentado mucho mi público debido a la traducción del libro premiado [Cómo guardar ceniza en el pecho], que ya va por la cuarta edición. En 4 meses unos 3.500 lectores se han acercado a este libro. Ese es un hecho inaudito en mi vida literaria. A este nuevo lectorado ya no lo conozco tanto al ser gente que está diseminada por toda la geografía.

«Yo, que soy siempre poeta, de vez en cuando jueza, a menudo apóstol, y a veces euskal geisha». ¿Quién es Miren Agur Meabe? 

Soy un poquito esas facetas que acabas de nombrar: jueza, apóstol, euskal geisha y siempre poeta. Miren Agur Meabe tiene su yo hegemónico pero también alberga muchas proyecciones de sí misma, porque no somos solamente lo que parecemos, también somos la suma de todas esas fantasías, posibilidades y esas otras vidas que hubiéramos querido vivir y que al menos hemos imaginado. Yo soy yo pero hay muchas yos dentro de mí misma. En poesía, mi yo poético y mi yo biográfico conforman una unidad. Aunque a veces utilice alter egos o disfraces, no puedo negar que entre mi vida y mi obra hay una unidad casi del cien por cien.  

Un momento del encuentro con la poeta Miren Agur Meabe, ayer en la Llibreria Lluna MANU MIELNIEZUK

¿Por qué escribe en euskera?

Por muchas razones. La primera de ellas: porque es la lengua familiar, la lengua mis raíces, de mi pueblo. En segundo lugar, porque escribir en euskera es un compromiso con mi sociedad y mi tiempo, y escribir en euskera ayuda a avivar el aliento de la lengua más antigua de Europa, que a pesar de toda su riqueza está en un estado vulnerable en cuanto a su supervivencia. Escribir en euskera también es un acto ecológico. Muchas veces nos preocupamos de cierta planta o especie animal que está a punto de desaparecer, y no pensamos en las lenguas minoritarias. Escribir en euskera también es un acto de modernidad y renovación, en el sentido de que como creadores tenemos el reto de decir en nuestro idioma cosas que aún no se han dicho. Concretando y matizando diría que en el campo de la mujer hemos tenido que hacer un recorrido para que los temas considerados de mujeres pasasen a ocupar un lugar central en nuestro sistema literario. Escribo en euskera por amor, compromiso con mi sociedad, visión ecológica, necesidad de renovación y modernidad… 

En el principio, ¿qué le llevó hasta la escritura?

Creo que he tenido esa tendencia a expresarme por escrito desde que era niña. Me acuerdo que los primeros poemas que escribí, teniendo 10 o 11 años, eran imitaciones de Rosalía de Castro. ¡Era la única mujer que estaba en nuestros libros de texto! No había dónde mirar, no había referentes. Empecé a escribir en castellano y ya a los 16 años, cuando me matriculé por primera vez en un curso de alfabetización en euskera, me entró el deseo de expresarme en esa lengua, que era más débil, no tan oronda y tan satisfecha de sí misma como el castellano. El euskera era una lengua más famélica por el tiempo de represión que le había tocado vivir. Con esa edad me di cuenta que si quería escribir en euskera tendría dos exigencias: estudio y fidelidad. Intuitivamente, sin saber muy bien dónde iba a llegar, me adentré en ese camino. No puedo quejarme en absoluto, creo que fue un acierto. Me ha enriquecido y con mi trabajo creo que me he llegado a sentir, a pesar de todas las dificultades, mucho más feliz de lo que hubiera podido ser ejercitando otras profesiones.

¿Qué ha fallado para llegar a ese estado de vulnerabilidad del que hablaba?

En el 82 se aprobó la ley de cooficialidad del idioma y el euskera se declara también lengua cooficial para atender a la normalización en todos los ámbitos de la sociedad, y en aquel momento nos encontramos con un ánimo eufórico, con mucho optimismo e ilusión. Había mucha implicación por gran parte de los sectores sociales para hacer que esa lengua pequeña que todos amábamos tuviera mayor vuelo, pero creo que en los últimos años hemos bajado la guardia, en el sentido de que no hemos sido capaces de usar la lengua en todos los niveles en los que se nos requiere. Se estudia euskera en los centros escolares pero después se observa que los alumnos no lo utilizan para sus relaciones en la vida. Esto sucede en zonas urbanas. En los pueblos el panorama cambia totalmente. Yo soy de un pueblo costero, Lekeitio, en Vizcaya, y ahí todos los chavales lo hablan. En las ciudades es muy triste que los jóvenes sean conocedores de la lengua, al haberla estudiado, pero sean conocedores pasivos. Creo que el entorno no ayuda en absoluto, entendiendo entorno por no solo la familia, también el bombardeo audiovisual al que estamos sometidos y que precisamente no se dedica a prestigiar la cultura. Aparte del covid estamos infectados por otros virus, como el de la internáutica mal llevada que promueve valores que tienen que ver mucho con la insustancialidad y la indiferencia. Tal vez no hemos sido capaces de transmitir que tenemos una despensa idiomática riquísima y muy importante que estamos desperdiciando. Nos estamos relajando demasiado y quizá no sabemos transmitir a la juventud que ha costado mucho tener un periódico en euskera, libros de texto en euskera o un sistema literario en nuestra lengua. 

¿Esa vulnerabilidad es similar a la que pueden sufrir otras lenguas como el catalán o el gallego?

Tanto el gallego como el catalán tienen la ventaja de ser lenguas romances, y al derivar del latín la brecha de comprensión y expresión no es tan pronunciada. Aunque no sea al cien por cien, más o menos todos podemos entender lo que nos dice un catalán o un gallego que se expresa en su lengua. El euskera, en cambio, es una lengua isla que está rodeada por dos grandes idiomas, el español y el francés, y que encuentra muy pocos puentes. Nosotros estamos en una situación peor porque es una lengua más compleja. Hubo mucha represión y el retroceso ha sido tan brutal que de 3 millones de habitantes censado incluyendo el País Vasco francés solamente un millón es el que conoce la lengua y de ese millón solo unos 600.000 la emplean en la vida cotidiana. Son unos números muy débiles. A nosotros nos ha ayudado mucho el haber tenido un gobierno nacionalista, y no me refiero a siglas concretas de ningún partido. El sentimiento de amor a la patria particular y la lengua forman un matrimonio bastante bien avenido aunque tengan sus adulterios y traiciones. Raramente un gobierno no nacionalista apostaría en nuestro caso por la expansión de la lengua. 

¿En qué ha cambiado su carrera desde que ganó el Premio Nacional de Poesía en 2021?

He tenido muchas actividades públicas estos últimos meses, lo cual me ha posibilitado el contactar con gente muy interesante de muchos lugares. Pero sinceramente, no estoy para dar envidia a nadie. Como creadora necesito mi silencio, mi tiempo, para poder escuchar mi voz y poder plasmarla en el papel. Si una está en cinco ciudades distintas la misma semana raramente podrá coger el bolígrafo. Es lo que más estoy padeciendo. Desde el principio me lo he tomado como si fuera un premio no solo a mi libro [Cómo guardar ceniza en el pecho], también un reconocimiento a mi cultura y mi lengua. En este sentido estoy dando todo lo que puedo, intentando representar bien a mi pequeño país. 

El deseo y la muerte, la nostalgia y el paso del tiempo, ¿qué otros temas reconoce como recurrentes en sus reflexiones?

La memoria, la mirada al pasado, ese pasado en cuyos archivos hurgamos para entender mejor quiénes somos en el presente, sí es un tema muy importante [ocupa el primer apartado del libro, Un álbum]. Pero en Cómo guardar ceniza en el pecho hay otros temas muy relevantes como el de la genealogía femenina. En el apartado Fósforos hay toda una presencia de mujeres, 17 retratos, desde la teniente Ripley de Alien a la poeta iraní Forug Farrokhzad [también dialogan con la autora Marguerite Yourcenar, Mary Shelley, Wendy, las hermanas Brontë o la primera escritora vasca, Vicenta Moguel]. Lo que he intentado es jugar con estos personajes para abordar temas que me interesan como mujer, como pueden ser la sororidad, el parasitismo sentimental, el amor romántico tóxico, la vinculación de la mujer con la naturaleza, la sustitución del antiguo matriarcalismo, la pacificación, el valor de la pedagogía clásica… En Viaje de invierno, el tercer apartado, la parte alegórica, se cuenta un viaje que no transcurre en invierno exactamente —es un guiño a los lied de Schubert—, es un viaje por la soledad, la resiliencia, un viaje hacia la reconstrucción personal. En la cuarta parte, la más social, aparecen los temas de la gran macrorrealidad que no podemos dominar sino es ilusoriamente a través de la palabra: la guerra, las víctimas de los abusos sexuales, el cierre de fronteras, los crímenes ecológicos... Y llama a una reflexión sobre nuestro papel respecto a todas estas violencias, una reflexión sobre la conciencia. La quinta parte es la elegiaca, en la que se relata una especie de noche doble, la del desamor, derivada de una ruptura sentimental, donde aparecen la ira, el enfado, la incomprensión, la incomunicación derivada de ese abandono; y una segunda noche, la del duelo por la muerte precisamente de esta persona querida que desgraciadamente murió justo antes del confinamiento de 2020. La última parte es una parte metaliteraria, metapoética, donde planteo mi visión sobre la patología que sufrimos los creadores y me pregunto por la función de la escritura. 

Hasta los 38 años no se publicó su primer poemario importante, Azalaren Kodea. ¿Por qué le costó tanto salir a la plaza?

Por una razón estructural y también por una personal. Yo había escrito prácticamente desde niña y mi primer libro de relatos, con solo 24 años, escrito en euskera vizcaíno, se quedó perdido en aquella estructura floreciente pero todavía precaria. Nuestro tejido industrial cultural se estaba constituyendo. Desde ese primer libro al siguiente pasaron más de diez años en los que yo tuve serias dudas sobre mi valía como escritora. Esa especie de complejo procedía de no haber recibido una acogida, de no haber tenido eco. Ahí se juntaron dos cosas. Por una parte, mis dudas personales y por otra, la precariedad de aquel sistema, donde la capacidad de decisión, por ejemplo, en los núcleos editoriales estaba en manos de hombres a los que tal vez los temas que yo aportaba en este libro, El código de la piel (Azalaren kodea), eran temas que podíamos considerar ‘femeninos’ o la mirada no estaba abierta, despierta. Fue un libro bastante importante porque se explicitaba casi por primera vez el erotismo femenino con todas sus letras, aparecían partes del cuerpo como la vagina, el clítoris o fluidos corporales que hasta entonces no se habían plasmado en la poesía vasca de la pluma de una mujer. Es un libro que se sigue vendiendo. Desde la humildad diría que aportó un cambio, una apertura, desde el punto de vista de la vivencia erótica, de la plasmación del cuerpo real femenino, un cuerpo que se enfrenta a los estereotipos marcados por la sociedad de consumo; también estaba la reivindicación de la experiencia doméstica, porque en aquel momento yo era madre joven y me costaba mucho poder conciliar la vida laboral trabaja entonces en una editorial con mi vida personal y literaria. Esa revaloración de la vida doméstica que puede convertirse en una especie de habitación propia, la cocina puede serlo, también estaba latente y eso era novedoso. También estaba la búsqueda de un código alternativo, en el que nosotras habláramos desde nuestra óptica de mujer, con palabras acuñadas por nosotras mismas y no solamente por palabras heredadas de nuestro entorno, sino entroncando con la tradición de nuestras literatas orales, las que fueron capaces de relatar cuentos, construir romances y baladas. 

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