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Restauradoras de las heridas del valioso patrimonio artístico

Tras décadas de trabajo, el equipo de mujeres dirigido por Antònia Reig acumula por igual importantes intervenciones como anécdotas

El Taller de Restauració del Bisbat de Mallorca cumple 40 años Montse Terrasa

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El Taller de Restauració del Bisbat de Mallorca cumple 40 años Montse Terrasa

Unas llamativas figuras del conjunto de profetas y sibilas de la parroquia de Sant Nicolau dan la bienvenida al Taller de Restauració del Bisbat de Mallorca, un lugar luminoso y diáfano en la tercera planta de la Casa de la Església. Podría decirse que estas esculturas son un clásico en este espacio, porque comenzaron con su restauración en 2019 y ahí siguen, a la espera que otras dos sean restauradas, para poder ser expuestas.

Estas esculturas del s. XVIII son solo algunas de las más de 1.240 piezas que se han restaurado en el Taller, que en este 2021 cumple 40 años. Al frente está Antònia Reig, desde 1996. Con ella trabajan Francisca Jaén, Beatriz Requena, Maria Antònia Fernández y Maria Victòria Reina.

Los inicios

Este Taller se creó en 1981 por iniciativa del obispo Teodor Úbeda ante la necesidad de conservar el patrimonio artístico eclesiástico. Su primer director fue el sacerdote Miquel Garau, que se formó en restauración en Madrid. «Comenzó con un voluntariado, menos mal que comenzó así, porque en aquel momento no había talleres especialistas. Y poco a poco se fue especializando y añadiendo técnicos graduados y licenciados», comenta su directora, que llegó a este taller en 1992. Pocos años después, Reig contactó con los departamentos de Història de l’Art y el de Ciències Químiques de la UIB y se creó el Grup d’Investigació del Patrimoni Artístic Religiós.

En la actualidad, el Taller suele trabajar con historiadores locales, que puedan aportarles la máxima información sobre cada pieza a restaurar, y con un laboratorio externo para los análisis de muestras. También cuentan con la colaboración de otros expertos colaboradores y con universidades que envían a sus estudiantes a hacer prácticas. Y cuando lo necesitan, contratan mano de obra de otros talleres especializados. «Todos nos conocemos y nos ayudamos», añade Reig.

En un día cualquiera en el Taller, cada una de las restauradoras se dedica a una pieza diferente, en un ambiente silencioso, muy agradable. Tienen la suerte de trabajar en algo que les gusta mucho, aseguran, aunque no siempre es fácil, ni tan relajado como esta jornada. Dependiendo de lo que haya que restaurar, a veces es necesario desplazarse, subirse a andamios, desmontar grandes piezas. Entonces su rutina cambia, cargan bártulos y cogen coche cada día durante varios meses. A veces es cerca, otras bastante lejos, incluso puede que sea Menorca. Recientemente han restaurado el cadirat gótico de Porreres, «un mueble enorme, precioso, hecho polvo», describe Reig. Y también un conjunto de retablos barrocos en la iglesia de Sant Francesc de Paula de Campos. Bromean entre ellas diciendo que han visto hacer todas las reformas de las carreteras y que son «expertas en turismo rural».

Las cinco mujeres llevan trabajando juntas más de 20 años. Fueron las primeras que restauraron un retablo en la Catedral de Mallorca, el de Sant Jeroni, en el año 2000. «Los que montaban el andamio iban quitando telarañas de 400 años», recuerda Jaén.

Todo este tiempo en el Taller da para muchas anécdotas y situaciones divertidas, como cuando acuden a la Clínica Rotger para que hagan una radiografía a una figura, ya sea pequeña o uno de los profetas antes mencionados. Allí se plantan ellas con su escultura, en la sala de espera. «Las llevamos embaladas, más que nada para que no se caiga ningún trozo», puntualiza Reig.

Al hablar de lo menos agradable de su trabajo, recuerdan que han sido atacadas por una infestación de pulgas en Muro; también descubrieron una plaga de termitas al retirar unos ángeles de un retablo en Fornalutx y se quedaron aisladas en Lluc por una gran nevada.

Y ha habido gratas sorpresas. «A veces te encuentras tesoros», incide Maria AntòniaFernández. Uno de esos casos fue cuando detrás del Retablo de Sant Antoni de Pàdua, en la Seu, hallaron unas tablas góticas, que después se identificaron como el Retablo de Santa Úrsula. «Y también encontramos instrumentos, un compás, cosas que formaban parte de todo el instrumental que empleaban en aquel momento», destaca la directora del Taller.

En estos años también les han llegado reconocimientos, como la Medalla d’Or de la Fundació Amics del Patrimoni, en 2011, y la Medalla d’Or de la Ciutat de Palma, en 2019, poco antes de la pandemia. Cuando todo se paralizó por culpa del virus, ellas, como muchos otros, también teletrabajaron, por primera vez en su vida. Eso sí, eligieron piezas relativamente pequeñas para llevarse a sus casas.

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El Taller de Restauració del Bisbat de Mallorca cumple 40 años Guillem Bosch

Antònia Reig considera que ha habido un cambio en las instituciones y en el Obispado sobre la importancia que tiene hacer un estudio preliminar para afrontar una restauración. Desde hace unos años se está invirtiendo y presupuestando para poder tenerlos. «Los que encargan una restauración, deben saber a quién se la encargan, no lo puede hacer cualquiera. Aquí nos llegan cada día eccehomos de Borja», dice sobre esta cuestión.

Ahora, el Obispado también está impartiendo formación a los voluntarios que en las iglesias se encargan de cuidar todo este patrimonio, para garantizar la mejor conservación posible y evitar desastres. «Hace poco acabamos un retablo. Al día siguiente fui para hacer las fotos finales y ya se habían cargado toda la reintegración pictórica que habíamos hecho en una parte de la predela porque habían pasado el trapo», lamenta Reig.

Cuando se les pregunta por aquellas restauraciones que consideran más importantes, la lista parece no acabar nunca, pero por lo que significó, por la trascendencia que tuvo, Francisca Jaén no duda en mencionar en primer lugar el Crist de la Sang, en 2002, después de que fuera destrozado por un perturbado. «Fue muy intenso, a muchos niveles: mediático, emocional... Las horas que metimos allí. ¡Hicimos tanto trabajo!». Pero Reig apunta otra cuestión: «Yo creo que esta fue la que nos cambió un poco la conciencia a todos, porque fue la primera en la que hicimos estudios preliminares a fondo, hubo interés institucional, vino gente de fuera a ver si lo hacíamos bien, había una presión muy importante. Pero además fue todo un año en el que estuvimos pensando en una restauración, y fue un cambio social muy grande. Hubo ruedas de prensa, todo el mundo llamaba... La gente vio que los restauradores se dedicaban a restaurar arte, que no solo eran los de los restaurantes».

En esa lista de trabajos para recordar, destacan el Retablo Mayor gótico de la Seu, del s. XIV. «Fue súper interesante, porque la calidad, esa pureza del oro, yo eso no lo había visto nunca», se admira Jaén. «Fue clave para hacer los estudios y el trabajo interdisciplinar, todos aprendimos de aquello», resalta Reig. «Yo lo disfruté, aunque después de tres meses de subirte al andamio, estás hecha polvo, porque ya no tenemos 20 años», añade su compañera.

En el Taller conviven esculturas y cuadros en un deplorable estado con otras que ya han pasado por las manos del equipo. El 50% de las piezas les llegan a través del convenio entre el Obispado y el Consell de Mallorca y son las que tienen prioridad, porque deben restaurarse en el año en curso para el que se ha otorgado la subvención.

Sentada ante una de las grandes mesas de trabajo, Beatriz Requena está mirando con un microscopio las diferentes capas de una pieza muy repintada, que les ha traído un particular. De momento preparan el presupuesto de lo que supondrá su restauración.

Antònia Reig estima que un 95% de lo que restauran es patrimonio religioso, pero remarca que el Taller también está abierto a todo tipo de piezas, de otras instituciones y de particulares. Ejemplo de ello es que su equipo está restaurando un cuadro del Museo del Prado, propiedad de Patrimonio Nacional, instalado en el Palacio de La Almudaina; otras dos pinturas se restaurarán el próximo año. Porque si algo no les falta a estas restauradoras es patrimonio artístico que reparar.

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