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Especies

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Las revistas científicas generalistas con mayor influencia -índice de impacto- dedican buena parte de su contenido a tratar de manera directa cuál es el balance de la lucha que la humanidad está manteniendo con el covid-19, centrándose claro es no tanto en las estrategias políticas -que también- como en las de epidemiólogos, virólogos y genéticos moleculares. Resulta inevitable que sea así; al fin y al cabo los diarios de información general dan más noticias relacionadas con el coronavirus que con el fútbol, incluso cuando surge una bomba informativa como la del futuro de Messi.

Semejante reiteración sobre la pandemia, sus causas y sus consecuencias llega a hartar incluso si hablamos de asuntos científicos. Pero en ocasiones aparece un artículo que, pese a estar relacionado con la alarma en la que nos ha sumido el Covid-19, ofrece un aspecto novedoso y, por ende, interesante. Es lo que sucede con el trabajo publicado en la revista Nature por Rory Gibb, investigador del Departamento de Genética, Evolución y Medio Ambiente en el Centre for Biodiversity and Environment Research del University College de Londres (Reino Unido), y colaboradores. Su análisis se centra en una pregunta: ¿influye la destrucción de hábitats naturales por parte de la humanidad en el fomento de los patógenos que nos amenazan? De forma intuitiva cabría decir ya que sí, que la desertización creciente, la pérdida de masa arbolada y la expansión urbana son todos ellos factores que amenazan la salud. Pero la manera como Gibb y colaboradores abordan una respuesta más técnica es la que llama la atención.

Los autores se centran en la competencia entre especies de vertebrados, distinguiendo dos tipos de ellas: el de los especialistas en el aprovechamiento de un determinado ecosistema, que suelen ser animales más grandes y longevos, y el de aquellas especies generalistas, menos especializadas, que forman poblaciones más grandes pero de animales más pequeños y de menor esperanza de vida. Esos dos tipos los podríamos denominar, siguiendo a los comentaristas que presentan el artículo de Gibbs et al, "rinocerontes" frente a "ratas".

Tras analizar 6.801 conjuntos ecológicos y 376 especies, Gibbs y colaboradores concluyen que el uso de la tierra por parte de la humanidad tiene efectos tanto en las especies digamos salvajes como en los patógenos y parásitos que albergan. Las especies con mayor cantidad de patógenos, tanto si son compartidos por los humanos como si no lo son, resultan ser precisamente las de "tipo rata" que ocupan hábitats perturbados por nosotros. Como conclusión, los autores sugieren que los cambios globales en el modo y la intensidad del uso de la tierra están creando interfaces cada vez más peligrosas entre personas, ganado y reservorios silvestres de enfermedades zoonóticas. Es cuestión de sólo un paso más el que, como parece que ha sucedido con el Covid-19, el patógeno pase de una especie silvestre a la humana.

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