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Díaz de Castro: «Va a haber más ‘analfabestias’, Quevedo dijo ‘pueblo inculto es seguridad del tirano’»

Presenta esta colección de poemas enhebrados por las referencias al jazz esta tarde en la librería Quars de Palma

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El jazz le sirve al poeta Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947) de elemento vertebrador en su último poemario, una música de fondo que aúna desde una mirada crítico-social («mientras lo escribía el país desayunaba con la Gürtel»), la del inicio del libro, hasta otra más relajada, heredera de Epicuro, que celebra la vida, la amistad, el amor y la belleza. En el trayecto que propone el catedrático emérito de la UIB en Vamos a perdernos (editado en la colección Vandalia de la Fundación José Manuel Lara), el lector se adentra en un abanico amplio de referentes musicales, fotográficos, pictóricos y literarios, a saber, la experiencia de la cultura. Y se enfrenta a reflexiones más oscuras y de corte íntimo sobre el paso del tiempo, los anhelos o los sueños. Un goce para los sentidos, tanto físicos como intelectuales. «Este libro resume mis últimos años poéticos, recoge textos de cinco o seis años a esta parte», explica a este diario el poeta, que esta tarde (19 horas) lo presenta (con inscripción previa) en la librería Quars acompañado por María Payeras y Antoni Bernat.

En el apartado musical, atraviesan estas páginas Chet Baker (y su Let’s Get Lost, que da título al volumen), Duke Ellington, Charles Mingus, Bill Evans, Max Roach, Louis Armstrong o Billie Holiday, «la más intensa y entrañable de todos»). «Pero también hace una cameo David Bowie, a quien escribí un poema el día que murió. Bowie nació el mismo día que yo», confiesa el también crítico literario. Pero, sobre todo, el libro es puro jazz, «el género más libre, es código abierto». «Parto del convencimiento de que, de todas las artes, la que me parece más abierta y sugerente es la música. Porque la palabra siempre tiene connotaciones. La música te habla directamente a ti y abre un espacio emocional que no consigue ninguna otra disciplina», considera.

«Escribo para comunicarme y conocerme mejor. No busco romper ni epatar. Ése ya no es mi tiempo»

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En la música también hay toda una conciencia del tiempo. «John Coltrane hizo muchas versiones de My Favourite Things. En una de ellas, de media hora, la melodía tal y como la conocemos sólo se escucha durante un pequeño momento. Esa versión la tocó pocos meses antes de morir. En esa pieza había toda una conciencia del tiempo, la necesidad de captar un instante, el carpe diem.... Eso es también la fotografía», subraya Díaz de Castro sobre otra de sus grandes pasiones. «Roland Barthes decía que toda foto es melancólica y yo estoy de acuerdo porque fija un instante que ya no existe», comenta. Ese tono elegiaco también abunda en el libro, pero a su vez compensado por un tono celebratorio que deja pasar la luz a medida que se avanza por sus páginas.

Francisco Díaz de Castro.

Díaz de Castro es fiel a su estilo y a todos aquellos poetas que enseñaba en sus célebres clases de poesía contemporánea: Francisco Brines, Claudio Rodríguez, Ángel González, Gil de Biedma... «Escribo para comunicarme y para conocerme mejor. No busco romper ninguna tradición. Eso es para los jóvenes. Y ése ya no es mi tiempo estético», sostiene. «Ahora solo trato de afinar con lo que escribo», agrega.

Paco [así le llaman sus amigos] reconoce que ha escrito los poemas del primer tercio de Vamos a perdernos desde el desengaño social. «Pero siempre con la actitud de continuar y de seguir denunciando desde mi ámbito, que es la literatura. Y por supuesto, como ciudadano, voy a seguir votando», asevera.

La pandemia se cuela por las rendijas de un poema, Brindis, donde sugiere una celebración con choque de copas por videoconferencia. «Ahora mismo estamos viviendo una situación que se sitúa entre Orwell y Ray Bradbury, esperemos que pase pronto y que no hayan cambiado las reglas del juego», reflexiona preocupado por los efectos devastadores que puede tener la «nueva normalidad» en la democracia.

A sus 73 años, Díaz de Castro continúa practicando esa mentalidad epicúrea y actitud mediterránea que tanto le caracterizan. Y que por supuesto tiñen su último poemario, el duodécimo en su producción. «Para mí, sólo existe la mirada de cuando estás vivo, no pienso en la muerte. Por ello concibo la celebración de la vida, los goces del cuerpo y del espíritu. Y pienso que la amistad todo eso te lo permite. No hay nada mejor que una sobremesa con amigos y disfrutar de un buen vino con ellos», confiesa.

«De todas las artes, la que me parece más abierta y sugerente es la música, sobre todo el jazz»

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La docencia es ahora un capítulo del pasado para el poeta. En septiembre se jubiló tras una extensa carrera en el departamento de Literatura Española de la UIB. «Lo que no voy a echar de menos es dar clases en las condiciones actuales, hablando frente a una cámara y una pantalla, sin ver las reacciones en vivo de los alumnos», explica. Al exprofesor le preocupa la decisión del Ministerio de Educación de que los alumnos con más asignaturas suspendidas de lo que contempla la actual ley puedan pasar de curso. «Cada vez va a haber más analfabestias. Ya lo dijo Quevedo: ‘Pueblo inculto es seguridad del tirano’».

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