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Un hermano sin cuerpo. Capítulo 6.

Cuerpo

A mi hermano, la única persona que tenía en este mundo, se le estaba yendo la olla y no sabía cómo podía ayudarlo. Tuve que acostumbrarme a la angustia de no saber qué sería de él, qué sería de nosotros

A mí, las cosas que me decía mi hermano me parecían una locura. Que si somos capaces de asesinar vidas animales porque no tienen conciencia humana, ¿por qué no sacrificamos a los miembros de nuestra especie que tampoco la tienen, como los enfermos en coma irreversible o con discapacidades graves o a los viejos con demencia? Creía que lo decía en broma pero no, no había ni rastro de ironía en su expresión enloquecida. No sabía qué hacer. A mi hermano, la única persona que tenía en este mundo, se le estaba yendo la olla y no sabía cómo podía ayudarlo. Llamé al 061 con el miedo de que aún fuera de pago y me llegara una factura de un ojo de la cara por pedir ayuda. Una compañera me dijo que no, que ya lo habían cambiado y ahora era gratuito. Pero siempre estaba ocupado, me hacían esperar y yo no podía esperar porque llamaba a escondidas escapándome un momento al almacén. Me daba miedo que mi hermano hiciera alguna tontería. Como no conseguí que me atendiera nadie, ni siquiera por teléfono, tuve que acostumbrarme a la angustia de no saber qué sería de él, qué sería de nosotros.

Me sentí un poco aliviada cuando unos días después dejó el tema de los animales. Me dijo que el confinamiento le había ido muy bien porque se dedicaba a las lecturas pendientes, algunas bastantes complicadas que requerían un nivel de concentración elevado. Por eso ahora, después de años de escuchar sus conferencias, al fin podía leer a Judith Butler. Que era muy difícil de entender pero una vez que entras descubres unas verdades imposibles de negar, unas verdades que contribuirán definitivamente a liberar a los seres humanos de toda carga normativa, de todos los binarismos y todos los mecanismos de opresión. Yo, por ejemplo, he nacido chico pero me considero chico por el modo en que me ha preformado la sociedad, empezando por nuestra abuela, que sin preguntarme nada se dedicó a comprarme camiones y pelotas cuando a lo mejor yo hubiera podido escoger una cocinita o una Barbie. Recordé nuestra infancia y que él también jugaba a cocinitas. La abuela, que era más moderna que las demás abuelas, decía que no había problema alguno, que los niños también pueden jugar a cocinitas y no por eso dejaban de ser niños. También me acordé de una pelea que tuvimos cuando cogió una de mis barbies y la usó para fregar el suelo de la terraza.

Al principio su nueva lectura no parecía muy preocupante, era mejor que hablara de luchar contra los estereotipos de género que de sacrificar personas sin conciencia humana. Al menos así lo vi yo.

Mientras tanto, en el súper nos añadieron una tarea más: cambiar los precios de los productos. Casi todo lo subían. En una de las charlas motivacionales del jefe de área (con las manos sudadas dentro de los guantes y una pantalla de plástico no había mucho que nos motivara, la verdad) nos contó que ahora el consumo se había desplazado, que la gente había dejado de tener ciertos gastos, como bares y restaurantes o viajes, y eso hacía que pudieran invertir más en los productos de primera necesidad. Que la gente se daba cuenta de que valía la pena pagar más por más calidad. Pero lo cierto es que los productos eran los mismos, lo único que cambiábamos eran los precios. Cuando le preguntábamos por las horas extras y si las cobraríamos o no (lo cual habría sido mucho más motivacional que sus charlas) tiraba pelotas fuera y nos decía que la empresa aún no había tomado una decisión, que con la situación de emergencia que teníamos había que tener paciencia.

Fue después de la charla cuando descubrí, al llegar a casa, que mi hermano se había separado de su propio cuerpo.

Lo llamé y en vez de sacar la cabeza como hacía siempre solo pude escuchar su voz. Le pregunté si estaba bien y me respondió que sí, que mejor de lo que había estado nunca. Que por fin se había deshecho de ese estorbo altamente contaminante. Con miedo a contagiarme (y a contagiar a los clientes del súper sin saberlo) me acerqué a la habitación de mi hermano más de lo que había hecho en todos esos días. Empujé la puerta y lo único que vi fue la cama deshecha, un olor a cerrado insoportable y la pantalla luminosa del ordenador. ¿Pero dónde estás? Aquí mismo, me respondió. Era su voz, pero no lo veía. Me contó que leyendo a Butler había llegado al fondo de una verdad revolucionaria: que el cuerpo no existe, que la materia no es más que una contingencia innecesaria y otras cosas que no entendía. Sobre todo porque no lo podía ver. Hasta que finalmente me di cuenta: a un lado, entre el escritorio bajo la ventana y el armario, había algo que parecía un montón de ropa sucia. Pero miré bien y descubrí que eso era el cuerpo de mi hermano.

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