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El Amplificador | Ángel Cubero: El bajista que tocó el cielo

El músico que toda banda querría tener, por su destreza, disciplina, entrega y simpatía, milita hoy en L.A., el grupo de Luis Alberto Segura que regresa con material nuevo en octubre. Antes estuvo en Vancouvers, The Nash y Los Malditos

El Amplificador: El bajo que alcanzó el cielo G. Bosch

Con los Vancouvers puso el pie en el circuito musical; con The Nash cumplió el sueño de tocar fuera de España; y con L.A. alcanzó el éxito. Con esta última, la banda de Luis Alberto Segura, regresará a los escenarios tras un año silencioso, de vacío, «sin un maldito concierto», escupe. Lo hará el próximo mes de octubre, cuando se publique el primer single de su nuevo disco. Entretanto disfruta con otras de sus pasiones, como son la navegación, a bordo de su llaüt, y el cómic, codo a codo con Javier Tubert.

«Navegar es una necesidad vital», afirma el patrón del Estel IV, llaüt de 7,5 metros de eslora amarrado en el Port d’Alcúdia, en el mismo lugar donde su abuelo y su padre le inculcaron el amor por el mar. «Siempre me llevaban a pescar con el Bogavante, un llaüt que fue construido en 1927 en Campos. Yo nací en febrero del 71 y el verano de ese mismo año ya me llevaron de pesca». Siempre que puede, se pone al timón para realizar excursiones marineras con la familia, con su mujer Marina y sus dos hijos, Carlos y Luis; y en verano alquila un gran catamarán, «a lo Cristiano», para disfrutarlo con sus amistades.

«Tengo mono de concierto», confiesa el bajista de L.A. El 5 de octubre es la fecha señalada para el despegue, a ritmo de Spend my time, título del primer single del nuevo álbum, Evergreen Oak. «Es un trabajo que me recuerda al Luis de los principios de L.A., experimental, con grabaciones sin ataduras, como un niño. Me imagino que tres meses en la montaña, los que ha estado para grabar estas canciones, en Orient, quitan presión. Suena muy orgánico», adelanta. Pese al año de vacío musical, por la pandemia, Ángel Cubero se siente afortunado. «Menos mal que aun tengo trabajo», dice en referencia a su empleo en el departamento de marketing y medios de pago de la Banca March, a la que lleva ligada desde hace veintiún años. «Quienes resisten dedicándose al cien por cien a la música son unos héroes».

Ángel Cubero, con su bajo acústico, en su llaüt ‘Estel IV’, en el Port d’Alcúdia.

Entrar en L.A. fue como tocar el cielo. Hace poco más de diez años se planteó el dejar de girar, estando como estaba de vuelta de todo. «Las casualidades pasan por tu puerta y el petardazo de L.A. lo cambió todo». Con el grupo que completan Pep Mulet y Dimas Frías ha saboreado las mieles de los aplausos y el reconocimiento de la crítica, y ha sabido qué se siente al vivir un fenómeno del rock, del indie rock. «Me alegro de haberlo vivido de mayor, porque se saborea más a gusto», apunta.

Nacido en el barrio de Son Armadams , fue su hermano mayor, Manolo, con su grupo Sátiros, quien le descubrió el mundo de la música en directo. «Cuando le vi tocar me dije: esto es posible. Viendo a mi hermano tocar creía ver a Tom Petty», rebobina con una sonrisa. La elección de su instrumento no fue, por tanto, casual, aunque Ángel se maneja igual de bien con lo que le echen, ya sea una batería o una guitarra. Conocimientos musicales que, si se solicitan, pone al servicio de su otro hermano, Santi, que sigue tocando, en Madrid, con Atalaya Roja.

El bajo es el instrumento «menos agradecido que hay. Nadie sabe lo que hace un bajo. Qué bien tocas la guitarra, me han llegado a decir tras un concierto. Yo me lo paso bien con él tocándolo, pero necesito compañía. El rock es como el fútbol. Un grupo de rock necesita un bajo y una guitarra, y en el fútbol se necesita un defensa y un delantero, un Puyol y un Messi. En ambos casos se exige cuerpo y músculo», reflexiona.

El cómic completa su tríada, un lenguaje que cultiva junto al ilustrador Javier Tubert. Ambos estrenaron hace 20 años la tira cómica Salt&Lemon, en la revista Mondo Sonoro edición balear que coordinaba Luis Alberto Segura, y con la que mostraban todas las caras del mundo de la música: la precariedad, la falta de ayudas institucionales, la relación con las salas de conciertos, los festivales, los promotores o las penosas condiciones de las salas de ensayo. Tres lustros después han decidido volver, con nuevas historias, poniendo el foco sobre una profesión, la de músico, que vive momentos de angustia.

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