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Crítica de música

Sinfonía, conciertos y preludios

El concierto que el pasado domingo ofreció nuestra Simfònica, en horario poco habitual, aunque muy adecuado para los espectáculos en fin de semana, fue realmente magnífico. Orquesta, director y solista llenaron el Trui Teatre de Palma de buena música y muy bien interpretada. Para empezar la formación ofreció una lectura muy interesante de la Cuarta Sinfonía de Beethoven, una partitura que como dijo Pablo Mielgo en la presentación «ha quedado poco valorada pues se sitúa entre dos obras enormes como son la Tercera y la Quinta del mismo compositor».

Cierto que la Cuarta no es tan popular como las dos que la envuelven, pero no hay duda que se trata de Beethoven en estado puro. Esa larga introducción lenta que conduce a la explosión sonora es propia de un genio. Mielgo optó, con buen criterio, por una versión acelerada de los tempi. Muy seguro, el director transmitió confianza y poderío a sus músicos, que sonaron muy musicales en todo momento. Una gran Cuarta, sin duda. Puestos a destacar, las cuerdas graves: violas, violonchelos y contrabajos.

Ya en la segunda parte, la orquesta, junto al solista invitado, Joaquín Achúcarro, interpretaron esa joya de la música del siglo XX que es el Concierto para piano en sol mayor de Ravel. Un latigazo sonoro en toda regla. Y nunca mejor dicho pues la primera nota la da el látigo, ese curioso instrumento de percusión.

Si con Beethoven llegamos al disfrute máximo, con Ravel rozamos la perfección. Todos los músicos estuvieron sublimes y a la altura del pianista, que conoce esta partitura pues la estudió en París con Marguerite Long, la persona que tocó la parte de piano el día del estreno en 1932. Achúcarro moduló muy bien el sonido, cosa nada fácil en una obra que pasa del clímax sonoro a la delicadeza lírica y melódica, con ese segundo movimiento en el que el teclado sirve de fondo musical sobre el cual se mueven otros solistas de viento, en especial el corno inglés, aquí sutilmente interpretado por Carlos Fortea, y que el director sentó junto al piano, para destacar más la conversación musical que establecen ambos instrumentos.

Y al final, tres bises. Que no es poco. Tres preludios para piano solo, dos de Gershwin y uno, para la mano izquierda, de Scriabin. Buen final para una tarde musical inolvidable, que el público, más numeroso que en el primer concierto de temporada, agradeció puesto en pie.

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