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Cazadoras

El modelo del «hombre cazador» propuesto, entre otros, por Sherwood Washburn y Chet Lancaster en 1968 no tomaba la palabra «hombre» como sustantivo general aplicable a toda la especie. Los paleoantropólogos han dado por supuesto de forma muy generalizada que, desde la aparición en el género Homo de las herramientas que permitían cazar –hace más de dos millones de años–, esa tarea de obtención de alimentos correspondía a los varones. A las mujeres, por el contrario, se les asignaba la función de recolectar que, por cierto, sería esencial en las largas épocas del año en las que la caza habría sido imposible.

Esa división del trabajo en función del sexo ha dado lugar a teorías tan interesantes como la de James O’Connell sobre la importancia de las abuelas en la adaptación de Homo erectus. Las mujeres mayores podrían brindar una ayuda al mantenimiento del grupo cuando las mujeres fértiles acababan de parir y, sobre necesitar más comida, se encontraban con dificultades añadidas para poder recolectar de forma habitual.

Pero un artículo publicado en la revista Science por Randall Haas, investigador del departamento de Antropología en la Universidad de California (Davis, Estados Unidos), y colaboradores desmonta la firmeza de esa hipótesis de división sexual del trabajo. Las excavaciones realizadas por los autores en el yacimiento andino de Wilamaya Patjxa (Perú) han revelado un enterramiento con una edad de cerca de 9.000 años, WMP6, en el que los autores asocian los restos humanos a un conjunto de herramientas de caza, como puntas de proyectiles de piedra, y útiles para el procesamiento de las presas. El examen de los huesos, añadidos a análisis isotópicos y proteínicos, ponen de manifiesto según Hass y colaboradores que el ser humano enterrado en WMP6 es una mujer joven que se alimentaba de plantas y animales terrestres. Los autores concluyen, pues, que las prácticas laborales de la América de hace 9.000 años no tenían sesgo de género: la mujer enterrada en WMP6 era «cazadora de caza mayor». Se trata del ejemplo más antiguo que puede ofrecerse de esa ausencia de roles sexuales en la obtención de alimentos.

Por desgracia, se conoce muy poco el mundo cotidiano del Pleistoceno Superior, y menos aún el del Pleistoceno Medio. Puede ser que las mujeres de Homo erectus cazasen también; puede que sólo recolectaran. Nos movemos en el terreno de las hipótesis. Pero lo que está fuera de duda es que la organización social de Homo erectus permitió algo insólito en términos darwinianos estrictos: la supervivencia de las mujeres mucho más allá de la edad en la que habían perdido ya su capacidad reproductiva. Que la explicación se vincule al papel de las abuelas en la recolección es una hipótesis todavía bien plausible.

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