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Crítica de cine | Una apabullante visión del futuro

Una imagen de 'Dune'.

Si se lo despoja de su espesura filosófica y mística y sus reflexiones tanto sobre la futilidad de la guerra como sobre el cambio climático y otras consecuencias del capitalismo y la avaricia humana, el libro que convirtió a Frank Herbert en leyenda de la literatura es esencialmente una aventura espacial poblada por monstruos gigantes, villanos despiadados y un guerrero noble destinado a conocer a la mujer de sus sueños y a liderar a la humanidad hacia un mundo mejor. Pero Denis Villeneuve ya dejó claro con sus incursiones hollywoodienses previas en el ámbito de la ciencia ficción, La llegada y Blade Runner 2049, que no le interesa usar el género para fabricar blockbusters típicos. Eso explica que el protagonista de su adaptación de Dune, Paul Atreides (Timothée Chalamet), suponga una expresión extremada del concepto de Héroe Reticente, y que el director canadiense esté menos interesado en las secuencias de acción —aunque la película incluye varias y son impecables— que en enfatizar la atmósfera de amenaza que las precede.

En líneas generales, Villeneuve respeta el libro de Herbert en su justa medida, sin traicionar el espíritu del texto original ni dejarse cohibir por el respeto a sus páginas. Los cambios que introduce en la historia resultan lógicos: por un lado, otorga un papel más relevante a los personajes femeninos; por otro, desatiende algunos de los elementos de la novela menos compatibles con el lenguaje cinematográfico —los monólogos internos, la nomenclatura opaca, los episodios telepáticos— para facilitar las cosas al espectador; en ese sentido, inevitablemente, es menos atrevida e intrépida que la por otra parte fallidísima versión que David Lynch dirigió en 1984 —y de la cual ha renegado desde entonces—, una demencia llena de imaginería grotesca y objetivamente fea.

Es necesario advertir que la nueva película no tiene ni principio ni final, y asume que seremos capaces de movernos por su denso universo sin disponer de guía. En realidad, Dune —o Dune: Parte Uno, según el título que aparece impreso en pantalla— solo cubre la mitad de los acontecimientos relatados en el libro; ha sido ideada como la primera parte de un díptico cuya compleción, en todo caso, dependerá de los datos de taquilla. Y eso de ningún modo le impide deslumbrarnos gracias a la claridad con la que explica en solo cinco minutos de metraje todo lo que la película de Lynch no fue capaz de explicar en 137; a la elegancia con la que orquesta intrigas interplanetarias, rivalidades familiares y conflictos tribales; a su estética rigurosa e imponente basada en colores apagados, composiciones simétricas y diseños brutalistas, acorde con el mundo increíblemente hostil que retrata; y a la hipnótica mezcla de melancolía y tensión a la que recurre para empujarnos, sin miramientos, al centro mismo de su árida e implacable versión del futuro.

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