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Entrevista

Francisco Jarauta: "Estamos gobernados por un consejo que nadie ha elegido"

El maestro hablará en Pollença de la Escuela de Bauhaus, su contexto cultural y sus apasionadas décadas

El filósofo Francisco Jarauta, ayer.

El filósofo Francisco Jarauta, ayer. MANU MIELNIEZUK

El filósofo y catedrático Francisco Jarauta ofrecerá mañana una conferencia en el Club Pollença (20:30h.) con motivo de los cien años de la Escuela de Bauhaus, "un sueño en el que se cruzaron tantas pasiones teóricas e intelectuales" y en el que hubo "mucha voluntad en juego"; una estructura radical por el hecho de "plantearse los problemas de las ciudades futuras."

P ¿Qué queda hoy en día de esa pasión y voluntad para pensar en las ciudades del futuro?

R Cada época tiene su sueño y su mito. La nuestra es una época laica, secular. No tiene esa pasión. Hablamos del futuro desde la perplejidad, desde la intuición de algo que podemos construir. La máquina de las instituciones se autorreproduce, el punto de reflexión es más banal y descubrimos inciertos casi todos los caminos. Cuando regresamos a este experimento bauhausiano, se produce esa sensación de una pasión puesta al servicio de la Historia, a su defensa a la dignidad humana. Los manifiestos de la Escuela de Bauhaus hablaban desde un concepto de humanidad muy fuerte. Es el testimonio de una historia que supo abrirse y dialogar con los problemas de su tiempo.

P ¿Las ideas han quedado en un segundo plano en un mundo dominado por el mercantilismo y el utilitarismo?

R Sí. Hay muchas razones que supeditan las ideas a un mundo mucho más empírico, pragmático. Importa aquello en la medida en la que sirve o, siendo más radicales, en la medida en la es eficaz económicamente. Hoy, la complejidad del mundo es infinitamente mayor, pensamos el mundo de manera impresionista. Al final nos miramos en el espejo de la Historia, uno de cuyos capítulos fue la Escuela de Bauhaus, y terminamos siendo escépticos apasionados. No podemos abdicar de esa pasión, es nuestra innegociable dimensión ética.

P ¿Le da miedo el futuro?

R No, no me da miedo. Tengo algunos años. Me da miedo por dónde van las cosas. Estamos ante un mundo difícil, y no tenemos instituciones que garanticen la gobernanza de este planeta. Hay otros poderes que ocupan su lugar. Es como si estuviéramos gobernados por un consejo de administración del planeta que ninguno ha elegido. Muchos apuntan, con seriedad, que estamos en una época tecnofachista. Este tipo de gobierno elimina la tensión moral que toda historia humana debe tener.

P ¿La actualidad es como usted se había imaginado a principios del siglo XXI?

R Veía que este proceso en el que estamos ya se estaba iniciando. Que habría nuevas formas de hegemonía, una fuerte crisis de lo político y nuevas formas de poder asociadas a los grandes núcleos económicos y financieros, por lo que unos [poderes] sustituirían a otros, las relaciones de fuerzas serían en muchos casos dramáticas, buscando una defensa de la hegemonía propia a todo coste, como ocurre en el caso americano.

P Este cambio de poder reorganiza el mundo.

R Antes, el reparto de poder del mundo se planteaba en términos más de un viejo mapa, con la cartografía heredada del siglo XIX, un mundo de imperios. Ahora, la relación de fuerzas, la nueva cartografía pasa por un comercio cada vez más acelerado, una tendencia a la homologación cada vez más fuerte, estándares de vida cada vez más comunes. Se funcionaliza el pensamiento que termina legitimando pragmáticamente los hechos. Pero hay muy poca tensión utópica respecto a este futuro.

P Ha escrito mucho sobre las identidades transitorias, en fuga.

R El valor de la identidad ha sido hipertrofiado en las últimas décadas, instituida como el principal valor cultural en el proceso de homologación. Hay un gran conflicto abierto de identidades. Soy más partidario de modelos que se acercan a la provisionalidad de la identidad y, sobre todo, al carácter de su construcción. Porque todas las identidades son construcciones que parten de elementos simbólicos, que tienen referentes históricos y que luego tienen usos políticos. Y pueden modificarse. Una política que apueste por identidades fuertes está equivocada, y lo digo sabiendo lo que digo. Hay que manejar lo que los últimos franckfurtianos proponen: el reconocimiento de la diferencia, que pasa por la creación de nuevas comunidades, que darán lugar a nuevas formas de tolerancia, el futuro pasa por ahí. Y de eso habla el maravilloso texto de Richard Senett, New Communities. ¿Cómo son las comunidades del futuro? Esa es la cuestión.

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