20 de noviembre de 2018
20.11.2018
Diario de Mallorca

Lee y escucha la carta íntegra más dura que escribió George Sand contra Mallorca

"España es una nación odiosa. Un país de devotos, de incultos y de radicales como en tiempos de la Inquisición. No hay en ella amistad, ni fe, ni honor"

20.11.2018 | 15:52
Escucha la carta que George Sand escribió sobre Mallorca.

Traducción de la carta de George Sand sobre Mallorca subastada por 23.400 euros que ha publicado DIARIO de MALLORCA


A François Rollinat

Aquí estoy de regreso en Francia después del más desgraciado ensayo de viaje que pueda imaginarse. Después de mil penas y de grandes gastos, conseguimos establecernos en Mallorca, país magnífico pero inhóspito por excelencia. Al cabo de un mes, mi pobre Chopin, que después de París estaba todo el tiempo tosiendo, vio como se agravaba su estado y tuvimos que llamar a un médico, dos médicos, tres médicos, cada uno más burro que el anterior, que difundieron por toda la isla la noticia de que el enfermo se encontraba en estado terminal. La tuberculosis es rara en estos climas y pasa por ser muy contagiosa. Unida esto al egoísmo, el descuido, la insensibilidad y la mala fe de los habitantes. Fuimos contemplados como apestados, como paganos, porque no acudíamos a misa. El propietario de la pequeña casa (Son Vent) que habíamos alquilado nos echó a la calle y quiso iniciar un juicio para obligarnos a esterilizar una vivienda que creía infectada. La jurisprudencia indígena nos hubiera desplumado como a pollos.

Atrapados, ofendidos y pagando. No sabiendo que hacer, porque no había forma de regresar con Chopin a Francia, tuvimos la suerte de encontrar en el fondo de una vieja cartuja a un matrimonio español que se ocultaba allí por razones políticas y que tenía una pequeña celda. Estos refugiados querían retirarse en Francia. Compramos el mobiliario por el triple de su valor y nos instalamos así en la Cartoixa de Valldemossa, lugar poético de naturaleza admirable, grandiosa y salvaje con el mar en los dos extremos del horizonte, montañas formidables a nuestro alrededor, águilas cazando sobre los naranjos de nuestro jardín, un camino de cipreses serpenteando desde lo alto del barranco, torrentes cubiertos de mirto y palmeras. No es posible imaginar un entorno más bello. No obstante, hay razón de plantearse como principio que allí donde la naturaleza es bella y generosa, los hombres son malos y avaros. Tuvimos que pasar todas las desgracias del mundo para procurarnos los alimentos más vulgares que la isla produce en abundancia, gracias a la mala fe insigne y al espíritu de rapiña de los nativos, que nos hacían pagar cada cosa diez veces por encima de su valor, teniéndonos a su merced bajo pena de morir de hambre. No podíamos conseguir criados porque no éramos cristianos y nadie quería servir, además, a un tuberculoso. Pese a todo, nos instalamos más bien que mal. La celda era de una poesía incomparable. No veíamos ni un alma viviente. Nada interrumpía nuestro trabajo. Después de dos meses de espera y 300 francos de contribuciones, Chopin recibió por fin su piano y las vigas de la celda se encantaron con sus melodías. La salud y la fuerza llenaron también a Maurice (hijo de George Sand) de forma visible. Yo hacía de preceptora siete horas al día. Trabajaba por mi cuenta en mitad de la noche. Chopin componía obras maestras. Y esperábamos superar las contrariedades con estas compensaciones. Pero el tiempo se volvió horrible debido a la altura de la Cartoixa en la montaña. Vivíamos en medio de nubes y pasamos cincuenta días sin poder movernos. Los caminos se transformaron en torrentes y no veíamos el sol.

Todo esto me hubiera parecido bello si mi pobre Chopin hubiera podido curarse. Maurice no sufría. El viento y el mar cantaban en un tono sublime golpeando nuestros acantilados. Las vigas inmensas crujían sobre nuestras cabezas, pero los pulmones de mi pobre amigo iban de mal en peor. El buen tiempo no regresaba. Preparada la cena y acabado el día, yo también me derrumbaba de fatiga porque, además de mi trabajo de preceptora, además de mi trabajo literario, además de los cuidados continuos que exigía el trabajo de mi enfermo y de la inquietud mortal que me causaba, estaba cubierta de reumatismos. En ese país no se conoce el uso de las chimeneas. Después de pagar un precio exorbitante, conseguimos una polea grotesca de la que colgaba una especie de caldero de hierro con la que podíamos calentarnos pecho y cabeza. Pero a pesar de eso la humedad de la Cartoixa era tal que nuestras ropas se humedecían sobre nosotros. Chopin seguía empeorando. Y a pesar de todas las ofertas de servicio que se nos hacían a la manera española no encontramos ninguna casa habitable en toda la isla. En fin, resolvimos salir de allí a toda prisa, aunque Chopin ya no tenía fuerza ni para moverse. Pedíamos un primer y último favor, una diligencia para trasladarlo a Palma donde planeábamos embarcarnos. Pero el servicio nos fue rechazado, aunque nuestros 'amigos' tenían todos carruajes y fortunas para llevar a cabo ese servicio. Nos hizo falta recorrer tres leguas por los caminos perdidos en un carro.

Al llegar a Palma Chopin escupió sangre. Embarcamos al día siguiente en el único vapor de la isla que hacía el transporte de cerdos a Barcelona. No había otro modo de abandonar este país maldito. Viajamos en compañía de cien cerdos cuyos gritos continuos y olor infecto no nos dejaron descanso ni aire respirable. Chopin llegó a Barcelona escupiendo la sangre en cubos y moviéndose como un espectro. Allí nuestros infortunios se endulzaron. Fuimos transportados en un bello barco de guerra donde un médico, un hombre valiente y digno, vino enseguida en socorro del enfermo y detuvo la hemorragia del pulmón en veinticuatro horas.

España es una nación odiosa. Un país de devotos, de incultos y de radicales como en los tiempos de la Inquisición. No hay en ella amistad, ni fe, ni honor, ni entrega, ni sociabilidad. Oh, miserables, cómo los odio y desprecio. En fin, ahora estamos en Marsella. Tras la travesía, Chopin se encuentra muy débil, pero muchísimo mejor en todos los aspectos, en manos del doctor Cauvière, un hombre excelente y un médico excelente que le cuida paternalmente y que responde de su recuperación. Respiramos, por fin, pero después de cuántas penas y angustias.
Adiós, te abrazo con mi corazón. Mi amistad a los tuyos que me quieren y a tu gran padre.

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