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En contra
Gabriel Janer Manila Escritor. Cierra con 'Lungomare' su trilogía autobiográfica

«Maria de la Pau se equivocó al seguir mis pasos, intenté evitarlo»

Gabriel Janer Manila (Algaida, 1940) siempre habla de sí mismo, por eso ha pintado un fresco imprescindible del cambio de milenio mallorquín en ‘Lungomare’, el más reciente pero nunca último volumen de su autobiografía. El catedrático querría seguir enseñando

Gabriel Janer Manila.

Gabriel Janer Manila. B. Ramon

Para que se haga cargo del tipo de entrevista: «¿Está satisfecho consigo mismo?»

Jajaja. Nunca lo estoy, toda mi vida es un afán de superación y de combate. He corregido Lungomare por completo siete veces, casi llegué a odiarlo.

¿Está satisfecho con lo que piensan de usted los demás?

Me da igual, y es bueno que no coincidan. No me reconozco en lo que dicen, pero me gusta que den versiones distintas de mí.

Maestro, profesor, catedrático obligado a jubilarse.

Me costó mucho, me dolió, me encontraba bien en el aula. Duré hasta los 75 años, me jubilaron cuando empezaba a conocer mi asignatura, todavía hay momentos en que me surge un «esto se lo debería decir a mis alumnos».

¿Vale la pena arrastrar querellas de décadas con Antoni Serra o Biel Majoral?

Prefiero una visión de resistencia, no de resentimiento ni de odio, que dañan más a quien los alberga que a quien los recibe. He tenido que resistir mucho.

Voy a insultarle, ‘Lungomare’ es un libro útil.

El conjunto de los tres libros puede ser útil para conocer la forma en que he contemplado mi época. No pretendo que el lector mire el mundo con mis ojos, sino que vea los ojos con los que yo he mirado.

¿Maria de la Pau es su hija favorita?

Todos tienen encantos y desencantos, les adoro. Maria de la Pau se equivocó al seguir mis pasos, la vida está hecha de errores. Intenté evitarlo, hice lo posible para que no fuera escritora.

Pero usted pelea las batallas de Maria de la Pau.

Claro. Una tía mía muy mayor y que no sabía leer, decía que «los míos, con razón o sin ella». Y basta.

Los Janer son un núcleo de poder.

Ni lo somos ni sabríamos serlo, ya me gustaría.

¿Le cuesta desligarse de Matas?

No estuve nunca ligado del todo, me hacía gracia que se fiara de mí, no tuve ni un problema con él. Se espantaba de mi inocencia, del trabajo que desplegué en el Institut d’Estudis Baleàrics.

Le falta una fijación definitiva del personaje.

Matas no es él, es una época, un tiempo demasiado largo y que todavía está vivo.

¿Le molestaba más Nadal Batle o sus cortesanos?

Nadal era divertido, aunque empreñaba a veces. Te sorprendía, no sabías por dónde te iba a salir. Sus beatos no compartían su gracia ni su extravagancia.

¿Qué aprendió de Llorenç Villalonga?

Que solo creía en él mismo, algo muy positivo. Tenía una corte de aduladores que le alababan cualquier tontería, porque dejó algunas obras muy importantes como Mort de Dama o Bearn, pero otras carecen de valor. Me recomendaba que «has de contar las cosas como si no te las acabaras de creer». Un buen consejo.

Me ha descubierto a un Xesc Forteza diferente.

Sabía que te sorprendería, como a muchos. Lo conocí bien, con sus grandezas y miserias. Fue un gran actor, con la desventaja de que estaba en sus propias manos. Con un buen director, hubiera alcanzado la gloria.

Y dice que Xesc no era feliz.

Provocaba la carcajada solo rascándose, pero él estaba triste y amargado, igual que Cristina Valls. El resentimiento con motivo de Xesc era por el trato a su gente, por ser xueta. Igual que Jaume Pomar.

¿‘Lungomare’ firma la paz con Biel Mesquida?

Nunca hemos tenido una guerra abierta del todo, solo es que hace treinta años que no nos hablamos. Y puede que esté bien así porque, ¿de qué hemos de hablar?

Yllanes y Negueruela chapurreando el catalán.

Valoro el esfuerzo que hacen, y se les ha de agradecer. Está muy bien, me encanta que políticos castellanoparlantes lo intenten.

‘Lungomare’ invita a vivir en catalán.

Lungomare invita a la liberación, es el relato de un hombre que intenta desprenderse de los fantasmas y miedos que ha recogido durante su trayecto.

«A qui li pot fer il·lusió esser ciutadà d’aquest país?»

Debía tener un mal día, pero lo pienso muchas veces y me dan ganas de marcharme.

¿Marcharse de España o de Mallorca?

Sobre todo de España, ese país que continúan construyendo y defendiendo no me interesa lo más mínimo. Yo querría un nuevo proyecto seductor, me apuntaría a gente que inventara una nueva España. Pero cuando lees biografías de Galdós, Unamuno o Baroja, siempre observas la misma tragedia de gente desolada.

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