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Crítica de música | Arenas movedizas

Una obra musical como el Winterreise de Franz Schubert, permite muchas interpretaciones y lecturas, cosa que la convierte todavía en más grande. No todas las grandes partituras tienen esa característica camaleónica que permite que suenen bien adaptadas a diferentes tipos de voces e instrumentos. Las canciones de Schubert, como casi todas las obras de Bach (pensemos en las Variaciones Goldberg, por ejemplo, que suenan bien en clavicémbalo y en piano), pueden ser cantadas por tesituras diferentes y, si se hace de forma apasionada, suenan igual de bien. Otra cosa es que tengamos el oído más acostumbrado a una línea concreta y nos guste más un barítono que una mezzosoprano, pero eso es cuestión de gustos, no de calidad estética.

El pasado martes tuvimos la ocasión de escuchar esas veinticuatro guindas vocales en una sesión curiosa. Doblemente curiosa. Primero porque las cantó un contratenor, con todo lo que ello representa, y luego porque se mostraron con una cierta escenificación que les dio un toque todavía más dramático, si cabe.

Xavier Sabata es uno de los grandes contratenores del momento. Su participación en producciones internacionales es constante (justo hace poco participó como el Ottone de L’incoronazione di Poppea en la Ópera de Viena). Así que tenerlo en Palma, cantando un repertorio no pensado para su tipo de voz, añade valor a la propuesta. Sabata canta muy bien y su Winterreise estuvo lleno de dramatismo enloquecido, muy schubertiano. Magnífica la dicción, el fraseo y la manera de decir esos textos un tanto enigmáticos y cíclicos, pues cuentan una historia que no empieza ni acaba en ningún punto concreto, sino que puede leerse en muchos sentidos.

Otro bravo para el pianista, un Francisco Poyato que brilló a la misma altura que el cantante y que además se implicó en la dramaturgia, recitando y silbando en uno de los pasajes de la obra.

Curiosa la manera que tiene el director de escena Rafael R. Villalobos de releer ese ciclo. Para él, ese caminante sin nombre, víctima del desamor, es un personaje enloquecido, con brotes psicóticos, incluso, que así se ríe de sí mismo como piensa en el suicidio. Una dramaturgia sobria pero efectista en la que el cantante/actor se movía sobre arenas oscuras y una iluminación elegante aportaron valor a la sesión.

Muy interesante la idea de incluir los textos a través de unas proyecciones laterales, lo que no entorpecía para nada la idea escénica.

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