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La insólita remontada del disco de vinilo

El viejo microsurco, desterrado por la industria en los 80, releva al cedé como formato físico hegemónico en EE UU y va camino del sorpaso en el Reino Unido y España

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Los discos de vinilo dominaron plácidamente el mercado de la música grabada desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta mediados de la década de los 80. El panorama cambió radicalmente con la aparición del Compact Disc y, sobre todo, con las agresivas políticas llevadas a cabo por la industria discográfica para imponer su nueva criatura. La presión de los grandes sellos (que se negaron, por ejemplo, a aceptar la devolución de discos de vinilo para forzar a los comercios a apostar por el cedé) provocó la traumática sustitución de un formato por otro. En 1986, los ingresos por las ventas de cedés superaron a los de vinilos, y así ha continuado siendo durante décadas. Hasta ahora.

Después de un largo periodo de desahucio, salvados de la extinción absoluta por la dedicación de los coleccionistas y por la devoción de los disc-jockeys, los discos de vinilo iniciaron una discreta pero sostenida expansión hacia el año 2007. Se trataba de un fenómeno insólito porque no existían precedentes de dispositivos tecnológicos que hubieran recuperado cuota de mercado después de ser condenados a la obsolescencia por la propia industria y porque, además, se produjo en un momento en el que la revolución digital había provocado en el negocio de la música grabada el hundimiento de los formatos físicos y, muy particularmente, del disco compacto.

El inesperado crecimiento del vinilo ha ido en paralelo a la caída del cedé y tenía que llegar, por tanto, un momento en el que ambas trayectorias se cruzaran de nuevo. Pues bien, parece ser que ese momento ha llegado. Al menos, así ha ocurrido ya en Estados Unidos, que sigue siendo el mercado discográfico más importante del mundo. En 2020, los estadounidenses se gastaron más dinero en la compra de discos de policloruro de vinilo que en la de cedés, algo que no había sucedido en los últimos 34 años. Y todos los indicadores apuntan que este 2021 será el año de la remontada también en países como el Reino Unido.

Enriquecer la experiencia

Así lo cree Geoff Taylor, director ejecutivo de la British Phonographic Industry (BPI), la asociación que representa a las empresas que componen el poderoso mercado discográfico británico. «2021 será muy probablemente el año en el que los ingresos derivados de la venta de elepés superen a los de cedés en el Reino Unido, algo que no ocurre desde 1987», asegura. Y aporta una justificación al fenómeno: «Además de la inmediatez y la comodidad que ofrecen los servicios de streaming, los fans quieren sentirse más próximos a los artistas que admiran a través de la posesión de un objeto tangible, y cada vez son más los que descubren que el disco de vinilo es una forma de enriquecer su experiencia como oyentes de música».

Las explicaciones de Taylor, como en general todas las que llegan desde el bando de la industria, obvian el papel determinante que la imposición abusiva del cedé jugó en la conversión digital del negocio de la música grabada, un proceso descontrolado que acabó provocando el derrumbe del sector tal como lo conocíamos. El disco de vinilo, con su cálido sonido analógico y sus portadas rutilantes, sí hubiera podido ser una alternativa razonable a la, por otro lado inevitable, desmaterialización de los contenidos musicales, pero fue enviado al inframundo, y si sobrevivió en condiciones de extrema precariedad no fue gracias a las grandes compañías, sino contra ellas.

Es por ello que hoy, a pesar del innegable florecimiento del formato, sigue ocupando una posición muy subalterna en el conjunto de la industria. Fijémonos en el caso de EEUU para poner las cosas en perspectiva. En el año 2011, las ventas de cedés representaban en aquel país el 45,5% del mercado discográfico mientras que el vinilo suponía un residual 1,7%. Al cabo de una década, los ingresos generados por los discos de vinilo casi se han multiplicado por cinco, pero su cuota de participación en el total del negocio sigue siendo discreta (apenas un 5,1%) ante la creciente hegemonía de los servicios de suscripción a plataformas de streaming, que se llevan el 83% del pastel (más de 8.500 millones de euros generados en 2020). Le queda al vinilo el consuelo de saber que su archienemigo compacto, tras más de 10 años de caída libre, ya solo ocupa el 4% del mercado. Y bajando.

La perspectiva de un posible sorpaso también en España resulta algo más incierta, complicada por la anomalía que supone el estado de alarma. «Lo que ocurrirá durante este año todavía es impredecible -señala Antonio Guisasola, presidente de Promusicae, entidad que agrupa a más del 95% del sector discográfico del país-. La tendencia apunta hacia un nuevo crecimiento [del vinilo], pero la coexistencia de formatos es por ahora una realidad».

Sorteando el bache

Las cifras de 2020, tomadas de forma aislada, parecen sugerir que en España la remontada queda todavía un poco lejos. «Los datos son contundentes: dos de cada tres discos vendidos siguieron siendo en formato cedé», subraya Guisasola. Pero la secuencia histórica de los últimos siete años refleja una caída sostenida del compacto frente a una recuperación del vinilo que ha resistido incluso a las restricciones impuestas a los comercios por la crisis sanitaria. «En un año de pandemia en el que la venta física se ha visto resentida, el vinilo ha logrado sortear el bache manteniendo sus ventas al nivel del año pasado -destaca el presidente de Promusicae-. Eso es una demostración manifiesta del interés que despierta el formato para los aficionados españoles».

Un interés que se sustenta, sobre todo, en lo que el experto en el funcionamiento de la industria musical Daniel Vidaur llama el «valor tangible» del disco de vinilo. «El hecho de que se puede tocar, palpar, aporta claramente un valor diferencial. Al comprador le provoca una mayor sensación de propiedad, le lleva a una identificación más plena con el disco en cuestión, lo hace suyo». Vidaur aporta un par de claves más para entender esta vuelta al microsurco. «También hay que tener en cuenta su calidad de sonido, especialmente en los discos de catálogo (hay que recordar que esas grabaciones se concebían para ese formato, el único existente durante muchos años), y su tamaño, ideal para reproducir portadas con valor artístico, que es algo que el público también aprecia».

Tanto Guisasola como Vidaur coinciden en asegurar que el vinilo atesora «valores» suficientes para trascender la condición de mero fetiche nostálgico y apelar a las nuevas generaciones, las educadas en la cultura digital. El jefe de Promusicae recalca que la apuesta de la industria por el viejo formato va muy en serio: «Nostalgia para algunos o novedad para otros, lo cierto es que el vinilo es el refugio musical de cada vez más gente. Y esta vez está claro que ha vuelto para quedarse».

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