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Con ciencia | Amistad

La interacción social es un comportamiento muy común en la naturaleza; abundan las especies en las que los individuos cooperan y algunas lo hacen en un grado tan extremo que se conoce como «eusocial» esa conducta de cooperación de alto grado. Los insectos sociales —hormigas, termitas, avispas, abejas— son el ejemplo mejor, con castas que se reparten el trabajo en beneficio de la colmena. Semejante nivel de ayuda supuso un problema para Darwin cuando estaba desarrollando su teoría de la evolución por medio de la selección natural, dado que ésta debe favorecer los comportamientos que favorecen la supervivencia propia y no la de otros. Pero los biólogos evolucionistas, de la mano de los matemáticos que han desarrollado la teoría de juegos, hace tiempo que lograron explicar la cooperación extrema entre individuos emparentados.

Lo que parece más difícil de justificar es la cooperación no forzada por razones genéticas sino de amistad, que es común entre nosotros. Una investigación llevada a cabo por Raphaela Heesen, perteneciente al Institute of Work and Organizational Psychology, Universidad de Neuchâtel (Suiza), y colaboradores que ha sido publicada en la revista Science extiende esos lazos afectivos de amistad a otras especies cercanas a la nuestra: los bonobos (Pan paniscus) y los chimpancés comunes (Pan troglodytes). El trabajo de los autores se ha centrado en 1.242 interacciones naturales de juego y aseo en chimpancés y bonobos en cautividad. Como dicen Heesen y colaboradores, los simios intercambiaban a menudo miradas y señales comunicativas antes y después de participar en actividades conjuntas con sus congéneres, mostrando fases de entrada y salida comparables a las de las actividades conjuntas humanas. Dicho de otro modo, bonobos y chimpancés se saludaban antes de interactuar y se despedían al terminar la interacción. Algo muy humano, desde luego, y que dependía del grado de amistad —relaciones sociales continuas y abundantes— en mayor medida aún en los bonobos que en los chimpancés.

Hablar de comportamientos cercanos a los nuestros parece inevitable y remite a una aparición evolutiva de la amistad antes de que se separasen los linajes de chimpancés y humanos. Pero los autores de la investigación advierten acerca de los sesgos que pueden aparecer por el hecho de que los animales observados se encontraban en cautividad, con tiempo libre —se les alimenta— que puede llevar a que desarrollen estrategias sociales y repertorios comunicativos más complejos. Extender los análisis a animales en libertad, y ampliar la nómina de las especies bajo estudio incluyendo, por ejemplo, los carnívoros sociales, son iniciativas que Heesen y colaboradores dan por necesarias antes de concluir cuándo podrían haber aparecido, durante la evolución, esas relaciones de amistad.

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