La décima entrega de la serie de novela negra protagonizada por sus emblemáticos personajes del instituto armado Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro, que llegó ayer a las librerías bajo el título de El mal de Corcira, transita por Balears, un territorio que su autor, el escritor Lorenzo Silva (Madrid, 1966) conoce bien y por el que siente atracción, ya que, según dijo ayer en el transcurso de una rueda de prensa telemática, "las islas siempre están llenas de claves ocultas".

Convencido de que sin la Guardia Civil, esos "forasteros" o "españoles no vascos" que lucharon contra ETA, la historia "no habría acabado como acabó" y en el País Vasco no existirían "la paz, la libertad y el ejercicio pacífico de sus derechos", Silva, con dos millones de novelas vendidas, reivindicó a estos guardias civiles en la presentación de El mal de Corcira.

Por alguna razón, según Lorenzo Silva, la ficción audiovisual y la literaria "cuando hablan del conflicto vasco prefieren quedarse solo en lo vasco como si esto fuera solo un problema vasco", ignorando sistemáticamente a aquellos "forasteros", que "pusieron" más de 200 muertos, entre ellos "sus propios hijos", como fueron los 15 menores de edad asesinados por ETA, recordó.

Frente a la exclusiva visión vasca del conflicto, Silva ha querido que su novela sea un "aldabonazo" porque "es de justicia reconocerlo".

A lo largo de más de 500 páginas, Silva contrapone en El mal de Corcira una investigación actual que lleva a cabo el veterano subteniente de la Guardia Civil -el asesinato en Formentera de un ciudadano vasco condenado en su día por colaboración con ETA- y la de treinta años atrás, con un joven Bevilacqua en el País Vasco como agente en el Servicio de Información en la lucha contra la banda terrorista.

"El crimen sucede en Formentera, isla que tiene un puesto de la Guardia Civil, pero para las cuestiones de policía judicial depende de Ibiza, por lo que el escenario balear principal de la novela es Ibiza y Formentera. Mallorca -aclaró el autor- no aparece como lugar pero como al final es una investigación de homicidio compleja, sí que acaba trasladándose al lugar de la investigación el equipo de policía judicial de la comandancia de Baleares, y son gente de Mallorca. De hecho, el teniente que va se llama Tomeu, que es como llevar en la frente que es mallorquín", bromeó.

Silva admite que "cuando miras desde fuera un archipiélago la tendencia es verlo todo igual. Yo tengo la suerte de conocer todas las Balears, y uno se da cuenta de que existen diferencias culturales, sociales y de idiosincracia entre las distintas islas, y algo de eso sí aparece en la novela. El mallorquín, cuando va a Eivissa o Formentera, en cierto modo también es un poco foraster. Y eso me interesa mucho porque el espacio insular tiene una sustancia literaria que no hemos explorado mucho, salvo los escritores insulares. Ese espacio geográficamente confinado contribuye a crear un carácter y una idiosincracia diferente. Las islas están llenas de claves ocultas, que no vemos a simple vista", subrayó.

La novela, explicó Silva, está "hecha de miles de detalles y los más estrafalarios son todos verdaderos", a pesar de que sea una ficción. Y para escribirla ha hablado con todo tipo de agentes de la Guardia Civil, pero también con antiguos miembros de ETA.

Por otra parte, el escritor madrileño cree que el país se podría haber ahorrado la "tormenta apocalíptica" sobre el informe de la Guardia Civil y la manifestación del 8M, que provocó la destitución del coronel Diego Pérez de los Cobos, ya que la investigación judicial terminó en un archivo "razonable y esperable".