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Entrevista
Daniel Monzón Cineasta

«España ha cambiado para bien, pero por el camino ha perdido el alma»

«En Valencia, dije que era amigo de El Porro de Barona y eso me salvó de un atraco»

Daniel Monzón, ayer, en Palma. B. Ramon

El director mallorquín estrenó ayer su adaptación de la novela de Javier Cercas, donde explora el género quinqui y revisa las historias de delincuencia que plasmaron la cara B de la Transición

Escuchándole hablar de la película, da la sensación que usted era de aquellos niños que sentía fascinación y curiosidad por los quinquis de su ciudad.

Sí, es que nos cruzábamos con ellos. En Palma, yo vivía al final de Eusebio Estada, veía la vía y el puente del tren, varios descampados. Yo vivía justo donde terminaba la ciudad. Era un chico de clase media que sentía temor pero a la vez fascinación por esas figuras llenas de carisma y de fuerza. Luego. cuando me trasladé a Valencia, me pasó lo mismo, me fui a vivir al final de la ciudad y me cruzaba con ellos. Y alguna vez me atracaron.

¿Llegó a conocer a alguno de esos chicos?

Sí. Alguno de estos chicos cuando eran adolescentes acabaron yendo a mi clase. Aparecían y desaparecían. Me acerqué a uno y entablé cierta relación con él. Recuerdo que era muy divertido e ingenioso. Un día me dijo que si tenía algún problema en el barrio de Barona dijera que era amigo de El Porro de Barona, que era su mote. Pues resulta que un día me dirigía a un cine para ver una película y atravesé un descampado para llegar y ahí me paró una pandilla que iba con navajas y palos. Dije que era amigo de El Porro de Barona y eso me salvó de un atraco. Me ofrecieron hasta cerveza y me acompañaron hasta el cine. Para ellos la amistad es algo muy importante. Es como un código interno que respetan.

La pobreza sigue estando muy presente en las ciudades. ¿Qué diferencias ve con los años setenta?

Hay algo que ha cambiado para bien. Antes había grandes poblados en las ciudades, una tasa muy elevada de analfabetismo... Ahora ya no hay esa concentración, se ha diluido. Y, por ese motivo, se ha perdido buena parte de ese espíritu de camaradería, de grupo, de autenticidad. Cuando era pequeño también veía a los quinquis más libres que nosotros. Y lo pagaron muchas veces con su propia vida.

Daniel Monzón, ayer, en Palma. | B.RAMON

¿Qué pretendía reflejar con esta película que rescata a esos personajes de la delincuencia?

La fiesta de la democracia tuvo dos caras: la de la clase media que celebraba la bonanza y la libertad, y la del otro lado de la frontera, con los pobres mirando la fiesta desde la barrera. Al final, éstos se tomaron la fiesta por su lado, y vivieron y murieron muy deprisa.

Desde su rol de director de cine, ¿cómo se acerca a ese mundo?

De una manera emocional. Evidentemente parto de la novela, pero también de mis recuerdos y de los del personaje protagonista. Toda la película se vertebra en torno a un recuerdo. Nacho recuerda ese verano en el que se enamoró de una chica y da el salto a todo ese mundo quinqui por amor. Él nunca ha vivido nada con mayor pasión que aquello. Es un recuerdo magnificado.

«La fiesta de la democracia tuvo dos caras: la de la clase media y la de los muy pobres»

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Supongo que bebe de todo el género de películas quinquis, como Deprisa, deprisa. Que de algún modo fueron nuestro neorrealismo.

Sí, totalmente. Son películas que además fueron interpretadas por los propios quinquis. Eso es algo que hoy es imposible porque están todos muertos a causa de un pico de heroína o por los tiros de la policía. Pero sí he buscado rostros nuevos y frescos en la calle para acercarme a aquel espíritu, personas que hacían una película por primera vez. He hecho esta película desde el recuerdo y la reflexión buscando también la dignificación. El filme también refleja aquello de «según donde naces, estás en uno u otro lado de la frontera».

El lenguaje quinqui no está tan lejos del empleado en el entorno del trap.

Estoy de acuerdo. Hay un puente curioso entre esa época y ésta. Detrás de lo que escuchan ahora los jóvenes, C. Tangana o Rosalía, están Los Chichos, la cultura del extrarradio, una estética. Pero es algo que va más allá de esto, son dos épocas que comparten una sensación de desesperanza e incertidumbre hacia el futuro.

Si usted vivía en Eusebio Estada, el Augusta debía ser su cine de la infancia.

Sí. Es una maravilla que ese cine siga existiendo. Iba muchísimo. Recuerdo que estuvo en cartelera El coloso en llamas y había un cartel enorme del edificio incendiándose. Lo miraba siempre fascinado.

«Hay un puente entre los años 70 y la época actual, tiene que ver con la desesperanza por el futuro»

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¿Reconoce esta ciudad, ahora muy enfocada al turismo y con serios problemas para acceder a una vivienda?

Las ciudades han cambiado. En el prólogo y el epílogo de la película se reflexiona precisamente sobre esto que comentas. El protagonista vuelve a pasar por aquellos lugares en los que vivió aquella aventura y todo ha cambiado. El espíritu que invadió aquello ha desaparecido, la ciudad se ha maquillado. Esto ha pasado en Girona [donde se rodó la película], en su barrio chino. Ahora está todo pintado de colores, todo construido, con tiendas de productos orgánicos. España ha cambiado para bien, pero en ese camino ha perdido parte del alma.

De alguna manera, las fronteras han estado presentes a lo largo de su filmografía.

Sí, incluso desde El corazón del guerrero, en ese caso entre la realidad y la ficción. Creo que tengo querencia por los personajes que están al margen de la ley, me siento muy cerca de ellos porque se atreven a hacer cosas más allá de las convenciones.

El título de la película tiene aroma de western.

Estamos describiendo una sociedad con sus propias leyes. Creo que la historia tiene ciertas conexiones con El hombre que mató a Liberty Valance, que empezaba con un prólogo y un epílogo que daba las claves de la historia, como ocurre en este caso, y te hacía ver cuánto había de verdad y de mentira en los personajes. Además, en el western, había una cierta mitificación del delincuente, como en las películas de gánsters, como en Bonnie&Clyde, que aportaba un acercamiento muy cool. La figura del outsider estaba muy romantizada, incluso en nuestros Perros callejeros.

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