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El gallinero | Gomila, Broggi, De Filippo…

Antoni Gomila, durante una función de ‘Acorar’.

Vi por primera vez Acorar cuando aún no había adquirido la dimensión de clásico contemporáneo, aunque ya se intuía un éxito rotundo. Vuelvo a ella casi por la necesidad de contrastar su vigencia y salgo del Espai del Tub con la duda de si la mallorquinidad y la liturgia que destripa – y sublima - Toni Gomila sobrevive tal cual (hace unos seis años que no voy de matances) por cuánto tiempo lo hará o si todo eso importa, pero con una certeza inamovible: es una pieza redonda, moderna, exponente de un costumbrismo exquisito e inteligente hasta el punto de que llega con la misma eficacia – aunque no igual- a espectadores de perfiles diversos, incluso antagónicos. Dice Gomila que mientras haya público interesado seguirá poniéndose el mono de matar, cosa que celebramos.

Hablando de costumbrismo exquisito, en su permanente revisión de clásicos llega Oriol Broggi a Eduardo De Filippo para poner en escena una de las obras más profundas del autor. Para empezar, la versión de Filumena Marturano que se pudo ver en Manacor y el Principal de Palma apuesta por un poliglotismo – catalán, castellano, napolitano e italiano - que lejos de molestar aporta ritmo al ya de por sí movido vodevil y por dos animales escénicos como son Clara Segura y Enrico Ianniello. Bien expuestas están las distintas capas que envuelven la historia de esa suerte de madre coraje, astuta, hecha a sí misma, con un pasado complejo y una determinación a prueba de prejuicios sociales; bien modulados los clichés, al servicio de la comicidad, y quizá demasiado fiel al original ese final al que se le podría haber quitado un poco de almíbar.

Dicho esto, lástima que no se adapte más al autor de Natale in Casa Cupiello; Estudi Zero, por ejemplo, estoy seguro que lo bordaría.

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