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OPINIÓN

El cine español, en una sala vacía

Antonio Banderas con todos los nominados conectados desde casa.

Antonio Banderas con todos los nominados conectados desde casa. EFE

Las películas se han devaluado escandalosamente en un año. Un programa sobre vacunas hubiera superado en audiencia a la entrega de los Goya. Por eso Antonio Banderas, peinado de Simeone, abrió la gala con un discurso epidemiológico después de «un año reflexionando». Nadie negará que una sala vacía es el mejor símbolo habitual del cine español, y ahora además del mundial.

María Casado fue la presentadora secundaria, no solo por orden de aparición. Tiene el rango limitado de una locutora de telediario. Habla de «un abrazo figurado» como si fueran unas décimas del PIB. Aparece el inevitable Almodóvar, y Las Niñas pierde el primer Goya de la noche. La galardonada inaugural homenajea a «mi prima Estíbaliz», así se malgasta el prime time en La Uno. Se entiende que el cine español no tenga «categoría de esencial», como admitió Banderas y nadie se atrevería a discutirle.

Akelarre obtiene tres de los cuatro primeros Goya entregados, y llegaría a la media docena. La película ha tenido 50 mil espectadores. Es decir, la ha visto uno de cada mil españoles, ocupa el número setenta por taquilla del deprimente 2020. Como bien dijo uno de los agraciados, «esto no sería posible» en un mundo normal.

La primera injusticia de la noche fue que la extraordinaria revelación de Milena Smit en No Matarás, una cinta de iluminación coreana, fuera derrotada por alguien de Ane, película que han visto 18 mil personas, y que es la número 123 más taquillera de un año sin competencia. Estos disparates no sorprenden en una gala donde la presentadora de un premio, Najwa Nimri, se equivoca con el título premiado. Tratándose de La Boda de Rosa, paradigma de la degradación de las grandes esperanzas del cine español hacia el sentimentalismo, cabe hablar de gesto justiciero.

La segunda injusticia de la noche fue que Las niñas, mera revisión postmoderna del cine casposo de Summers, ganara el premio a la mejor dirección novel a Nuria Giménez Lorant, autora de My Mexican Bretzel. Esta extraordinaria mixtificación es la única película de la gala que hubiera firmado Goya. Se hablará de ella en siglos, no puede extrañar que su dirección sea menospreciada por un cine incapaz de crear ni el equivalente a la oscarizada Parásitos, revisión coreana del homenajeado Berlanga. La primera justicia de la noche fue el galardón politizado por Alberto San Juan. La segunda, el premio a Mario Casas por interpretarse a sí mismo en No matarás.

El presidente de la Academia fue tan anodino que no merece ni ser nombrado. Felicitó a «sanitarios» y «fuerzas de seguridad» como si fuera un ministro, en un insípido burocratés. Ni siquiera se atrevió con el chiste de que por primera vez podía recogerse un Goya en ropa interior de cintura para abajo.

Ha llegado el momento del exabrupto, porque a los profesionales del cine parece no molestarles como profesionales la sala vacía que a mí me indigna como cliente. La teórica mejor película es Las niñas, y a quién le importa. La gala ni siquiera tiene la disculpa de haber colado de rondón un clásico de Lluís Llach en castellano.

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