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Català Roig: «La cerámica quiere muchas hostias y decepciones, se aprende del error»

«Me gusta el fuego, trabajar el horno es duro pero muy mágico»

Albert Pinya y Català Roig se inspiran en el tándem Miró-Artigas G. Bosch

Los talleres de cerámica están de moda pero el oficio de Joan Pere Català Roig (Palma, 1973) no tiene nada que ver con los workshops y otras tendencias cool. Su trabajo está arraigado a una sabiduría artesana, a unos conocimientos ancestrales que este discípulo de Lluís Castaldo, que a su vez lo fue de Josep Llorens i Artigas, el ceramista que formó equipo con Miró, moldea y hornea en su taller a las afueras de Pòrtol, en Marratxí.

«Mi madre me enseñó el sacrificio del oficio y Castaldo, la vertiente técnica y artística», confiesa Català Roig, ceramista que desde su primera exposición, en 1998, ha desarrollado brillantes proyectos, como las baldosas que creó para el campanario de la Cartoixa de Valldemossa en 2003, el trabajo realizado en 2016 en la fuente de la plaça de la Reina para el mosaico diseñado por Federico Climent o la restauración que ejecutó en el mural de Castaldo que preside el Parc de sa Quarentena, en 2017.

Su primer encuentro con un torno lo tuvo en Es Retall, en la calle Monti-Sion, y ese idilio con la cerámica lo propició su madre, Magdalena Roig, que decidió ponerse al frente de este taller, el más antiguo de Palma, entrados los 80. «Vivíamos del taller, las pesetas salían de ahí, y nos especializamos en producciones más pequeñas pero más artísticas porque no podíamos competir con las ollerías. Eran trabajos técnicamente más precisos que salían de lo convencional», recuerda de aquella aventura familiar. Pero el romance entre Català Roig y el barro tardaría en consolidarse. «Al principio, la cerámica no me llamó la atención de un modo poderoso. Nunca tuve intención de dedicarme a ella, hasta los 19 años, cuando se me giró el chip y quise conocer el oficio, después de cursar ciencias puras en BUP y COU y descubrir la química, que te da unos márgenes, unos conocimientos necesarios para la cerámica», apunta.

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Albert Pinya y Català Roig se inspiran en el tándem Miró-Artigas Guillem Bosch

Quería un título y apostó por él en la antigua Escola d’Arts i Oficis de Palma. «No tenía recursos económicos para ir fuera a estudiar, y tuve la suerte de hacerlo aquí y en un momento en que se impartían cursos de cerámica». Català Roig se siente afortunado por aquella elección, porque le permitió conocer a dos profesores que marcarían un camino a seguir: Mercè Alabern y Lluís Castaldo. «Fui el único alumno del centro que pidió repetir curso para reforzar los conocimientos de cerámica», señala con orgullo.

Lluís Castaldo (Sóller, 1936), autor de vasijas de gres y de murales aplicados a diferentes obras arquitectónicas de Mallorca, «el ceramista por antonomasia de esta isla», fue una figura clave en la trayectoria de Català Roig. «Estuve dos años con él y conecté. Fue mi mentor, como Josep Llorens i Artigas lo había sido de Castaldo, y aprendí de él en su taller, que lo tenía y lo sigue teniendo en Sóller. Desde entonces siempre he tenido abierto, para cualquier duda, sus puertas. Tengo devoción por Castaldo», subraya.

"Fui el único alumno que pidió repetir curso para reforzar los conocimientos de cerámica"

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En 2005, tras dejar su piso en Ciutat, Català Roig se instaló en Pòrtol. «El fin era dedicarme a la cerámica con un horno de leña. Me gusta la combustión, el fuego me permite técnicas que no me ofrece el horno eléctrico, y te exige estar ahí, creando una atmósfera. Es un tema estético, no de calidad. Me gusta complicarme la vida para llegar al mismo lugar». Construir el horno que utiliza, de estilo japonés, del que solo hay media docena, a lo sumo, en España, le costó 14 años . «Descubrí este tipo de horno en un curso impartido por el hijo de Artigas, Joan Gardy Artigas, en 2011, en la Miró. Con este horno trabajo 24 horas seguidas. Hay que tapiarlo cada vez, al no tener puerta. Es un trabajo duro pero muy mágico. Llevas tu ritmo mientras el mundo gira a tu alrededor».

«La cerámica es una forma de vida», asegura el también director de la Escola de Ceràmica de Marratxí, y como la vida misma puede golpearte: «La cerámica quiere muchas hostias y decepciones, muchas horneadas fallidas para aprender, porque en este oficio se aprende del error. Las horneadas buenas las disfrutas, pero aprendes de las malas».

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