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La banda sonora de las relaciones tóxicas

El ‘boom’ de los grupos de chicas impuso hace 60 años una mirada femenina en la música popular y pobló las listas de éxitos con historias de malos tratos y dependencia emocional

La banda sonora de las relaciones tóxicas

La banda sonora de las relaciones tóxicas Giles Petard / Agefotostock

Maltratos físicos, abusos verbales, infidelidades, alienación parental, dependencia emocional… Son los ingredientes de un episodio cualquiera de la serie documental protagonizada por Rocío Carrasco que en las últimas semanas ha puesto a prueba la conciencia y los lagrimales de media España. Pero son también algunos de los materiales con los que hace seis décadas se construyó uno de los subgéneros más arrebatadores de la historia de la música pop: el llamado girl group sound, el sonido de los grupos de chicas. Un movimiento tan efervescente como fugaz (su época de apogeo duró apenas cuatro años, de 1961 a 1965) que elevó a la categoría de obra de arte el retrato adolescente de una relación tóxica. Si en lugar de canciones de Eurovisión mayormente francófonas, Rocío, contar la verdad para seguir viva hubiera empleado como sintonía el He’s got the power de The Exciters, la cosa habría encajado la mar de bien.

Protagonizado por grupos de tres o cuatro chicas muy jóvenes y mayoritariamente afroamericanas, el fenómeno girl group estalló al amanecer de la década de los 60 de la mano de las Shirelles (que en 1961 colocaron dos canciones en el número uno), aunque contaba con el precedente de las Chantels, un quinteto femenino de doo wop que en 1958 ya se había asomado a lo más alto de las listas con Maybe. En los años siguientes se llegaron a censar hasta 1.500 grupos de chicas solo en EEUU; una docena larga alcanzaron el éxito y forjaron lo que el eminente crítico e historiador Greil Marcus definió como «la música más hermosa y cuidadosamente trabajada de todo el rock’n’roll».

El juicio no es exagerado. Al fin y al cabo, canciones como Will you love me tomorrow, el primer número uno de las Shirelles, eran el resultado final de un trabajo en cadena en el que solían intervenir los talentosos compositores pop que trabajaban en el edificio Brill de Nueva York (en este caso, Gerry Goffin y Carole King, que en aquel tiempo eran marido y mujer), productores y arreglistas de gran empaque (aquí, Luther Dixon, que venía de escribir canciones para Elvis Presley y Jimmy Reed) y los mejores músicos de sesión disponibles.

Problemas de chicas

La letra de Will you love me tomorrow, que revela las inseguridades de una joven que se pregunta si su novio seguirá queriéndola después de que ambos tengan su primer encuentro sexual (una temática audaz que llevó a no pocas emisoras de radio a vetar la canción), dibuja el terreno en el que se moverá la inmensa mayoría de las canciones del género: son chicas hablando con chicas sobre los asuntos que les preocupan e invitando a otras chicas a unirse a la conversación desde sus dormitorios.

La irrupción del girl group sound marca la llegada de una mirada femenina (y a menudo adolescente) a la música popular. Por primera vez, las mujeres jóvenes ocupan el centro del escenario del mainstream, algo que no volverá a suceder hasta la década de los 90, y lo hacen para exponer una serie de cuestiones e inquietudes inequívocamente vinculadas a su género y a su edad.

El tema estrella es, por supuesto, el amor. Y también su reverso oscuro. Junto a exultantes celebraciones de los gozos del enamoramiento juvenil, con los corazones latiendo como locomotoras (Be my baby de las Ronettes, He’s so fine de las Chiffons, Then he kissed me de las Crystals…), abundan las canciones que relatan historias bastante más siniestras. En algunos casos, la protagonista se reafirma en su voluntad de seguir amando a un chico que, a juicio de todos sus allegados, es en realidad un tipo muy poco fiable; un ejemplo elevado es Baby it’s you, de las Shirelles. En otros, la chica se encuentra atrapada en una relación sentimental que se ha convertido en una prisión, como sucede en Chains, de las Cookies (cuando los Beatles incluyeron sendas versiones de Baby it’s you y Chains en su primer elepé, el cambio de género aligeró en buena medida la carga ominosa de las letras).

Claro que la dependencia emocional que confesaban padecer las Cookies se queda en un juego de niños al lado de la toxicidad de la relación que mantiene la protagonista de He’s got the power, de las Exciters (aunque en el cuarteto militaba un hombre, mantenemos el artículo en femenino porque las Exciters eran, en casi todos los aspectos, un grupo de chicas). «Él me hace hacer cosas que no quiero hacer / me hace decir cosas que no quiero decir / y aunque quiero romper con él / no puedo dejar de decir que le quiero / y no puedo dejar de hacer cosas para él. / ¡Él tiene el poder del amor sobre mí!». La canción, escrita por Ellie Greenwich y Tony Powers, es magnífica (fue el segundo hit del grupo tras el bombazo de Tell him), pero la letra revela un patrón psicológico bastante alarmante.

De la ilusión al infierno

Si hay un grupo que refleja como ningún otro el paso de la ilusión adolescente al infierno privado son las Crystals. Cuando en noviembre de 1961 el cuarteto neoyorquino grabó There’s no other (like my baby), su primer sencillo para el sello de Phil Spector Philles Records, las chicas acudieron al estudio directamente desde el baile de graduación de la escuela con sus vestidos de fiesta. Poco después lanzaron Uptown, una canción bajo cuya superficie de entrega romántica se intuye ya una realidad problemática: un hombre que recibe humillaciones sin cuento en el trabajo se crece cuando llega por la noche a casa y está a solas con su pareja. El desenlace estaba casi cantado y quedó explicitado en el tercer single del grupo: He hit me (it felt like a kiss). Él me pegó y yo lo sentí como un beso. Una composición tan malsana y enfermiza que merece una pieza aparte.

El fracaso de He hit me... tuvo consecuencias. Spector, un maltratador de rasgos psicópatas que acabaría sus días entre rejas por homicidio, decidió grabar un nuevo sencillo de las Crystals… sin las Crystals. Las voces de He’s a rebel pertenecen a Darlene Love y las Blossoms, que un tiempo después publicarían, esta vez a su nombre, That’s when the tears start, otro fabuloso relato de aflicción por culpa de un tío chungo. He’s a rebel, que se convirtió en el primer número uno de las Crystals, dibujó un estereotipo que haría fortuna en los años siguientes: el del chico malo y torturado que despierta el instinto de protección (y los sentimientos amorosos) de alguna joven de buen corazón.

Las Shangri-Las, un grupo de chicas blancas y poco refinadas criadas en un duro vecindario de Queens, se especializaron en ese tipo de relaciones ambivalentes y, espoleadas por el productor y compositor George Shadow Morton, llevaron el género a unas cotas de congoja y melodrama nunca antes vistas. «Es malo pero no es malvado», dice de su novio la protagonista de Give him a great big kiss (después de no poder precisar el color de sus ojos porque «siempre usa gafas de sol»). En Remember (walking in the sand) el pelafustán desaparece y al cabo de dos años (¡dos años!) le escribe una carta a su novia diciéndole que ha encontrado a otra. En la icónica Leader of the pack (cuya letra incluye el memorable dístico «me dijeron que era malo / pero yo sabía que estaba triste») el conflicto se resuelve por la vía de la muerte accidental. Y en la devastadora I can never go home anymore, la solista lamenta haber antepuesto la pasión por un chico que no lo merecía a la relación con sus padres, que ha quedado definitivamente rota. Algo que bien podría haber cantado Rocío Carrasco en su casa de Argentona.

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