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Lecturas de tumbona | Verdolatría

La naturaleza nos enseña a ser humanos

Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos de Santiago Beruete.

Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos de Santiago Beruete.

Más allá del jardín como proyecto artístico o lugar de recreo, de vistoso complemento de un palacio o una villa, existe una visión del jardín como modelo ético o ideal de vida. Un jardín en el que meditar, serenarse, exorcizar los miedos, buscar alivio, deambular sin expectativas y encontrar, quizás, el sentido último de la existencia. 

El jardín como terapia filosófica ha sido cultivado desde la Antigua Grecia. Filósofos, poetas, pintores, místicos, reyes y reinas han asegurado que el jardín, el contacto estrecho y continuado con la naturaleza, es una necesidad tan vital para el ser humano como respirar y dormir. El jardín expresa una cosmovisión: su mera existencia habla de las virtudes de aquel que lo proyectó, lo cultivó, lo disfrutó y lo abandonó. 

El único requisito para gozar de los exquisitos libros de Santiago Beruete -antropólogo, filósofo y profesor afincado en     Eivissa- es el de ser «aprendívoro», un neologismo que abarca la curiosidad intelectual y la apertura de mente necesarias para que se cuele algo similar a una vida con sentido. 

Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos de Santiago Beruete

Verdolatría. La naturaleza nos enseña a ser humanos de Santiago Beruete

Verdolatría (y sus hermanas Jardinosofía y Aprendívoros) es una invitación a repensarlo todo, a recuperar los relatos que nos han conformado como especie y a comprobar si nos sirven todavía para estar en bienestar, para ser felices. Escribo esta palabra   -felicidad- y temo que ella sola se libere del cursor y abandone la pantalla, harta de tanta alusión espuria. Si no lo hace, si no escapa, es porque sabe que va a estar acompañada de tres palabras que le son afines: arte, filosofía y jardín. 

Se necesita poco para ser feliz, basta una biblioteca y un jardín, dijo Cicerón. Santiago Beruete está de acuerdo: «Salimos al jardín para entrar en nosotros mismos». Y Montaigne: «Que la muerte me halle sembrando coles en mi imperfecto jardín». 

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