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Eva Sandoval Musicóloga y periodista

«El Réquiem musical, más allá de la parte religiosa, es una obra de arte en sí mismo»

«Bernstein, con sus sesiones televisivas ‘Young People’s Concert’, es el faro en el que debemos mirar los divulgadores musicales»

La musicóloga y divulgadora musical Eva Sandoval. | PABLO ALBACETE

La Misa de Réquiem como elemento litúrgico y como forma musical, ¿qué tienen en común?

En un inicio estaban estrechamente unidos los dos conceptos, pero con el tiempo y, sobre todo en el siglo XIX, el Réquiem musical se fue desacralizando.

¿A qué época debemos remontarnos para empezar a hablar de Réquiem?

En las reuniones de los primitivos cristianos, entre los siglos I y III, ya encontramos la expresión Requiem aeternam dona eis Domine, que quiere decir «Dales, Señor, el descanso eterno», con lo cual podemos decir que la oración hacia los difuntos tiene unos dos mil años de antigüedad. Y los primeros manuscritos en los que encontramos una melodía o una música asociada a ese texto provienen del siglo X. Con lo cual hace mil años que existe el Réquiem como forma musical, una de las más longevas de la historia de la música. Y tiene su lógica, pues la muerte no ha dejado de acompañarnos. Según un cálculo bastante aproximado he podido contabilizar unos mil Réquiems musicales.

Y en esos mil años, seguro que ha habido altos y bajos, estética y cualitativamente hablando.

En efecto, el que realmente da sentido estético y musical a esa forma es el de Mozart. Con él se reconstruye la manera de componer esas misas, hasta que llegamos a Verdi, con cuyo Réquiem empieza la desacralización del género, con la salida del templo para ser interpretado en teatros y salas de conciertos. A lo largo del siglo XX eso se agudiza tremendamente y se llega a la experimentación, hasta tal punto que la voz solista o el coro pueden perder protagonismo o, como en el caso de Hans Werner Henze, que compone un Réquiem solamente instrumental, sin voz.

¿Para disfrutar o entender un réquiem debemos tener alguna disposición hacia lo religioso?

No necesariamente. Esa desacralización de la que hablaba ha convertido el Réquiem musical en una forma musical más. Podemos ser grandes melómanos que disfrutan de esas misas de Mozart u otros autores y no sentir nada de fervor religioso, siendo agnósticos o ateos. Eso se debe al poder poético de los textos que han convertido el Réquiem musical, más allá de la parte religiosa, en una obra de arte en sí mismo.

Ha señalado el de Mozart como el del inicio. ¿Y en el Barroco?

Bueno, podríamos considerar algunas obras de Bach, el Actus tragicus, por ejemplo, como Réquiems, aunque no lo son formalmente al no ajustarse al texto que le es propio. De todas maneras, en el mundo luterano, el Réquiem se concibe de otra manera. En este ciclo de conferencias y audiciones incluyo el Réquiem de Brahms, que al ser un gran lector seleccionó textos de la Biblia luterana para crear un Réquiem, que además se conoce así, como Un Réquiem alemán, enfatizando en el artículo, pues en el rito luterano de los funerales los textos cambian según la ocasión, llegando incluso al hecho de que el propio difunto puede elegir qué lecturas, salmos y plegarias quiere que haya en su funeral, cosa que no pasa en el rito católico, que es prácticamente siempre igual.

¿Para qué o quién escriben los compositores Réquiems?

Pues depende. Mozart lo escribió para alguien a quien no conocía, pues fue un encargo anónimo; Verdi inicialmente lo escribió pensando en Rossini, aunque luego cambió la dedicatoria; Brahms no lo hizo para nadie en concreto, pero sí que, en el quinto número, el central, podemos intuir que pensaba en su madre; Fauré, que era agnóstico, lo escribió como parte de sus obligaciones, ya que era organista y músico de una iglesia y lo pensó para consolar a cualquier persona, independientemente de su credo, incluso llegó a suprimir la palabra «fieles» del texto original, para así ser más universal. Dicho esto, también encontramos algunas misas de difuntos compuestas para los funerales de reyes, arzobispos o el mismo Napoleón.

¿Qué hay de verdad y de literatura en el encargo a Mozart?

La película Amadeus, que proviene de una obra de teatro que a su vez bebe de una ópera de Rimski Korsakov con texto de Puskin, ha hecho que mucha gente se acercara a la música clásica y a la obra de Mozart. Cualquier película que ayude a acercarse al mundo de la clásica me parece interesante. ¿Se imagina cuánta gente supo de la existencia de un músico llamado Salieri después de ver la película? Eso ya la justifica. Ahora bien, la idea de un envenenamiento por parte de Salieri y de que fue ese compositor quien le encargó el Réquiem es totalmente inventada.

Hablemos de la divulgación de la música clásica, un aspecto en el que usted trabaja habitualmente.

Una cosa muy importante es que las radios generalistas incluyan secciones dedicadas a eso, a difundir la clásica. Eso ayuda mucho a captar nuevos melómanos. Otra manera de hacer llegar esa música al gran público son las redes sociales. Nosotros lo comprobamos en directo cada día mientras hacemos el programa en Radio Clásica, ya que muchos nuevos oyentes nos interceptan y nos preguntan a través de Twitter o Instagram.

Su programa se llama Café Zimmerman, en referencia al local que había en Leipzig y que frecuentaba Bach. ¿Qué daría para poder asistir allí a una de esas tertulias de la época?

Cuando inventen la máquina del tiempo, elegiré poder asistir al estreno de la Cantata del café de Bach en el Zimermann, junto al autor y Telemann. Aprovecho para decir que está por estudiar lo importante que fue ese local, ya que no tenemos casi nada de información de lo que pasó en él. Como reducto intelectual fue muy trascendente para la historia de la música y de la cultura.

¿Y dónde metemos en todo eso de la divulgación a la música contemporánea?

Primero debemos cambiar la manera de escuchar, debemos hacer el clic de la escucha. Uno no puede ir a un concierto de música clásica de creación actual esperando encontrar melodías o armonías. Pero, por otra parte, esa música entrena más el oído para entender todo tipo de música. Y es que el concepto de belleza debe abandonar los cánones de siempre. Que un violín en vez de rozar las cuerdas roce la madera, ese ruido, también puede ser bello. Pero para saborearlo se necesita cambiar la manera de escuchar, de abrirse a la idea de que cualquier sonido puede ser música y, cosa muy importante, que sea en directo. La música contemporánea a través de la radio o las grabaciones pierde mucho, pues tiene mucho de visual.

¿Qué aportó Leonard Bernstein a la divulgación de la música?

Hay un antes y un después. Bernstein, con sus sesiones televisivas Young People’s Concert, es el faro en el que debemos mirar los divulgadores musicales. Es una figura inalcanzable, pues lo hacía todo él mismo: dirigía y tocaba el piano muy bien y además conectaba con el público como nadie. Y si además añadimos su faceta de compositor entonces nos encontramos con una figura del todo irrepetible. Los que nos dedicamos a esto, a dar a conocer la música clásica, debemos aprender de él, de sus conferencias, de sus escritos y de sus documentales y sesiones televisivas.

Y sobre los conciertos escolares, ¿qué cree que aportan?

Son muy necesarios. Yo misma he participado presentando algunos. Pero lo mismo digo de la importancia de ir preparado. Los profesores y alumnos, antes de asistir a la sesión, deben haber trabajado en clase las obras y luego volver a escucharlas. Los conciertos escolares tienen sentido si se refuerzan con una guía didáctica en el aula.

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