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Diario de Mallorca

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Entrevista

Nacho Vegas: "Noto que hay una prisa y una ansiedad, en general y en el oficio, y no creo que sea bueno"

El cantautor asturiano, fotografiado en Barcelona.

¿Este es un álbum que viene de lejos y que, por la pandemia, fue interceptado por la antología ‘Oro, salitre y carbón’, publicada a finales de 2020?

Tenía esbozos de canciones antes de la pandemia, y quería sacarlo antes del recopilatorio. Pero con el confinamiento tuve un poco de bloqueo creativo; no había estímulos y todo eran conversaciones sobre el coronavirus. Me fui a un pueblín, Ortigueira, en el occidente de Asturias, me quedé allí un mes y de ahí salí con más canciones. No quise hacer un disco pandémico, y tomar perspectiva con la realidad me costó un poco.

El título del disco alude más a la destrucción del orden que a la creación de una nueva realidad.

Hay que destruir las cosas para volver a construirlas. Lo que no puedes hacer es regocijarte en los momentos más difíciles. Hay una ventana abierta, que arroja luz, y se trata de lanzar una mirada verdadera a la realidad.

Ha ido lanzando ‘singles’ antes de la edición del álbum. ¿Le incomoda tener que seguir esos ‘tempos’ que marca el mercado?

Sí, aunque estamos todos reubicándonos. Pero es verdad, noto que hay una prisa por todo, y una ansiedad, en general y en el oficio, y no creo que sea bueno. Las plataformas te piden generar contenido, tener visibilidad en las redes, que todo sea novedad… Publicamos avances y videos, pero cuando ya llevas un tiempo puedes marcar tus propios ritmos. 

Este es un álbum concebido como tal.

Al final, los discos son una manera de organizarte el repertorio que tienes en la cabeza. Luego, Lou Reed decía que para él eran como álbumes de fotos de una época. Sí, sirven para eso. Me gustaría ser capaz de hacer un disco conceptual, pero nunca me sale. Me gustan los álbumes de los Kinks, o ‘Storia di un impiegato’ (1973), de Fabrizio de Andrè, que es la historia de un hombre al que echan de su trabajo y se queda pensando si poner una bomba o qué.

En ‘La flor de la manzana’ habla de la civilización como una selva.

La chispa de la canción fue unos despidos que hubo, ya en plena pandemia, en una empresa pública del puerto de Xixón. Despidieron a siete trabajadores, y cuatro se pusieron en huelga de hambre, y no les hicieron ni caso. Esas cosas que te tocan y te crean un desajuste mental. La canción habla de que, cuando las cosas se ponen feas, el hombre se pone más hostil.  "En la cultura popular todo está hecho para que lo usemos y no le tengamos miedo, siempre que sea con cierto sentido y respeto"

¿Cómo entró en contacto con la bomba puertorriqueña, el ritmo que sustenta esta canción?

Yo suelo hacer canciones en ritmos ternarios, y esta tenía uno binario, y Cristian Pallejà, que lleva el estudio Caballo Grande, en Les Corts, me dijo que podíamos meterle algo un poco latino. Me habló de Mancha ‘e Plátano, un grupo puertorriqueño afincado en Barcelona. Lo escuché y flipé. Los ritmos afrocaribeños son un mundo que desconozco, como los palos flamencos.

¿Le pasó por la cabeza la idea de apropiación cultural, utilizar un legado ajeno de un modo frívolo u oportunista?

Intento que eso no me preocupe, porque las canciones me las tomo muy en serio. Me gusta el contraste que practica Mancha é Plátano de lo sombrío y la celebración de la vida. Era fácil darle un sentido y que no fuera un acto de simple turismo musical. El concepto de apropiación cultural siempre me provoca algunos dilemas, pero en la cultura popular todo está hecho para que lo usemos y no le tengamos miedo, siempre que sea con cierto sentido y respeto.

En ‘Big crunch’, un alegre coro anuncia que “el capitalismo ha entrado en fase de implosión”. ¿Un deseo más que una constatación?

Obviamente es un deseo. La canción es casi un panfleto, pero, aun siendo política, es la más luminosa del disco. Porque no hay que identificar canción política con canción solemne o excesivamente grave. Los autores que me gustan tienen esa luz y cierto sentido del humor: Phil Ochs o Billy Bragg.

En el disco físico incluye un tema en asturiano, ‘Muerre’l branu’, que es una adaptación de ‘Summer’s end’, de John Prine.

Una canción anti-soledad. Tenía muchas ganas de trabajar con el poeta asturiano Pablo Texon y que hiciera la adaptación, que es un poco libre. Me gustan las adaptaciones en que haces la canción un poco tuya. Me ha pasado con mis propias canciones, como ‘Vinu, cantares y amor’, que hizo Anari en euskera. Las canciones, una vez las haces, ya no te pertenecen del todo. Así fue la música popular durante milenios, hasta que surgieron los derechos de autor y los celos por la autoría. "He ido aprendiendo a trabajar con mujeres. Te das cuenta de que con ellas las dinámicas de trabajo son diferentes"

Los derechos de autor corresponden a una tradición progresista, la protección de los creadores.

Yo los entiendo así, pero tienen una parte mala. Deberían servir para proteger a los autores de los agentes más depredadores de la industria musical, que son las editoriales; para mí, la parte más parasitaria, que se limita a fagocitar derechos y acumular repertorio. Todos cuando empezamos firmamos contratos leoninos, a perpetuidad, con editoriales que luego venden tus canciones. Yo tengo canciones que no sé dónde están. 

En su banda se ha incorporado por primera vez una mujer, Juliane Heinemann, como guitarrista. ¿Representa eso algún cambio en su modo de trabajar?

He ido aprendiendo a trabajar con mujeres. Cuando hice el disco con Christina (Rosenvinge) me di cuenta de hasta qué punto el mundo de la música era machista. Te das cuenta de que con ellas las dinámicas de trabajo son diferentes. Entre los hombres hay una especie de “a ver quién mea más lejos”. Nunca dejas de aprender. 

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