DTO ANUAL 25,99€/año

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Pol Guasch Escritor.

Pol Guasch: "La universidad es un espacio de castración creativa"

Con 24 años ha publicado dos libros de poesía y la novela 'Napalm al cor' y las tres obras han sido premiadas. Presentará este último título este jueves, a las 19 horas, en la Fira del Llibre de Palma

Pol Guasch, en una imagen reciente en Barcelona.

Pol Guasch, en una imagen reciente en Barcelona.

Dos libros de poesía y la novela ‘Napalm al cor’ que va por la tercera edición, todos ellos premiados. Además de un apasionado discurso por Sant Jordi en defensa de la literatura que tuvo mucha repercusión. Enhorabuena por el éxito.

Todo lo que está pasando es una sorpresa que vivo con mucha alegría. Por un lado hay un gran factor de suerte y, por otro, mucho trabajo invisible. 

En la escuela, en el instituto, en la universidad, ¿también destacaba?

Entre mis amigas no tengo la sensación de destacar y lo digo honestamente. Mi mejor amiga es profesora de instituto con 23 años. Cada día batalla y acompaña en su proceso de formación a jóvenes de 15, 16 y 17 años. Eso es superpotente. Hay muchísima gente haciendo cosas interesantes pero hay una serie de lógicas del sistema que lo invisibilizan.

Ha cursado Estudios Literarios, ha sido profesor asociado en la universidad y trabaja en la productora cultural La Sullivan. Es muy crítico con la academia.

La universidad es un espacio de castración creativa y de una productividad que mata cualquier tipo de pensamiento real. Por el lugar físico y la organización jerárquica, es una institución feudal que aún se mantiene. Es un lugar bastante infernal. Quizá toda la acción creativa que he activado se podría ver como una contestación a ciertas lógicas que no me gustaban de la universidad.

¿Nacer en Tarragona y no en la capital le ha influido de algún modo?

Sí. Existe una línea imaginaria pero muy sólida que hace que todo lo que pasa al sur de Barcelona no exista, en un sentido literal. La condena al provincianismo es bastante salvaje.

¿Se marchó o las circunstancias le obligaron a irse?

La situación se me hacía insostenible. Hay una sensación bastante generalizada de que Tarragona expulsa, pero quien expulsa no es Tarragona, sino un modelo de ciudad, de cultura, de pensar qué rol tenemos la gente joven en una capital de provincia.

Es de una ciudad pequeña y ahora vive en el barrio del Raval de Barcelona, pero una de las características de su escritura es su descripción visceral y sombría de la naturaleza.

Explorar la naturaleza a nivel artístico es una manera de adentrarme en un mundo que me resulta lejano pero cercano a la vez. En Tarragona vivo en una calle que queda separada, cerca de la montaña de La Oliva, a donde iba muy a menudo. La naturaleza siempre se me ha presentado de manera medio enigmática y con una relación tensa en sus límites con la urbanidad. Además, mi casa está junto a un cementerio.

Ahora se entiende por qué hay tantos muertos en la novela ‘Napalm al cor’.

[ríe] Supongo que criarte viendo un cementerio por la ventana te marca de alguna forma.

En el libro hace un retrato mortal de las relaciones familiares.

Es que la familia es la microrrepresentación de los males de la sociedad. Para mí, pensar sobre la familia tiene este punto de volver a los orígenes occidentales, clásicos y canónicos de la literatura, que es esta idea trágica de la imposibilidad de rehuir y ahuyentar el destino. En nuestras relaciones familiares más cotidianas palpita una atadura atávica, salvaje, violenta y trágica.

Hay quien asocia la libertad a tomarse unas cañas en pandemia, pero para los protagonistas de su novela «libertad» no es ni siquiera una palabra.

Estamos en una época de banalidad política en que las palabras se reconducen y se simplifican al máximo. Creo que hay experiencias complejas como el amor, la libertad o la amistad, que no se pueden reducir a una sola palabra. Si el amor se pudiera reducir a una palabra, yo no habría escrito esta novela. Esta voluntad de entenderlo todo, de codificarlo todo y, por lo tanto, de nombrarlo todo, es uno de nuestros grandes problemas.

Pero lo que no se nombra no existe.

Es obvio que el lenguaje nos posibilita y a la vez nos aprisiona. Tenemos que tomar más conciencia de hasta qué punto cuando estamos poniendo nombre a las cosas estamos dándoles vida o limitando sus posibilidades.

Su manera de decir las cosas, radical pero tranquila, ha sido recibida como un soplo de aire fresco.

Yo vivo todo esto con sorpresa, contradicciones y mil dudas. ¿Por qué mi visión del mundo ahora es digna de ser escuchada? Solo puedo decir que intento no tener miedo cuando hablo y escribo. No tengo la sensación de tener nada que perder y tampoco tengo ninguna voluntad de gustar a nadie, ni a mí mismo.

¿Usamos el lenguaje para agradar y agradarnos?

El gran problema es pensar que el lenguaje es transparente y neutro porque lo reducimos a una sola utilidad, la más interesada, pero el lenguaje tiene mil potencias. Puede extremar la realidad hasta deformarla y hacer emerger cosas que están enterradas (que es una de las cosas que quería hacer con la novela), pero también te permite crear un muro para aislarte de lo que no deseas, crear una ficción de ti mismo y presentarte al mundo de manera absolutamente impostada.

El lenguaje como disfraz.

Creo que hacer esto con el lenguaje es traicionarlo. Poner palabras a las cosas no es dar soluciones fáciles, al contrario, es intentar atravesar esta cuerda floja que es nombrar sin condenar, designar sin limitar. Yo veo la palabra como una zona de riesgo, no de complacer a los demás ni a mí.

¿La literatura es un refugio contra la falsedad?

La literatura es un espacio de cuidados y de acompañamiento, pero también puede ser un espacio donde las palabras no se instrumentalicen en beneficio propio y puedan abrir canales nuevos.

La batalla por el lenguaje no es nueva.

Ha pasado siempre, pero en este momento de la historia hay una desafección del lenguaje y de la fuerza de la palabra, una reducción del lenguaje al código, a los algoritmos que funcionan con unos y ceros. Por otro lado, la clase económica, política e institucional sigue utilizando el lenguaje como un arma.

¿Por ejemplo?

Asusta ver cómo con las palabras se puede crear un imaginario que desemboca en la idea de que 6.000 niños y jóvenes atravesando la frontera desde Marruecos pueden poner en peligro una cosa llamada «integridad» del Estado. A mí, como a muchos, la integridad de España, de Catalunya y de Europa me la suda.

«Aún no ha llegado el texto que haga con el mundo lo que fuimos capaces de hacer, entre otros lugares, en Urquinaona», dijo en su discurso de Sant Jordi en referencia a los disturbios de 2018. ¿Qué se hizo en Urquinaona?

No se pidió permiso, no se pidió perdón, no se exigió un objetivo claro ni una jerarquía precisa para asumir la contestación. El movimiento tenía una potencia afirmativa increíble. Se estaba pidiendo vida, otra vida posible, y eso es quizá lo que más asusta. Decir Urquinaona no es mitificar nada, sino volver a ese momento.

Usted escribe en catalán. ¿Cree que la lengua está en peligro?

No creo que sea un tema de creencia. Es una obviedad que el catalán es una lengua minorizada que está en peligro y que está perseguida, pero que sea una obviedad no quiere decir que no tengamos que decirlo muchas veces.

Ya sobrevivió a la dictadura. ¿Qué hay más peligroso que eso?

Una lengua minorizada recibe miles de embates, la dictadura es solo uno de ellos. Hay mil maneras de perseguir una lengua y de borrarla, desde el autoodio de los propios hablantes a la cronificación de dinámicas imperialistas y hegemónicas en nuestro día a día.

¿Cuál es la primera experiencia literaria que recuerda?

En primero de primaria escribí un texto que se titulaba ‘L’arbre ballarí’, sobre un árbol que se vestía con tutús y ropa andrógina y cantaba y tocaba las maracas. Aún lo conservo.

Naturaleza y teoría queer, juntas ya en primero de primaria.

Exacto. Allí está todo, podríamos borrar esta entrevista y poner el texto de ‘L’arbre ballarí’ como la precuela de ‘Napalm’.

En el libro de poemas ‘Tanta gana’ tiene un verso que dice: ‘Tot allò que podem dir acaba sent mentida’. ¿Esto incluye esta entrevista?

Sin duda. Nada de lo que he dicho es serio, importante o trascendente.

Tampoco es una mentira intencionada, espero.

No. Una de las cosas buenas de las palabras es que dentro de seis meses podré rectificar todo lo que he dicho ahora y repensarlo de nuevo para decirlo de otra manera. Las palabras, en un lugar y momento determinados, pueden tener una potencia pero cuando las trasladas a otro contexto pierden esta potencia. Creo que tenemos que relajarnos todos un poco.

Compartir el artículo

stats