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Impostores de libro

Laura Dern y Kristen Stewart, en 'JT Leroy: engañando a Hollywood'.

Laura Dern y Kristen Stewart, en 'JT Leroy: engañando a Hollywood'.

En 1999, un misterioso adolescente. llamado JT Leroy saltó a la fama gracias al libro autobiográfico ‘Sarah’, en el que describía una niñez marcada por abusos sexuales, prostitución y drogas. Ni el muchacho ni sus traumas, se supo años después, existían. Su caso, que el próximo viernes llega a Movistar + convertida en el ‘biopic’ ‘JT Leroy: engañando a Hollywood’, nos da pie a recordar a otros estafadores de la literatura

KONRAD KUJAU

En abril de 1983 el rotativo británico The Sunday Times y la revista alemana Stern anunciaron la publicación de extractos de los diarios de Hitler, que cubrían la historia del Tercer Reich entre 1933 y 1945; los había sacado a la luz un empleado de Stern, Gerd Heidemann, del que después se supo que frecuentaba círculos fascistas, había sido pareja de la hija de Goering y coleccionaba memorabilia nazi. Dos semanas después del inicio de la publicación, se descubrió que el papel y la tinta usados para escribir los documentos habían sido manufacturados mucho después de la muerte del Führer. Inmediatamente, Heideman delató a Konrad Kujau, un delincuente de poca monta dotado para reproducir caligrafías ajenas. Tras cumplir pena de prisión, Kujau montó un museo de las falsificaciones en Mallorca.

El falsificador Konrad Kujau, en 1998, firmando un ejemplar de uno de sus libros

LEE ISRAEL

Se ganaba la vida escribiendo biografías de figuras como Tallulah Bankhead y Estée Lauder, hasta que a principios de los 90 perdió el favor del mercado editorial. Entonces descubrió la facilidad con la que podía falsificar cartas firmadas por Dorothy Parker, Noel Coward y otros escritores famosos. Invirtió en máquinas de escribir de segunda mano, robó vieja papelería con marcas de agua y perfeccionó el arte de calcar firmas, y así llegó a vender más de 400 misivas falsas. También robó cartas auténticas de William Faulkner, Eugene O’Neill y otros autores, que reemplazó con falsificaciones. El FBI no tardó en llamar a su puerta. Tras escribir un libro de memorias, se hizo casi tan famosa como algunos de aquellos a quienes había suplantado. El biopic ¿Podrás perdonarme algún día? (2017) recrea su peripecia

Fotograma del ‘biopic’ sobre Lee Israel, ‘¿Podrás perdonarme algún día?’, con Melissa McCarthy y Jack Hock

KENT JOHNSON

En 1991, varias revistas literarias estadounidenses empezaron a recibir los poemas de Araki Yasusada, un autor fallecido y completamente desconocido de intrigante biografía –al parecer, había sobrevivido a Hiroshima–; los textos solían llegar acompañados de fragmentos de su diario personal o de bocetos de su rostro. El trabajo del nipón fue elogiado y publicitado, y se llegó a planificar la publicación de un libro. El problema es que, en cuanto alguien se tomó la molestia de indagar en su biografía, quedó claro que el tal Yasusada no existía. Inicialmente se creyó que tras el engaño se encontraba un traductor llamado Tosa Motokiyu... hasta que se descubrió que también él era una ficción. El responsable de todo resultó ser Kent Johnson, un aburrido profesor de mediana edad residente en Illinois.

CLIFFORD IRWING

Probablemente uno de los grandes caraduras de la historia, en 1971 hizo creer a una importante editorial que tenía permiso del misterioso Howard Hughes para publicar su autobiografía, y a partir de entonces su mentira no solo burló a expertos en grafología y detectores de mentiras sino que también, se dice, fue una de las causas del Watergate –Nixon temía que el libro fuera a desvelar sus oscuros vínculos con el magnate–. Clifford Irving estaba convencido de que Hughes, que por entonces vivía del todo recluido, no tendría el arrojo de salir a la luz pública para destapar el fraude; quizá debería haber imaginado que sus abogados sí lo harían. El timador fue encarnado por Richard Gere en La gran estafa (2006), biopic basado en el libro de memorias Clifford Irving’: What Really Happened (1972).

WILLIAM-HENRY IRELAND

En la primavera de 1795, con 19 años, encontró en un viejo baúl un montón de papeles deteriorados que no eran sino cartas, poemas y otros documentos firmados por un tal Shakespeare. Entre ellos había nada menos que una obra de teatro inacabada, Vortigern y Rowena, que fue saludada como una adición fascinante al canon del dramaturgo inglés. El chaval, se supo después, lo había escrito todo él mismo con el único objetivo de impresionar a su padre, un anticuario arrogante y autoritario. Aquellas falsificaciones eran del todo rudimentarias, pero la mayor parte de los expertos que las revisaron estaban tan entusiasmados con el hallazgo que cayeron por completo en la trampa. Repudiado por su progenitor, que no le perdonó la humillación, Ireland pasó su adultez escribiendo pésimas novelas góticas.

WILLIAM SHAKESPEARE

¿Fue Shakespeare realmente el autor de las obras de teatro por las que ha pasado a la historia? La duda existe desde que, en 1785, James Wilmot quiso escribir una biografía del bardo; incapaz de encontrar registro alguno de su persona en una biblioteca ni una sola carta que llevara su rúbrica, resolvió que el hijo de un fabricante de guantes jamás habría adquirido el nivel de cultura suficiente para escribir Romeo y Julieta. Según la clasista teoría –con el tiempo respaldada por celebridades como Mark Twain, Sigmund Freud, Walt Whitman, Malcolm X y Orson Welles–, tras la firma de Shakespeare podría encontrarse el filósofo Francis Bacon. O Edward de Vere, conde de Oxford. O el dramaturgo Christopher Marlowe, considerado su gran rival. O, incluso, la mismísima reina Isabel I.Laura Dern y Kristen

Stewart, en ‘JT Leroy: engañando a Hollywood’

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