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CINE CRÍTICA

feminismo de brocha gorda

Pese a las intensas escenas de batalla que intermitentemente decoran su metraje de sangre y barro y nos recuerdan la habilidad del director Ridley Scott a la hora de orquestar espectáculos de violencia llenos de nervio pero no tanto de expresividad o sentido coreográfico, El último duelo no es tanto una película de acción como un culebrón medieval excepcionalmente enrevesado y a ratos cercano al tipo de parodia que popularizó Monty Python. Su objetivo es establecer paralelismos entre el sexismo de hace siete siglos y el que combaten movimientos como MeToo, pero los nada sutiles esfuerzos que lleva a cabo con ese fin solo sirven para constatar lo obvio: que la crueldad sufrida sistemáticamente por las mujeres no es algo nuevo.

Además de frases de diálogo puestas en boca de hombres malvados como «una violación no puede causar un embarazo, lo dice la ciencia», el principal método que la película usa para dejar claro el maltrato sufrido por su protagonista femenina es esa estructura narrativa que se inspira en Rashomon y que no solo resulta redundante sino incluso contraproducente. A diferencia de lo que sucedía en la obra maestra de Kurosawa, aquí la multiplicidad de perspectivas acerca del crimen sobre el que gira toda la trama no hacen que dudemos siquiera un instante sobre lo que sucedió realmente, y en ese sentido no ayuda el desinterés de Scott en establecer verdaderas distinciones entre ellas a nivel de puesta en escena. Al final, ofrecer sucesivas variaciones del mismo relato no solo no sirve para dotar El último duelo de más hondura psicológica o más elocuencia acerca de la masculinidad más venenosa, sino que además acaba marginalizando la voz de la víctima igual que en su día lo hicieron quienes abusaron de ella.

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