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La serie del momento | ‘El juego del calamar’: una adicción planetaria

La ficción surcoreana va camino de superar a ‘Los Bridgerton’ como la más vista en la historia de Netflix. Analizamos las claves de un éxito sorpresa, cargado de sangre y crítica social

Concursantes en chándal verde, guardianes en mono rojo y sangre, en tres secuencias de la serie.

Con un título estrambótico y con mucha violencia explícita, El juego del calamar, serie creada por Hwang Dong Hyuk, se ha convertido desde su estreno el 17 de septiembre en un éxito sin precedentes que ni Netflix vio venir: es su serie más vista en casi 90 países. Ted Sarandos, codirector ejecutivo de la plataforma de streaming, hizo el anuncio hace una semana, y vaticinó que iba a superar el récord de Los Bridgerton. «Es muy probable que sea nuestro programa más exitoso de todos los tiempos», aseguró. Sin que pareciera tener nada a su favor: actores asiáticos desconocidos para el gran público, no cotizar en ninguna famosa franquicia y ni siquiera contar con la maquinaria promocional de Netflix. Aquí van las claves del éxito.

1 Juegos macabros

El argumento de El juego del calamar es tan pueril como retorcido y enigmático: un grupo de excluidos del sistema, acuciados por las deudas, acceden a participar en un juego que les puede sacar de pobres (pueden ganar hasta 45.600 millones de wones; más de 32 millones de euros). Eso, si no pierden. Solo tendrán que sobrevivir a seis pruebas inspiradas en juegos infantiles universales y de origen coreano (el propio juego del calamar se popularizó en las calles del país en los años 70). Para empezar, el de la despiadada niña robótica de mirada sádica (primera imagen icónica, primer meme), Luz verde, luz roja (vamos, el viejo escondite inglés), con el que queda inaugurada la primera gran masacre de la serie. De un plumazo caen abatidos más de la mitad de los 456 participantes. Quedan otros cinco juegos y otros ocho capítulos trepidantes. «La gente se siente atraída por la ironía de que los adultos sin esperanza arriesguen sus vidas para ganar un juego de niños», ha reflexionado en una entrevista el director.

Concursantes en chándal verde, guardianes en mono rojo y sangre, en tres secuencias de la serie.

Concursantes en chándal verde, guardianes en mono rojo y sangre, en tres secuencias de la serie.

2 Guiños reconocibles

Desde hace unos años las ficciones surcoreanas están apostando por los juegos de supervivencia. El propio creador de la serie lo explica así en una entrevista con Variety: «En mis comienzos, pasaba apuros económicos y pasaba mucho tiempo en cafeterías leyendo cómics como Battle royale. Me imaginaba cómo me sentiría si yo mismo participara en esos juegos. Pero los encontraba demasiado complejos, y por eso preferí usar juegos para niños». La idea es que se salve el más fuerte (como en Los inmortales). La misma que subyace en otra referencia tan clara y popular como la de la saga de Los juegos del hambre. Pero a diferencia de esta última, la serie no transcurre en el futuro ni es una distopía, aunque su estética sobreactuada y los gestos totalitarios recuerdan a este subgénero de la ciencia ficción. También están más que claras las referencias iconográficas a otro hit de Netflix como es La casa de papel, y sus monos rojos, o a la saga de terror de Saw, con psicópata megaloco que disfruta torturando a las víctimas. Tampoco hay que olvidar otra serie japonesa estrenada en Netflix este año, Alice in Borderland, basada en otro manga, y en la que sus protagonistas luchan por sobrevivir en un Tokio posapocalíptico.

3 Crítica social

Sin la grandilocuencia de Los juegos del hambre, en la trama de la serie subyace una feroz crítica al sistema y cómo este fabrica desheredados a destajo. Algo que también estaba presente en la biopsia social que era Parásitos, la película de Bong Joon-ho. «Quería escribir una historia que fuera una alegoría o una fábula sobre la sociedad capitalista moderna, algo que representa una competición extrema, algo así como la competencia extrema de la vida. Pero quería usar el tipo de personajes que todos conocemos en la vida real», ha explicado Hwang Dong Hyuk. Hace una década que Seong Gi-Hoon, el personaje interpretado por Lee Jung Jae, perdió el trabajo en la fábrica de automóviles donde trabajaba y ahora vive en casa de su anciana madre, a quien le roba la pensión para apostar en carreras de caballos que pierde sistemáticamente. No tiene ni para comprarle un regalo de cumpleaños a su hija, a quien no ve casi nunca, pues vive con su madre. Como él, otros desesperados se lo jugarán todo a las canicas o estirando de la cuerda. Pero además de la crítica a nuestra sociedad de consumo y a las desigualdades entre ricos y pobres, El juego del calamar es también un puñetazo a los realities, que cada vez buscan fórmulas más agresivas para enganchar a la audiencia a costa de personas dispuestas a todo.

4 Imaginería icónica

El guión dispone en cada capítulo de varios momentos con una estética icónica para difundir al por mayor en redes sociales en forma de imágenes, vídeos y memes. Por ejemplo, el chándal verde con listas blancas y con el número en la solapa y en la camiseta interior, desde el 001 del participante más anciano al 456 del protagonista, da cuenta de la igualdad entre los competidores. Así lo subraya el juez del torneo: «Todos los participantes son iguales. Les estamos dando a ustedes, personas que han sufrido un trato injusto y discriminación en el mundo exterior, una última oportunidad de ganar una competencia justa». Los guardianes (el disfraz de este Halloween) van con monos rojos que debieron sobrar de La casa de papel y han sido tuneados con cascos de esgrima con casi todos los símbolos, menos la X, de la PlayStation, de la nipona Sony Interactive Entertainment. La niña robot del primer capítulo también es carne de merchandising, así como los ataúdes con lacito rosa, la isla donde ocurren los juegos y los mensajes ocultos en las paredes de los dormitorios.

‘El juego  del calamar’: una adicción planetaria.

‘El juego del calamar’: una adicción planetaria.

5 Casquería a espuertas

El espectador que se ha graduado en La batalla de los bastardos (el noveno episodio de la sexta temporada de Juego de tronos, sí, otra serie titulada con juegos) ya no usa la misma vara de medir para las muertes, la sangre y la casquería en pantalla. Ya todo le puede parecer poco, si bien aquí, desde el primer capítulo, con su aniquiladora versión del Escondite inglés, será un no parar de escenas de violencia explícita, con disparos y auténticas carniceras en la mesa de operaciones, a las que el espectador se acaba acostumbrando y hasta insensibilizando. Eso no quita que a esos momentos espeluznantes les sucedan otros de cuidada estética visual. Como el momento trampantojo de las escaleras, de vibrantes colores como los escenarios donde se desarrollan los juegos infantiles pero mortales, los planos generales simétricos y las originales perspectivas que busca todo el rato la cámara. Todo al servicio de llevar las emociones al límite, hasta alcanzar un giro inesperado al final de cada episodio. Y así querer ver un nuevo capítulo, y luego otro, y devorar de un tirón toda la serie.

6 Personajes espejo

Otra de las virtudes de la serie es que es un relato intergeneracional, que conecta tanto con el público más mayor, el que jugaba en el recreo y en las calles a los juegos infantiles de la serie, como con gente de menos edad. Incluso la generación más joven que pueda sentir alienación y resentimiento contra el sistema empatiza con los personajes, unidos por un sentimiento de derrota, desilusión y frustración. A pesar de trabajar duro no siempre se alcanza una buena universidad, un buen trabajo o un buen sueldo. Aunque todos los personajes tienen problemas de dinero, cada uno proviene de diferentes sectores de la sociedad: el padre adicto al juego, el banquero que lo pierde todo en el mercado de valores, la desertora norcoreana que sobrevive de carterista, el desahuciado con cáncer cerebral, el poli infiltrado en pos de la verdad... Todos bastante arquetípicos.

7 La interpelación como motor

El juego del calamar propone otro divertido juego paralelo, que no es otro que el que establece Hwang Dong Hyuk con el espectador según avanza la trama y se suman los dilemas morales de los personajes, que no son pocos. ¿Hasta qué punto son libres estos para tomar decisiones en un sistema asfixiante? ¿Serías tú capaz de matar para salvar tu vida o la de tu familia? ¿Podrías traicionar a tu mejor amigo o a alguien que te acaba de ayudar? Sembrar la duda entre la audiencia es también tenerla encadenada a la pantalla esperando la respuesta. Otro de los méritos de El juego del calamar, cuya primera temporada no cierra la puerta a una segunda, aún no confirmada oficialmente por Netflix. Lo que sí ha avanzado su creador es que el parto de esa hipotética entrega tardará, pues aún no ha desarrollado ninguna continuación. Por avanzar alguna pista: comenzó a planear El juego del calamar en 2008, se puso al trabajo un año después y tardó seis meses en escribir los dos primeros capítulos, que tuvo que rehacer varias veces.

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