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Gabriel Estarellas Guitarrista, compositor.

«Son muy pocos los que pueden vivir de la guitarra»

Antón García Abril siempre le consideró su guitarrista de «cabecera». Afincado de nuevo en Mallorca, espera el estreno del Concierto para guitarra y orquesta que le ha escrito Joan Valent

«Son muy pocos los que pueden vivir de la guitarra»

«Son muy pocos los que pueden vivir de la guitarra»

Ha vuelto a Mallorca tras más de 30 años viviendo fuera.

Dejé la isla en octubre de 1986 porque se habían finiquitado mis posibilidades de progresar más profesionalmente, y me instalé en Madrid, donde estuve 20 años como catedrático de guitarra en el Real Conservatorio Superior de Música. Pero siempre tuve claro que, tarde o temprano, regresaría. Me he instalado en Inca, en una casa muy cómoda que cuenta con estudio grabación.

¿No se habrá ido de Madrid huyendo del clima de crispación política?

Vivas donde vivas, las noticias que recibimos últimamente te ponen de mala uva.

Contar con un estudio de grabación en casa le facilitará el trabajo diario.

Sí. Yo necesito un estudio de grabación, no solo para grabar, también para hacer trabajos de producción musical. Ahora estoy muy metido con los proyectos sinfónicos. Compongo muchísimo, y claro, necesito ordenadores, espacios insonorizados para grabar... No es el estudio que tenía en Madrid, que era muy amplio, pero me sirve para la guitarra.

¿Mallorca es realmente inspiradora a la hora de componer o eso son cuentos de hadas?

La inspiración está en uno mismo. Los músicos, poetas, escritores, pintores, tenemos nuestro mundo y podemos estar encerrados en una buhardilla, sin ni siquiera bajar al jardín, y crear nuestro mundo creativo. Ahora, de vez en cuando, cuando dejas de trabajar y sales, no es lo mismo encontrarte con Mallorca que con una ciudad oscura, fría y lluviosa.

¿Qué proyectos le tienen ocupado en este 2021?

Hay varios, uno de ellos importante. Mi queridísimo amigo Joan Valent se ha animado a escribirme un Concierto para guitarra y orquesta. Es una obra fantástica, en la que hemos estado trabajando juntos durante meses. Está dedicada la memoria de su abuelo, Mariano Capellà, y de mi padre, Ramon Estarellas. Ambos fueron muy amigos y trabajaron juntos en ciertas cosas. Recuerdo que los domingos por la mañana, en muchísimas ocasiones, mi padre me metía en su coche para ir a Algaida. Mariano era un fanático de la guitarra, un gran admirador de la obra de Calatayud, y cuando la tocaba, su abuelo quedaba embelesado. Y por ahí pululaba un niño pequeñito, que se llamaba Joan Valent. Cuando recordamos todo aquello tanto Joan como yo nos emocionamos. Nos gustaría unir tres generaciones con este proyecto, la de su abuelo y mi padre, la nuestra, y también la de mi hijo. Porque la intención es estrenar la obra en Mallorca, con dirección de mi hijo, Gabriel Estarellas Pascual. Actualmente vive en Suiza, es director titular de dos orquestas (la Joven Orquesta de Turgovia y la Orchesterverein Zurich) y nunca ha dirigido en Mallorca.

¿Han actuado juntos en alguna ocasión, padre e hijo?

No, nunca. Tampoco se lo he pedido, hasta ahora. Ha seguido mis pasos en la música pero yo me procuré mucho en su día de que no escogiera la guitarra. Al final se decidió por el violín y por motu proprio, por la dirección de orquesta.

¿Por qué no quería que tocara la guitarra?

Porque la guitarra es muy compleja y con el violín hay más posibilidades. Una ciudad puede tener dos orquestas sinfónicas y ahí puedes encontrar un sitio para tu violín. Pero con una guitarra, ¿dónde vas? Yo he tenido a grandes alumnos guitarristas en el Conservatorio, a grandes talentos, que me pedían: ¿maestro, qué debo hacer? Este oficio está muy complicado. La guitarra, en el mundo sinfónico, está muy denostada. Los conciertos que se tocan para guitarra y orquesta son los habituales, siempre son los mismos. Estar con un instrumento durante siete horas al día, durante años y más años, y no poder dar un concierto es frustrante. Son muy pocos los que pueden vivir de la guitarra.

¿Se siente un afortunado?

He conseguido más de lo que pensaba. Por suerte y por mucho trabajo conseguí, después de unas pruebas tremendas, hacerme con la cátedra del Conservatorio Superior de Madrid. Tuve que dejarlo al final porque ya no podía más con tanto trabajo. No dejaba de recibir propuestas. En casa tengo un metro cúbico de partituras de todo el mundo dedicadas, que no estrenadas. Es un trabajo ingente, brutal. A mí no me gusta tocar siempre la misma obra, sino ir cambiando.

¿Este Concierto para guitarra y orquesta se grabará con vistas a su publicación?

Seguro que se grabará, esa es la idea de Joan Valent. La obra se llama Concert de Tramuntana, porque cuando sales a la terraza de mi casa tienes una vista maravillosa de toda la Serra, pero no tiene nada que ver con Mallorca, no es un canto a esta isla. Es una obra muy europeísta, tiene algo de latinoamericano, pinceladas de jazz, españolas... Condensa muchas músicas y pide una guitarra muy virtuosa. Creo que puede llegar a ser un éxito estupendo.

¿Qué admira de Joan Valent?

Su locura a la hora de escribir. Es una persona que no se rige por reglas ni moldes y eso le da una gran vibración creativa. Yo he trabajado con docenas y docenas de compositores de todo el mundo, pero Joan es realmente particular, alguien muy sensible, y grande.

¿La guitarra le sigue sorprendiendo, como la primera vez, cuando escuchó a Andrés Segovia?

La guitarra te sorprende si tu eres capaz de sorprenderte a ti mismo. De la guitarra sacas lo que eres capaz de sacar. La guitarra no te tiene que sorprender, el día que lo haga es porque no la conoces. Sí me puede sorprender a nivel físico, es decir, una guitarra que suene muy bien gracias al trabajo de un buen luthier. El sonido mágico de la guitarra ya no me sorprende, lo siento dentro, me resulta muy familiar.

¿Cuántas guitarras tiene?

Ahora mismo tengo tres, no me gusta coleccionar guitarras, básicamente por espacio. Hubo un tiempo que coleccioné pipas, y llegué a tener 200. Una de las guitarras, que se acaba de catalogar por una revista americana como histórica, la tengo desde 1975, del luthier Ignacio Fleta. Es una guitarra que ha viajado por todo el mundo, ha hecho muchos estrenos y ha grabado más de veinte discos. La retiré hace unos años pero la he vuelto a coger recientemente. Si hacemos el estreno con Valent en Mallorca tocaré con la Fleta. También tengo una de un gran constructor italiano, Antonino Scandurra, y otra de José Ramírez. La de Scandurra tiene el nombre de Polita, mi mujer. A las tres las trato de tú. La madera es un ser vivo y hay días que las guitarras, por el frío, la humedad, la sequedad, suenan de una forma u otra. El clima es lo único que interfiere entre uno y la guitarra.

En mis manos una guitarra siempre suena mal. ¿Hay mucho mediocre en la escena musical?

Mediocres, malos, los hay en todos los ámbitos, no solo en el musical, también en la política, la literatura o la pintura.

Con tantas restricciones y la cultura maltratada, ¿cómo pueden sobrevivir los músicos?

Tengo colegas que ya antes estaban mal, pues fíjate ahora cómo están. Muchos se han quedado sin las clases que antes impartían. Los que aun mantienen la ilusión, la vocación y las ganas han aprovechado para trabajar, es decir, estando en casa como hemos estado han seguido estudiando, ampliando el repertorio y afianzándose en las músicas. El tema de los recitales y las clases está muy mal. La cultura es la cenicienta, la maltratada de este país.

«Nada jamás reemplazará a los conciertos», ha dicho hace unos días otro gran guitarrista, Pat Metheny. ¿Suscribe sus palabras?

Totalmente. La música en directo es insustituible, la magia de un concierto es única, sobre todo en espacios pequeños y acogedores, no en grandes estadios o plazas de toros, con grandes distancias, de hasta 40 metros, entre el artista y la primera butaca. El Centro de la Guitarra, en este sentido, era un lugar maravilloso. Yo no cambio por nada el contacto con el público, es lo más gratificante. Hacer un disco puede llegar a ser aburrido, son ejercicios maratonianos.

Su última actuación en la isla se remonta a 2014, en el Festival de Pollença. ¿Por qué se prodiga tan poco por los escenarios mallorquines?

No es culpa mía. Cuando uno es joven envía correspondencia pero a mi edad, y con lo que he hecho, no suelo llamar a las puertas. Lo que sí hago es rechazar muchas peticiones, no solo de conciertos, también de master class, de todas las partes del mundo. A Mallorca, siempre que se me ha llamado, yo he venido. Me citas la actuación de Pollença, pero hace casi 20 años que tampoco toco con la Sinfónica de Balears. En ocasiones ha sido más fácil tocar en Sudamérica que en mi tierra, pero lo digo sin resentimiento. Si me dan un concierto, me hacen un favor, y si no me lo dan, a veces, me hacen dos favores. Últimamente estoy volcado en la composición y toco menos que antes.

Uno de sus primeros grandes conciertos lo ofreció a mediados de los 80, en el Teatro Real de Madrid, con la English Chamber Orchestra. Desde entonces el Real se ha abierto a todo tipo de músicas, pop, rock, flamenco y quién sabe, quizá un día al reguetón. ¿Aprueba esa apertura o cree que los templos de la música, como el Real o el Liceu, no deben caer en la transgresión?

El jazz y el pop tienen tanta validez y calidad como la música sinfónica. En el pop, el flamenco y en el mundo de los cantautores hay cosas muy respetables, muy bien arregladas, otra cosa es hablar de reguetón o bachata. Pero al fin y al cabo, el Real no deja de ser un recinto, no es la Catedral y nadie se tiene que sentir herido por eso.

¿El del Real es un público difícil?

El público operístico es un poco más enrevesado, más complejo, más crítico con esas incursiones de las que hablabas. El mundo sinfónico, y yo he tocado muchas veces en el Auditorio Nacional de Madrid, ha dejado de serlo. En los años 70 era otra cosa, hubo estrenos de compositores de vanguardia en el Real con el público pateando. También es cierto que algunos de aquellos conciertos eran un herir al público.

Seguro que con tantos conciertos a sus espaldas alguna vez habrá tenido algún encontronazo con algún espectador.

Una vez en una actuación en Asturias tuve justo delante a una señora muy ruidosa que molestaba incluso a los espectadores de al lado suyo. Mientras tocaba la miré varias veces pero la señora no se dio por aludida. Hasta que me paré y volví a mirarla. «Siga, siga, que yo la espero», le dije.

En aquel concierto del Real del 86 interpretó el Concierto Mudéjar de Antón García Abril, fallecido recientemente. ¿Qué relación mantuvo con este maestro?

Siempre estuve con Antón, desde el 86. Ahí nació una amistad. En aquel momento la obra de Antón para guitarra era exigua, tenía un concierto y poco más. Desde el 86 hasta el final de sus días escribió una gran cantidad de obra para guitarra. Él me decía que yo era su guitarrista de cabecera. Lo más grande de Antón, aparte de la persona, era su gran capacidad musical creativa. Hacía de todo, y bien. Tenía una técnica fantástica para realizar cualquier cosa. Con cuatro notas, como las de la sintonía de El hombre y la tierra, te hacía algo muy grande. Era genial y estoy seguro que su calidad como músico no dejará de subir.

¿Trabaja a diario en la composición?

Cada día me pongo frente a la partitura, y busco recursos que me permitan poder desarrollar una idea. Lo difícil del creador es encontrar una idea. Una vez la tienes, todo lo demás fluye y haces lo que quieres. La creación es inmediata, viene sin saber de donde viene, pero luego necesitas la capacidad para desarrollarlo, el oficio. Ahora he acabado un concierto para guitarra y orquesta que se llama Concierto del Retorno, en referencia a mi regreso a Mallorca. Es una obra grande, con vientos, timbales, cuerdas, con una guitarra muy virtuosa. He delegado su estreno, en uno de mis grandes ex alumnos, Mauricio Díaz, que estuvo unos cinco años en mi cátedra de Madrid. Se estrenará el próximo año, o en Estados Unidos o en su México natal.

¿Cuándo se podrá escuchar su homenaje a Chaplin?

Una de mis últimas obras ha sido Homenaje a Charles Chaplin. Se trata de una colección de 20 piezas para guitarra sola. La duración total es de más de una hora. He elegido para el estreno de esta obra al excelente ex alumno de nacionalidad peruana Ernesto Mayhuire, que lo hará el próximo año en Suiza. He tardado más de cuatro años en escribir esta obra en homenaje a Chaplin. Envié una demo de la grabación de toda esta música a Charlie Chaplin ™© Bubbles Incorporated S.A. en París, la agencia encargada de los derechos de imagen de Charles Chaplin. Estuvieron encantados con mi proyecto y tengo su apoyo.

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