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Tribuna

Más allá de los grandes festivales | Por Nando Cruz

Público en un concierto de Love of Lesbian

Público en un concierto de Love of Lesbian

Llegó la pandemia y comprobamos lo que ya se intuía. Que el circuito musical era una tupida telaraña sin fijaciones consistentes. Que la precariedad era estructural. Que miles de trabajadores ni siquiera podrían acceder a ayudas porque no existían para la Seguridad Social. Que las desigualdades entre las grandes estrellas y el tejido de base eran abismales. Y nos dijimos: esta crisis tiene que ser una oportunidad para replantearnos muchas cosas, para reforzar los cimientos del sector, para empezar a reconstruir desde abajo. Pero no.

Llegó el verano de 2020 y los grandes festivales se adueñaron de Barcelona organizando ciclos de conciertos con el máximo aforo permitido. Llegó el invierno y se hizo el concierto-ensayo en la sala Apolo. Llegó la primavera y con ella la gran prueba en el Palau Sant Jordi con Love of Lesbian. Todos los movimientos van encaminados en la misma dirección: salvar los festivales. Pero, ¿por qué parece que lo mas importante para la música en vivo de este país es que este verano renazca el mayor número posible de festivales? ¡Hace 20 años la mayoría ni existían!

Se supone que todo lo que se avance gracias a los ensayos a gran escala beneficiará al resto de escenarios. Sin embargo, el concierto en Apolo no fue el punto de partida para idear estrategias que permitieran mejorar el funcionamiento de las salas pequeñas durante la pandemia ni para reabrir las medianas. Aquel ensayo no estaba encaminado a recuperar el circuito de base. Solo era un paso previo de cara al siguiente ensayo, ya con mucho más público, y cuyo objetivo final no es otro que recuperar cuanto antes las citas estivales.

Mientras tanto, los bares de proximidad, las asociaciones de barrio, las comisiones de fiestas mayores, los colectivos que programan en locales no comerciales, las comunidades autogestionadas y, en definitiva, ese infinito enjambre de escenarios en los márgenes de la cultura oficial y en los arcenes de la industria cultural sigue maniatado. Una desgracia porque justamente estos espacios son los que garantizan el acceso real de la ciudadanía a la música en vivo, los que fomentan la diversidad cultural y los que cultivan el pensamiento crítico.

El ahínco con que los promotores de grandes festivales planifican estrategias de recuperación de su actividad es razonable. Otro asunto es que la administración solo responda a las presiones de este lobby. Si esta es la única política cultural para la música en vivo, nos encaminamos hacia un horizonte en el que se acentuará la brecha entre quien puede permitirse acudir a esos grandes eventos y quienes nunca pudieron. Una brecha paralela a la que separa a los artistas habituales en estos festivales y los que nunca tuvieron cabida en ellos.

Pensar a lo grande es, paradójicamente, sembrar en silencio y con constancia todo el país para obtener un sotobosque fértil, diverso y capaz de solventar futuros embates. Volver a pensar en congregar al máximo número de gente ante los grandes escenarios veraniegos, sin fortalecer antes los cientos de espacios que podrían acoger cantidades menores de público durante todo el año, es pensar en corto. Es querer reconstruir la casa por el tejado. Una casa carcomida hasta el tuétano por la precariedad, la eventualidad y los pagos en negro.

Tras el verano llegará el otoño y para entonces habrán desaparecido infinidad de bares, locales, colectivos y asociaciones dejando huérfanos a miles de espectadores. A muchos más que los que suma cualquiera de esos grandes festivales que hoy se postulan como garantes de la salud cultural del país. Todo avance suma, por supuesto, pero parece que volvemos a sumar en la misma dirección: de arriba a abajo. Y la naturaleza es obstinada: solo se crece de abajo a arriba.

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