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El gallinero | Relatos de hoy

Ann Perelló, en un momento de la representación de ‘Nua’.

Ann Perelló, en un momento de la representación de ‘Nua’.

Surge la necesidad de confrontar las amenazas de nuestro tiempo a través de la escena. En nuestro entorno asumen el reto un puñado de creadoras con talento y ganas. Por poner algunos ejemplos, Marina Salas, que no llega a los 30, ha explicado recientemente en Rent me bitch lo que supone asumir el coste de la vida para su generación; Denise Duncan referencia el racismo a través de la vida de Jack Johnson en El combat del segle; Aina de Cos transita desde hace un tiempo la memoria histórica y la conecta con el presente y el feminismo, y Ann Perelló se atreve con la esclavitud de la normatividad estética y emocional en Nua (Radiografia d’un transtorn), que llegó al Principal de Palma la semana pasada y llenó la Sala Petita varios días con un público mayoritariamente joven.

La pieza la ha co-escrito la propia actriz con Andrea Ros, la ha dirigido Marta Aran y es un ejemplo de eficiencia en la transmisión del mensaje. Para empezar - y no sé si es un mérito o no pero me parece reseñable- Perelló construye un relato de fantasmas e imposiciones sutiles a partir de un físico normativo, bello según la oficialidad. Coloca el retrovisor apuntando a una adolescencia que no le queda tan lejos y teje una historia dura, apoyada en una escenografía austera, algún que otro recurso técnico algo gratuito y una constante combinación de humor y drama. El resultado es un retrato generacional, iniciático, con (es)cenas indigestas y comidas de olla; una obra «del yo» que evoluciona bien; con intenciones casi documentales, intenso, certero y que funciona como espejo para muchísimas mujeres que hoy tienen más armas que nunca para combatir el patriarcado, pero también más presión social y contrarréplica por parte de la masculinidad imperante.

Y por si en los próximos días os pasáis por Madrid, ahí va una bola extra. La Antígona que ha puesto David Gaitán sobre el escenario de las Naves del Matadero es un excelente ejemplo de cómo actualizar un clásico. Precisamente allí, donde la semana que viene los administrados – madrileños/tebanos - deben decidir entre democracia y otra cosa, el montaje nos interpela directamente como responsables de oponerse a la tiranía, preservar la convivencia y acallar el ruido. Irene Arcos, en el papel de la inteligente y tenaz hija de Edipo, y Fernando Cayo, como Creonte, lo bordan.

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