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Escritora

Lucía Lijtmaer: «A las mujeres se nos educa para pensar que el amor es lo más»

Lucía Lijtmaer, en un jardín cercano a su casa en Madrid. ALBA VIGARAY

Media naranja junto a Isa Calderon de ‘Deforme semanal’, es una de las voces más relevantes y versátiles de nuestro panorama cultural. La autora catalano-argentina residente en Madrid publica ‘Cauterio’ (Anagrama), una novela escindida en dos historias, una en la Barcelona actual y otra en la Nueva Inglaterra puritana del siglo XVII, que apuntalan el mismo relato: el de las mujeres que pelean por ser libres y felices en un mundo en el que siempre lo han tenido complicado.

¿Con cuál de las dos historias empezó todo?.

Todo empezó con dos imágenes que tenía en la cabeza: la de una mujer en una isla, enterrada, lejos de casa, y también la de un animal que se estrella contra un cristal. Dos imágenes paralelas que tenían en común la idea de aislamiento. Por otra parte, siempre me ha interesado la historia de los primeros puritanos en EE UU, y me puse a investigar. Ya conocía la historia de Anne Hutchinson, que fue una de las primeras disidentes dentro del puritanismo, pero encontré a otra menos conocida, Deborah Moody. Logró montar su propia comunidad y fundar lo que hoy se conoce como Gravesend, en Brooklyn (Nueva York). Ella realizó el primer trazado urbanístico moderno y fue considerada la mujer más peligrosa del mundo en ese momento. Cuando di con Deborah Moody me dije: «Ya lo tengo. Esta mujer es ella».

¿Y la otra?

Estaba en Barcelona, a finales de 2019, y me vino esa voz que representa a todo este cúmulo de mujeres que yo he conocido, de mi generación, que pueden contar una historia mucho más contemporánea en torno a la idea del amor. Del amor como trampa para las mujeres, que es un poco la idea del libro.

¿La caza de brujas puede servir para explicar el presente de alguna manera?

Tanto Hutchinson como Moody son anteriores a la caza de brujas de Salem. Ellas viven una persecución sobre todo política, porque en ese momento lo político y lo religioso van de la mano. Evidentemente tiene algo que ver, porque son mujeres expulsadas de sus comunidades. Pero bueno, no las matan. Al ser una novela y no un ensayo, me resulta más difícil encontrar un paralelismo con la cosa contemporánea, que sí lo tracé más en Ofendiditos. Pero me parecía interesante ver cómo entre las mujeres de esa época, las que tenían cierta libertad social eran curiosamente las parteras, las que tenían un oficio, y las que ya habían enviudado y tenían una capacidad económica. En este momento, en cambio, la caza de brujas se asocia absurdamente a una idea de puritanismo contemporáneo que es el feminista. Eso es lo que oímos en la prensa: «Vivimos una nueva era puritana que no nos deja decir nada». Es como que se ha invertido el debate.

¿Qué le interesaba del personaje real de Deborah Moody?

Explorar la idea de una utopía que el otro personaje no tiene, porque el otro personaje está destrozado. Deborah tiene un plan. Y me gustaba la idea de no quedarnos en la cosa de qué mal se pasa cuando se pasa mal. Qué arrojo subirte, como ella, a un barco, uno de esos barcos de Inglaterra hacia las colonias en los que mucha gente moría por enfermedades. Y además, me apetecía pensar que ellas construían un mundo pensado desde las mujeres. Aunque en la realidad no era así. Yo quería que Deborah fuera un personaje fuerte. Eso sí lo tenía claro. Decía: «Por favor, necesito la fuerza de la que la otra carece». Al menos al principio. Luego ya se lía la cosa [risas].

El personaje de la pareja de su protagonista contemporánea pone de manifiesto ese machismo que tanto han fustigado en el podcast: el de tantos hombres que se dicen feministas y de izquierdas. ¿Es un mal muy extendido?

Yo no puedo hablar de todos los hombres, pero todas podemos vivir situaciones difíciles de machismo, no solo en la pareja. Lo que siempre me ha interesado es la pregunta de por qué hay quien sale de un tipo de relación y por qué hay quien no sale. El cómo estamos construidas sentimentalmente, cuál es nuestra historia emocional. Y claro, la idea de la izquierda tiene que ver con que para mí sería muy fácil retratar a un tipo machista, de ultraderecha, que es una mala persona. Pero no. Se trata de hablar de los entornos que yo conozco.

En el caso de lo que sufre su protagonista, ¿hablaría de maltrato psicológico?

Ponerle una palabra a algo que yo he hecho en la ficción me resulta difícil. Lo que sí me parece claro es la espesura de ese tipo de control. ¿Sabes? Hay una cosa espesa que sucede en las relaciones sentimentales donde hay control, y que es muy difícil de definir. Supongo que sí, supongo que es maltrato psicológico. Quizá para un terapeuta esté claro. Pero como yo no lo soy, no me atrevo a ponerle nombre. Este es un trabajo literario, muy emocional. Me resulta difícil ponerle etiquetas.

Varias de las mujeres que salen en la novela se autoengañan respecto a sus relaciones amorosas para poder seguir adelante. ¿Es una constante?

A las mujeres se nos educa para pensar que el amor es lo más importante. Entonces, cómo no va a formar parte de nuestra historia, de cómo nos construimos. Y la dependencia también. Todo para nosotras puede acabar girando alrededor de eso. Las mujeres podemos quedar para diseccionar —y no es un tópico— 70 veces la misma cuestión amorosa sobre el mismo tipo. ¿Cómo pasa eso? Además, más allá de que los personajes sean o no maltratados, ellas también se maltratan mucho a sí mismas. Hay una cuestión del cuerpo muy importante. Dejar de comer, por ejemplo. La relación de las mujeres con su cuerpo es una constante...

Lo refleja también con la vejez: Deborah, cuando es más mayor, también es más libre. Ya no la desean, no la miran.

Claro. Ella se vuelve invisible, y por tanto es poderosa.

Otro tema muy presente en la novela es el de las amigas. También lo es en su vida, hasta el punto de que ha organizado su vida profesional con una de sus mejores amigas.

Igual que se enseña socialmente que el amor es lo más importante, cuando entramos en la adolescencia parece como si la amistad entre mujeres dejara de ser tan importante en pro de ser deseada. En cambio, ¿a quién acudes cuando tienes un problema, cuando algo te duele, cuando tienes que hablar de algo? Muchas veces no es a tu pareja, es a tu amiga. Y no solo me interesa la amistad femenina, también la amistad en general. De hecho, lo siguiente que voy a escribir es sobre la amistad en general, los grupos de amigos. Me parece muy importante tratar esos vínculos, que muchas veces son los más sanadores y los más importantes. Y es verdad, sí. Para mí es muy importante. Fíjate eso que decías: hasta el punto de que yo trabajo con mi mejor amiga. Cuando acabé la novela, pensé que de alguna manera freudiana yo había puesto a dos mujeres apoyándose. Algo habrá ahí.

En el libro también es muy minuciosa con la geografía: la de Barcelona y la de la Nueva Inglaterra del siglo XVII. Hay una pulsión de urbanista, ahí.

Es verdad, yo tengo un interés muy obsesivo por el urbanismo. El urbanismo define nuestra vida. Antropológicamente, económicamente... en todo. El barrio en que vivimos define nuestra vida. Hay marcas sociales constantes en los barrios de quiénes somos, de cómo somos. Las casas en las que vivimos, cómo están construidas. El tipo de avenidas, el tipo de calles, las estructuras. Pasear una ciudad es una manera de conocer muy bien dónde estás, pero también es historia viva. Las ciudades son historias vivas. Yo tuve una sección en EL PERIÓDICO en la que hablaba sobre la relación entre la música y el urbanismo. Por ejemplo, cómo las casas de dos plantas de Detroit marcaron el sonido de la ciudad, porque los pianos que se hacían para esas casas eran de determinado tamaño y tenían un precio menor que hacía que las familias negras pudieran tener un piano en casa. Eso determinó absolutamente la música que se hizo allí. Ese tipo de cosas me fascina.

En su novela convierte la rica zona alta de Barcelona en un escenario casi de terror, muy sombrío. ¿Es solo un recurso literario o realmente la ve así?

La zona alta de Barcelona es preciosa. Pero sí, me aterra. Me aterran especialmente los barrios pudientes en agosto, cuando no hay nadie porque todo el mundo se ha ido a sus segundas residencias. También el barrio de Salamanca, en Madrid. Una vez estaba en agosto en Madrid y salía de casa de un amigo que vivía por ahí, hice el tránsito caminando hasta mi casa y pensé: «¿Dónde estoy?». Era una película de terror. Siempre me hace mucha gracia que en las películas de terror sean los túneles o los barrios populares los que dan miedo, cuando realmente los barrios deshabitados son los pijos.

Como telón de fondo de la parte actual de su novela está la ola de cambio político que se vivió en España hace más de un lustro, con ese municipalismo que representa la pareja de la protagonista. ¿Qué queda de todo aquello?

En el caso específico de Barcelona, el municipalismo ha sido de los pocos optimismos políticos que aún perduran, más allá del color político de cada uno. La idea de municipalismo es una idea muy potente. Trabajar desde la ciudad. Cuando tú le cambias el trazado a una calle o le pones un semáforo, o pones luz donde no había… esa es la política que la gente nota y entiende, no la política maximalista. En ese sentido, yo creo que sí que ha habido una cierta resistencia por parte de los municipalismos. Por supuesto, no en Madrid, donde se está muy lejos de donde parecía que se iba a estar. Yo lo situé en ese momento porque me pareció interesante política y socialmente. Fíjate que hablo de Joan Clos. Barcelona venía de una etapa tan faraónica, hacia 2004 y justo antes de la crisis, de tanta bonanza económica pero también de un discurso tan, tan triunfalista, que aunque no sale específicamente en la novela me gustaba la idea de tratar la Barcelona posterior, que es la Barcelona de la crisis económica.

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