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Crítica

La maldición del fuego y el agua

El Aljub, descubrimiento ya imprescindible para la identidad del Museo, al haberse convertido en un espacio emblemático por donde han pasado obras de destacados artistas desde Jaume Plensa a Rebecca Horn o Joana Vasconcelos a Thomas Hirschhorn, todos ellos conforman un cartel de indudable contenido que dotan al espacio de una identidad y simbología que engrandece la marca del mismo, dotando al Museo de esa contemporaneidad y exigencia deseada que no siempre cumple ni consigue.

El espacio lo ocupa ahora la obra videográfica de Marina Núñez, enmarcada en el proyecto "Reproductibilitat 2.3", una apuesta del museo que trata de acercar la imagen en todas sus variantes, corrientes y experimentales, fijas o cinematográficas. La obra de Núñez traspasa la frialdad del aljibe para encajarlo, a través de su obra, en un dantesco infierno donde se consumen las almas de unos personajes virtuales que trasladan al espectador hacia ese anillo de dolor que bien describió el poeta italiano.

"El infierno son nosotros" (2012), y dos "Ofelias" (Carmen e Inés, 2015) llenan una parte del espacio, seis proyecciones cenitales muestran la desesperada lucha contra el fuego de esos seres endemoniados, atrapados en un anillo ardiente y sin salida. Núñez permite al visitante pasearse sobre la proyección y formar parte de ella, viviendo una inocua cremación virtual e indolora. "Carmen" e "Inés" son dos vídeos enfrentados entre sí y ubicados al final del Aljub. En esas dos proyecciones el elemento protagonista es el agua que cubre los rostros de los dos personajes femeninos. Su perfil humano las hace inquietantes cuando su rostro se llena de pequeñas partículas que destruyen el rostro dejando una huella entre surrealista y onírica.

Si las obras anteriores reúnen fuego y agua, dos elementos que contienen referencia bíblicas, la obra "Phantasmas" creada expresamente para el espacio del Aljub, alienta ese relato bíblico con la aparición de seis espectros que surgen directamente de las llamas ardientes que cubren casi toda la pared cercana a la entrada. Turbadora y truculenta, la visión de esas almas que luchan denodadamente para salir del fuego y acabar siendo consumidas por las llamas para convertirse en humo, resulta un relato cargado de simbolismo, alejado del castigo divino pero reconocible en él.

Lejos de sus anteriores trabajos con ciborgs, mutaciones, cuerpos híbridos y efectos virtuales, Marina Núñez, compone un retablo de dolor y pasión, conecta con claridad sus imágenes con nuestros miedos, con nuestros rincones más oscuros y nos enfrenta a ellos para provocarnos una catarsis y sumergirnos en un caos sobrenatural donde conviven espectros del pasado como reflejo del presente, nuestro presente, todo ello con elementos tan comunes y cercanos como el agua y el fuego.

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