16 de enero de 2018
16.01.2018

'Les possessions', de Llucia Ramis, gana el III Premi Anagrama de Novel·la

La autora mallorquina explica que su obra es una historia familiar que presenta diferentes tipos de corrupción a través de tres ejes diferentes: el padre, el abuelo y el amante de la narradora - También reflexiona sobre la propiedad de las casas

15.01.2018 | 22:58
Llucia Ramis, ayer: "Cuando alguien tiene una perturbación no decimos que tiene una enfermedad mental; hay un tabú".

La periodista y escritora mallorquina Llucia Ramis ha sido la ganadora del III Premi Anagrama de Novel·la, dotado con 6.000 euros, por la historia familiar Les possessions. En esta obra ganadora la protagonista viaja de Barcelona a Palma para poner freno a la espiral conspiranoica de su padre, que con la jubilación ha pasado de ser un plácido profesor de instituto a iniciar una pelea legal contra un presunto delito urbanístico.

El premio, al que se han presentado 28 originales, tiene como jurado a Mita Casacuberta, Guillem Gisbert, Imma Monsó, Sergi Pàmies, Isabel Obiols y Silvia Sesé, que destacaron la "maestría y solidez narrativa" de la autora. Está previsto que la novela se publique en marzo, y saldrá en castellano con Asteroide.

Como un canto a la decadencia social, la historia recorre conversaciones con un padre de repente desconocido, una madre que actúa como si nada, y un antiguo amante y mentor, encuentros reabren viejas heridas y transportan a la protagonista al centro de la historia familiar marcada por un suceso macabro ocurrido en Madrid en 1993, cuando el empresario Benito Vasconcelos -exsocio de su abuelo-, viéndose abocado a la ruina, asesina a su mujer y su hijo y después se suicida.

Ramis empezó este libro hace cuatro años y ayer reivindicó que aunque las novelas hay que escribirlas sin miedo, hay que publicarlas con miedo y respeto: "No concibo la escritura si no es como forma de suicidio", dijo.

"Cuando tienes miedo de publicar sabes que has hecho algo suficientemente honesto", añadió la ganadora, ya que en sus páginas toma todos los tabúes de una familia de ficción, todo aquello que siempre ha estado silenciado porque no quedaba bien, y los ha sacado a relucir.


Corrupciones

Entre los tabúes, la corrupción es uno de los más destacados, y atraviesa tres historias de la novela: la primera, la pérdida de la cabeza del padre; en un segundo caso, la corrupción del socio del abuelo, que se destapa como "el primer gran pelotazo", y la tercera historia es la de la corrupción periodística de la pareja de la narradora.

Ramis defendió que estas corrupciones, que parece que solo afectan a los políticos, afectan a todos de una manera muy personal: "Afecta a una familia hasta el punto de perturbar la mentalidad del padre", comentó.

También ahonda en la consideración social de las enfermedades mentales: "Es un libro crítico, no de denuncia, a que cuando alguien tiene una perturbación no decimos que tiene una enfermedad mental; hay un tabú, y no se trata porque está mal visto, y se acalla como si no estuviera pasando".

Señaló que el título de la novela, Les possessions, trata especialmente sobre las 'possessions' -como se conocen las masías mallorquinas-, pero también versa sobre "lo que tenemos, lo que anhelamos, y es crítico con el afán de ser siempre más rico y poderoso que acaba con muchas familias"; también repasa las cosas que no se pueden alcanzar, como las relaciones amorosas fallidas, porque también "somos lo que perdemos".

Situada en 2007, la novela también desgrana un canto al periodismo de la vieja escuela y como forma crítica de vida, y remarcó que "no es verdad que todo valga" y que falta mucha autocrítica.

Respecto al tono, Pàmies subrayó que "es como si fuera un grandes éxitos de Llucia Ramis, con todos sus registros: el periodístico, el de columna de opinión y el literario", que no están fragmentados sino que evolucionan con naturalidad.

El editor Jorge Herralde comentó que es "casi inevitable" conocer a Llucia Ramis, habitual periodista de los premios literarios de la ciudad, cuya novela leyó con una admiración creciente, por su punto desesperado y su vertiente divertida.

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