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Diario de Mallorca

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Crítica de música | Concierto con contrastes

Tanto el Concierto para piano y orquesta número 22 de Mozart como la Patética de Chaikovsky, son obras curiosas, que salen del modelo establecido en la época. El compositor de Salzburgo introduce nuevas maneras de ensamblar la orquesta con el teclado, componiendo unos diálogos, en el segundo movimiento, exquisitos pero innovadores. El ruso contrasta en un mismo movimiento temas muy líricos con otros llenos de explosión sonora; tal como me apunta el amigo Juanjo Company, «más que deberíamos llamarla apasionada y emotiva, pues traducir patetícheskaya por patética es poco procedente».

Concierto y Sinfonía son obras gigantes en su género, y hay que aplaudir que se mostraran juntas en un mismo programa, el del pasado jueves en el Trui Teatre y formando parte de la programación de abono de nuestra Simfònica.

Para la ocasión se contó con un solista de mucho prestigio: Till Fellner, que fue alumno de Alfred Brendel y, para algunos, su más fiel seguidor estético, calificativo que no parece exagerado visto cómo se puso ante esa partitura mozartiana: delicado pero enérgico a la vez, consiguiendo que esos contrastes y diálogos nos parecieran, aunque archiconocidos, nuevos. Esa es la magia de los grandes, hacer lecturas que otros no han hecho y descubrirnos elementos harmónicos que habían quedado atrás. Enhorabuena por ese Mozart y por el Liszt que interpretó como bis.

La orquesta, con demasiada cuerda para Mozart, sonó bien en esa primera parte, quizás poco mozartiana, aunque coherente con la visión del director Joji Hattori, que, sin duda, consiguió más musicalidad en la Sinfonía, a la que imprimió un carácter fuerte y permitió que todas las secciones dieron el todo por el todo. Aplausos para el primer violonchelista por su aportación en el segundo movimiento.

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