En la muestra de A Coruña se encuentran, sobre todo, obras de las últimas décadas en la trayectoria artística de Miró. ¿Qué representa esta etapa de su abuelo?

Esta etapa representa la culminación como Joan Miró y también el momento en que supo romper con la tradición y abrazar una pintura mucho más poética, más musical, pero a la vez transgresora e iconoclasta. Sin nunca olvidar la experimentación con diferentes soportes como maderas, cartones, linos, así como otros materiales como la gasolina, el aguarrás, la permentina, el disolvente y la pintura, ya sea témpera, óleo o acrílico. De esta exposición en Galicia, lo que me sorprende de la obra de mi abuelo es que era un hombre capaz de reinventarse constantemente. Como decía Mark Rothko, Miró es un pintor expresionista. Picasso no supo romper con la tradición y Miró lo consiguió. La suya es una pintura surrealista, del mundo de los sueños, mucho más abrazada a la psicología de la intuición. Ha sabido aunar música y poesía. Un poeta francés dijo que mi abuelo era el único pintor del siglo XX que podía actuar como un poeta capaz de musicar su pintura.

¿Qué recuerda de aquellos últimos años con su abuelo?

Cuando él tenía 85 años, recuerdo que iba a verlo a su casa de Palma. Yo entonces tenía diez años. Por las tardes, respondía a mano toda la correspondencia de André Breton, Louis Aragon, Octavio Paz, Pablo Neruda, Picasso... Nunca tuvo una secretaria. Todo lo hacía él a mano. Se pasaba una hora leyendo poesía y una hora escuchando música. Decía que era el alimento de su alma. Su pintura nace de la poesía y de la música.

Usted ha investigado la influencia de la música en la obra de Miró, que recogió en un libro.

Sí. Mi abuelo dijo que sus cuadros eran un poema musicado por un pintor. Introdujo la música desde un punto contemporáneo y también experimental. El problema de la figuración es que aporta una pintura volumétrica académica, pero el riesgo de la abstracción es extraordinario. Mi abuelo decía «cuando tenga 80 años haré una pintura digna» porque tenía que desaprender lo aprendido en la academia. Era un brujo del color que entró en un mundo experimental y desconocido.

En la Fundación Barrié también se puede ver parte del proceso creativo del artista, ¿qué importancia tiene?

Eso para mí es fundamental. Él decía que su pintura era como un hortelano que trabaja un huerto con tomates, cebollas, alcachofas, zanahorias y, a la vez, con frutales, como el manzano, el limonero y el naranjo. Hay que dejar que la fruta madure. Cuando iba a su casa Camilo José Cela, que era su vecino, le decía que era un agricultor que sabe trabajar la tierra. Miró ponía todos los cuadros como castigados contra la pared y cuando venía Camilo los giraba. El golpe era maravilloso. Camilo tenía su punto brujo y Miró, como gran catalán, también. En Galicia hay esa ceremonia con el fuego, la queimada, que es muy especial.

¿Qué obra de las que se exponen en A Coruña es para usted más especial?

En esta muestra hay una serie de pinturas que se llaman Tête, es decir, cabeza, que son autorretratos surrealistas. Él se imaginaba una especie de energía positiva, intentando captar un sentimiento. Como el Art Brut de Millares o Antonio Saura. Saura también pintó el perro de Goya y hay un paralelismo con las obras de mi abuelo. Pintaba lo subconsciente, lo inalcanzable, lo efímero.

Y, en general, ¿qué pieza de su abuelo es su preferida?

Para mí tiene un valor especial la escultura El pájaro lunar, que se encuentra en el Museo Reina Sofía. Está en el patio, junto a una obra de Alexander Calder. Ahí se ve la universalidad de Joan Miró que tan poco valoramos en España. Mi abuelo abrió las puertas a nuestro país como hicieron Picasso y Dalí. Son baluartes del surrealismo sin parangón. Pero estamos en una especie de provincialismo que es una pena. La obra de Miró ha ido de Tokio a Nueva York, pasando por París y Nueva Zelanda. Uno de los grandes maestros del siglo XX, pero aquí es un pintor desconocido. Es cierto que era poco permeable al público general, porque era un poeta. Al espectador se le escapa un poco porque hay que estar preparado para afrontar la pintura mironiana. Abarca los mundos poético, astral, visual y también es muy cercano al cosmos.

¿Opina que no es un artista tan valorado como Picasso o Dalí?

Sin duda. Picasso y Dalí eran más barrocos y académicos. En su obra, puedes encontrar un lugar donde reposar tu ojo. Con Miró eso es imposible. Te planta cara desde el momento cero. Estás perdido si no has leído a grandes poetas o a surrealistas, a Freud, a Oscar Wilde, a Kafka.

¿La Fundación Joan Miró nació con ese ánimo de mantener y divulgar su legado?

Sí. Como decía un amigo mío, Miró permanece como el gran pintor por descubrir en el siglo XXI. La gran fuerza de su obra es la atemporalidad. Así como en el siglo XXV, veremos a Picasso como un clásico. Miró será posmoderno.

¿Qué le ha marcado de esa figura?

Lo que recuerdo es que era un enfant terrible del siglo XX, provocador, inventor de lenguajes pictóricos, pero si había un acto, se ponía un traje hecho a medida de un costurero de Reus y era una máscara. Sabía protegerse de los periodistas, de galeristas, de directores de museos. Lo que vi fue un Miró muy creador en su estudio, libre y valiente hasta que murió. Murió el 25 de diciembre de 1983, en Mallorca, en su casa, y hasta el último día trabajó sin parar. Eso me dejo la convicción de que, sea cual sea tu vocación, no pares de hacerlo lo mejor posible hasta el día de tu muerte.

«Los creadores estamos deprimidísimos»

¿Considera que su pasión por el arte y la música la ha heredado de su abuelo?

Sí. Soy una persona que tiene muchas fragilidades y miedos. Siempre cuestiono todo lo que hago. Soy un perfecto perdedor. Por eso necesito lanzarme a la arena del gladiador espiritual y hacer política desde la música y el arte.

En pleno confinamiento creó el grupo de rock Pullman. ¿Es una manera de evadirse de lo que está ocurriendo?

Es un grito a la vida en un momento terrorífico. Esto es una Tercera Guerra Mundial, una Guerra Fría. Los creadores estamos deprimidísimos y atemorizados. Es un grito nihilista, de socorro, con pintura y música, porque si no nos vamos a suicidar. No sabemos a dónde dirigir el pálpito artístico, eso te lo da el rock and roll y el arte en general.

También le preocupa el cambio climático.

Claro. Hay una serie de virus que estaban congelados en los polos, que se están descongelando. Eso va a ser peor que el coronavirus. Todo tiene que ver con el cambio climático. También me preocupa el problema del plástico en el mar. Eso es insoportable.

Cuarenta y siete piezas de Joan Miró ocupan desde la semana pasada los espacios de la Fundación Barrié en la muestra Miró. Una exposición. En ella se puede ver parte del proceso creativo del pintor catalán, «fundamental» en su obra, según su nieto, Joan Punyet, que reivindica el legado de su abuelo.